Jueves, 20 de junio de 2013

El rostro nuestro de cada día

/AgenciaUno./AgenciaUno.

Mientras escribo, escucho a varias señoras desconsoladas porque no saben cómo enfrentarán el lunes, cuando prendan el televisor y la sonrisa incondicional de su animador ya no esté. La vida, cómo la conocían, parece haber acabado. Para muchas, esta es la partida de su única compañía, que sólo estaba a un botón de distancia, que era capaz de permanecer cuatro horas seguidas dedicado a ellas.

Mientras el país se enluta y detiene su tráfago diario para instalarse frente al televisor, la cámara enfoca a una señora que llora con un crucifijo en la mano y una foto de Felipe Camiroaga en la otra. Su figura se replica y se pierde en las cientos de personas que apiladas en el frontis de TVN, apretados pero sin empujarse, prenden velas y hacen visibles sus mensajes de cariño. Esta imagen, así como muchas otras que se repiten en la pantalla, me hace cuestionar si es legítimo endiosar a aquellos que han partido. Más aún, si es justo elevar hasta el Olimpo a los famosos que mueren y que si en vida ya eran idolatrados, con su partida borran todo rastro de imperfección. No sólo me refiero a la dueña de casa, cuya única compañía era el saludo diario del animador; confieso que sentí esa extraña familiaridad ante la partida de los 21, que también he endiosado a los que se me han ido, que cuando murió Michael Jackson lloré como una Magdalena, por pena e incredulidad. Siento que lo conocí, aunque claramente él no a mí.

Siempre he creído que la relación entre el televidente y el rostro de sus afectos encierra una paradoja; es de las más ingratas, pero también la más incondicional. Y aunque el espectador lo sabe, aquí no cabe el orgullo. No se espera nada a cambio, sólo que permanezcan glamorosos, impecables, sonrientes. Y lo más importante, en pantalla. Somos raros los seres humanos; podemos ser tan egoístas, pero también entregar lo mejor de nosotros sin saber que tan correspondido es el afecto…

La muerte de un ser querido provoca, tristeza, angustia, rabia. Pero luego del accidente de Juan Fernández, lo que más he visto es incredulidad, incluso una obstinada negación. ¿Cómo va a ser posible que ya no estén? ¿Cómo se pudo vulnerar esa suerte de realidad paralela, ese terreno protegido donde habitan quienes día a día son inmortalizados por las cámaras?

Mientras escribo, escucho a varias señoras desconsoladas porque no saben cómo enfrentarán el lunes, cuando prendan el televisor y la sonrisa incondicional de su animador ya no esté. La vida, cómo la conocían, parece haber acabado. Para muchas, esta es la partida de su única compañía, que sólo estaba a un botón de distancia, que era capaz de permanecer cuatro horas seguidas dedicado a ellas. “Era una buena persona”, “era generoso”, “era lo mejor de Chile”, afirman con total certeza, cómo la más orgullosa de las madres. “Felipe, te fuiste sin despedirte, pero sé que al verme, me saludarás”, reza un cartel afuera de TVN. Probablemente, así será.

Tengo pena, mucha pena. Como tantos. Eso me quita las ganas de cuestionar qué tan certeros o exacerbados son sus juicios. Tampoco me cabe juzgar si es sano transformar a la televisión en el centro de la vida, e incluso de los afectos. Porque por algo, esos rostros se han transformado en su recurso más fiel para combatir la soledad.

Pasarán los días, pasará la vida; la memoria se hará frágil, como siempre, y la tristeza se transformará en nostalgia. Un buen día, el lunes volverá a ser alegre, y prender la televisión seguirá siendo un acto de esperanza. Pero algo es seguro: nadie se olvidará de los 21. Y la figura de aquellos que partieron de improvisto – injusta y tristemente- nunca perderá su inmortalidad.

 

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