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Opinión

El terrorismo ideológico de la Sofofa

El terrorismo ideológico de la Sofofa El terrorismo ideológico de la Sofofa

Este tal vez uno de los hechos más concretos que demuestran que la estabilidad del país no se mide según parámetros reales, sino según cuánto amenacen algunos hechos a ciertas personas.

Francisco Méndez

Por


Periodista, columnista.

Desde una especie de Olimpo en el que se perciben a ellos mismos como los guardianes de la institucionalidad y el Estado de Derecho, los empresarios de la SOFOFA manifestaron su preocupación por lo que sucede en La Araucanía por medio de un inserto que llamó la atención bastante, por lo poco estético y escandaloso. Gracias a ese estatus que la transición pactada les otorgó, estos hombres montaron todo un discurso de terror en torno a lo que sucede en el sur de Chile como si no pudieran dormir por el estado en el que se encuentra el conflicto en aquellas tierras. Culpando, obviamente, del motivo de la crisis solamente a un sector: el mapuche.

No fue más que eso: una manera ordinaria y burda de querer provocar miedo con el solo objeto de ejercer una coacción política por medio de una retórica algo antigua y conocida, pero que con el tiempo se reinventa de manera bastante agotadora. Tanto así, que algunos siguen asustándose y creyendo que los delirios ideológicos de un grupo de personajes embobados y engolosinados con su poder, son algo así como la realidad. O por lo menos está cerca de serlo.

Sería absurdo negar que en La Araucanía hay un conflicto. Sería ciego tratar de decir que no pasa nada, pero parece ingenuo guiarse según lo que plantean los intereses de personas que miran hacia ciertas tierras solamente cuando se ven sus negocios en juego. Es más, sería una forma más de sucumbir ante una sola manera de entender lo “cierto” y lo que sucede. Pero más grave todavía: terminaría siendo la demostración clara de que nuestras emociones se siguen rigiendo según las pedestres ambiciones de una elite cada vez más pobre intelectualmente. Porque, aunque connotados columnistas de la plaza, como Carlos Peña, reduzcan esta acción a una tontera, lo cierto es que este es un tema bastante complejo. Es tal vez uno de los hechos más concretos que demuestran que la estabilidad del país no se mide según parámetros reales, sino según cuánto amenacen algunos hechos a ciertas personas.

Dicho lo anterior, ¿no es acaso terrorismo llamarle terrorista a todo lo que vaya en contra de sus intereses? ¿No es provocar terror de manera antojadiza el acto de fingir una preocupación por personas cuando realmente son negocios los que están en juego? Pareciera que sí, que esta repentina y grosera manera de mostrarse escandalizado no es más que otra batalla enmarcada en este eterna guerra ideológica que ellos, los que acusan de ideologismo a todo lo que no vaya de acuerdo a sus ideas, siguen ganando.

Por lo mismo es que parece bastante urgente que quienes gozan de tal poder puedan transparentar sus intenciones y no disfrazar sus mañas dogmáticas de una moral inexistente, ya que sólo servirá para seguir enlodando un debate que demanda ser tratado de manera seria.

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