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Opinión

El programa de Piñera

El programa de Piñera El programa de Piñera

"Enfrentamos a una derecha que se dispone a una restauración conservadora que implique cerrar definitivamente la grieta al modelo neoliberal que abrimos desde los movimientos sociales y que se ha expresado en avances, parciales pero importantes, los últimos años".

Javiera Reyes

Por


Economista U. de Chile, estudiante de magister, Presidenta Ceic 2014 y vicepresidenta FECh 2015 y 2016.

A seis meses de la elección presidencial, y si quedaba alguna duda luego del despliegue de marzo – abril, Sebastián Piñera dejó claro con un breve documento lo que le ofrece al país como candidato presidencial: una profundización conservadora que incluye volver a fojas cero lo construido los últimos 4 años, e ir más allá. Si el 2009 Piñera apostó a convencer al centro mediante un discurso centrado en la gestión y con pinceladas de supuesto progresismo, el 2017 el empresario tomó nota de algunos procesos electorales recientes en el mundo y ha salido, sin tapujos, a convencer al electorado duro de su sector con propuestas dignas de las expresiones más reaccionarias que se observan en América Latina, Norteamérica y Europa.

El peligro que representa la eventual implementación de una reforma tributaria pro capital, una política de inmigración derechamente xenofóbica, o el regreso de la segregación absoluta en el sistema escolar, debe ponernos en pie de alerta y de disputa abierta con ideas que representan lo más reaccionario de nuestra sociedad.

Tal vez la reforma tributaria ha sido la propuesta más bullada las últimas semanas. Piñera plantea bajar el impuesto a las empresas y volver a integrar totalmente el sistema, es decir, reponer el mecanismo por el cual los dueños de las empresas descuentan de su impuesto personal íntegramente los impuestos que pagó la empresa de la que son dueños. Como han catalogado ampliamente economistas de diverso signo político y distinta afiliación teórica, es una propuesta aberrante, por dos motivos. Primero, genera un alto impacto distributivo, en tanto baja ostensiblemente la carga tributaria del 1% más rico –incluido él mismo-, manteniendo la del 99% con significativos efectos sobre el aumento de la desigualdad, allí donde es más escandalosa: en la del puñado de familias dueñas del país. Y segundo, es de una tremenda irresponsabilidad con las finanzas públicas, esas que tanto dice cuidar. No hay programa de “austeridad” consistente en bajar unos viáticos y viajes aquí o allá que logre compensar esta caída. Por lo tanto, se abren dos opciones: o se reduce significativamente el gasto social, o se deterioran de manera permanente los equilibrios fiscales.

Por otra parte, las declaraciones sobre los inmigrantes traen a la mente los movimientos nacionalistas de ultra derecha que avanzan en el mundo, cuya última expresión se vio en el crecimiento de Marine Le Pen en Francia, y en el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos. Piñera propone frenar a los extranjeros que “vienen a delinquir” a Chile. ¿Cómo va a reconocer a los “delincuentes” de la “gente honrada”, según su definición? ¿Presumirá que inmigrantes peruanos, colombianos y haitianos son “delincuentes” mientras que los provenientes de Europa y Norte América no lo son? Además, ¿tiene alguna certeza, siquiera, de que efectivamente los inmigrantes tiendan a llevar a cabo más actividades ilegales que los chilenos? La información que tenemos a disposición indica que la tendencia es la contraria.

Su afirmación proviene de un prejuicio profundamente xenofóbico, y suena a excusa para simplemente evitar el ingreso de inmigrantes de ciertas latitudes geográficas que el ex dueño de LAN considera indeseables.

Asimismo, Piñera ratifica la visión de una educación como bien de consumo y que depende de la capacidad de pago de las familias. Reivindica el “derecho de los padres a pagar por la educación de sus hijos”, que no es otra cosa que el “derecho” a que no se mezclen con niños provenientes de sectores con menos recursos. La reincorporación del copago es el mecanismo por excelencia que permite la segregación en la educación, con nefastas consecuencias sobre la equidad, calidad, y perpetuación de un país que divide a sus ciudadanos según las condiciones económicas que les tocó afrontar.

Enfrentamos a una derecha que se dispone a una restauración conservadora que implique cerrar definitivamente la grieta al modelo neoliberal que abrimos desde los movimientos sociales y que se ha expresado en avances, parciales pero importantes, los últimos años. Enfrentamos dos caminos: el cierre definitivo de este momento político con una recuperación del consenso neoliberal, o la profundización de un proceso democrático que permita superar los candados que dejó la dictadura. Es nuestro deber jugarnos el todo por el todo a la segunda opción.

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