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El triunfo de la ciudad (y la caída de Parisi)

Hay un extraordinario libro de Edward Glaeser, uno de los más reconocidos expertos internacionales en Economía Urbana, que se llama “El triunfo de las ciudades”. Fue escrito hace  dos años y, en casi 400 páginas, explica porqué hoy más de la mitad de la población mundial vive en ciudades: son los lugares más verdes, sanos y ricos, en términos culturales y económicos, en los que podríamos vivir. “Residir en una gran ciudad es estar permanentemente expuesto a una avalancha de ideas, gentes y experiencias extraordinarias”, dice Glaeser.

La semana pasada estuve en Concepción, capital de la segunda región más poblada de Chile, es decir la segunda ciudad más importante en términos de capital urbano. Admiré su extraordinaria universidad, cuyo campus debe ser el más espectacular de todo el país; conocí la importante inversión en arte público que se ha hecho en la Costanera de la ciudad, caminé por su precioso Parque Ecuador y, sin embargo, me quedé con una amarga sensación: al lado de Santiago, Concepción es un pueblo. Sé que este tipo de comentarios irritan a los penquistas y al resto de Chile, pero es una lamentable verdad.

No hay una sola ciudad en nuestro país que compita con Santiago en términos de servicio, infraestructura, entretención, cultura, salud, educación, comercio, arte y casi todo lo que se nos pueda ocurrir. Y esa ventaja de ser una urbe grande, con más mezcla, con más inmigración, con más diversidad, donde son atraídos muchos de los talentos de otras regiones, así como también con más cinismo y más escepticismo, quedó en evidencia ayer luego de conocer el resultado de las elecciones.

Fíjese bien. En la única región donde Marco Enríquez Ominami le ganó a Franco Parisi fue en la Región Metropolitana (RM). En las otras catorce regiones (sí, ahora son quince en total), Parisi le ganó a MEO. Pero como (por suerte) el peso de la RM es tan grande, y la diferencia de votos fue de unos 160 mil a favor de MEO, eso finalmente permitió que éste lograra el tercer lugar entre los candidatos presidenciales y que Parisi se fuera mordiendo el polvo con su cuarto lugar.

Lo digo de otra manera. Un candidato que tiene partido político, que tiene una historia política, que nunca en esta campaña perdió la cordura para ofrecer el oro y el moro, estuvo a punto de ser vencido electoralmente por el candidato más populista, efectista y turbio no sólo de estas elecciones, sino que de muchas.

Parisi jugó el juego más fácil y maquiavélico: hizo eco de todo lo que a la calle le molestaba y lo ofreció, aunque fuera contradictorio con su propia biografía. Pero ahí estuvo el gran Santiago para decirle “a otro perro con ese hueso”. Nunca conocí una sola persona en esta ciudad que no se riera de la patética candidatura de Parisi. Debe ser que los santiaguinos estamos más acostumbrados a oler de lejos al chanta. En cambio, el resto de Chile, un territorio al parecer  más ingenuo y claramente menos expuesto a la avalancha de ideas, gentes y experiencias extraordinarias, se tragó el cuento. Lo digo con absoluto respeto pero también con absoluta convicción: anoche la gran ciudad de Chile puso las cosas en su lugar.

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