Martes, 21 de mayo de 2013

El secreto de Victoria

Victoria Secret

Si se intenta explicar las inmensas diferencias entre hombres y mujeres, qué mejor ejemplo que pensar en una tienda de lencería femenina y compararlo con la alternativa masculina.

¿Se imaginan una tienda de calzoncillos, cremas para después de afeitarse y pijamas masculinos convertida en marca mundial, deseada y admirada? Yo tampoco. Pero sí existe la contraparte femenina. Se llama Victoria´s Secret y dudo que requiera mucha presentación.

Estuve la semana pasada en Estados Unidos y, en una ida a un centro comercial, acompañé a mi mujer a la tienda en cuestión. Debo confesar que me habría quedado harto más rato si de mí hubiera dependido: la cantidad de fotos de mujeres impresionantes, en distintos formatos, hacen de una visita a este local una experiencia altamente erótica.

Si a eso sumamos los calzones que en su parte delantera tienen escrito en inglés, con letras grandes, frases como “Llámame”, “Muy caliente”, “Aquí hay fiesta” y varios títulos similares más, el recorrido se hace bien estimulante.

Claro que al mismo tiempo que uno navega por esas imágenes sensuales, aparecen preguntas: ¿por qué para una mujer heterosexual es atractivo entrar a una tienda llena de fotos de mujeres semidesnudas? ¿Es la competencia la que las anima a querer ser como las súper modelos? ¿Qué tan inconscientemente bisexuales son la gran mayoría de las mujeres? ¿No les importa saber que ese imaginario idealizado está pasado por el filtro del photoshop?.

Si se intenta explicar las inmensas diferencias entre hombres y mujeres, qué mejor ejemplo que pensar en una tienda de lencería femenina y compararlo con la alternativa masculina. Uno se compra los calzoncillos en lugares nada de especializados, difícilmente andaría con la palabra “Cómeme” en la parte delantera del slip (sorry, pero hay pocos sinónimos) y ni por nada quisiera un heterosexual entrar a una tienda atiborrada de fotos de tipos musculosos y casi piluchos.

Pero falta algo. La guinda de la torta. Mientras recorría la sección de perfumes del Secreto de Victoria, me llamó la atención una papelería que decía “La indulgencia empieza aquí. Te presentamos la tarjeta de crédito del ángel”. Era el folleto del brazo financiero de esta marca, pero en vez de presentarse como lo que es, un plástico para comprar en cuotas, se vendía de manera mucho más creativa. Como una forma de autoindulgencia femenina.

He ahí otra de las diferencias en la forma en que compramos: ellas se permiten un momento de placer, se hacen nanai con el shopping, se hacen regalos a sí mismas. Siempre, claro, con un poco de culpa, por lo que les encanta enfatizar el descuento que consiguieron o la tremenda liquidación que había. Y los expertos en venta al detalle las conocen y saben sus puntos débiles y atacan sus defectos de manera brillante.

Algo así, como “Mira todas estas mujeres guapas, estas modelos que hemos contratado para nuestra campaña, estas caras y cuerpos perfectos, tal cual como a ti te gustaría ser. Te propongo que juguemos a que tú eres ellas. A que eres la más linda, la más sexy, la más espectacular. Yo seré el espejo que te contesta lo que quieres. Pero para eso haremos un trato. Te regalaremos unos instantes de magia y también de indulgencia, podrás fantasear sin cargo de conciencia mientras estés en nuestra tienda. A cambio, sólo te pedimos tu dinero. Un pelo de la cola. Un detalle al lado de tanto regaloneo. ¿Estamos de acuerdo? Firma aquí”.

Y después uno se pregunta porqué hay tantas tiendas de ropa y accesorios femeninos. Porque ¡son mucho mejor negocio que nosotros! Un hombre, por lo general, sabe lo que quiere, entra y compra, se tienta menos con la adquisición impulsiva y quiere irse lo antes posible del mall.

Ellas, en cambio, viven una experiencia emocional mucho más intensa y compleja, que además se conecta con la evolución del género (la mujer recolectora)  y está escrita en su ADN. Por eso, la próxima vez que vea a su mujer con un calzón nuevo (sí, a veces nos damos cuenta), no pregunte. Sólo saque fotos con sus ojitos, desabroche y goce la compra.

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