Sábado, 18 de mayo de 2013

Elecciones FEUC y el dilema de la élite

/AgenciaUno./AgenciaUno.

Quizás el desafío más complejo que tiene la nueva Federación es darle una continuidad a su movimiento más allá de estos cuatro años. En eso, tienen mucho que aprenderle al gremialismo. Algunos osados han dicho que esto representa la muerte del movimiento gremial, pero eso es desconocer su historia.

Para el observador no acostumbrado a la política de la PUC, la reciente elección de Federación podrá parecerle como una simple replica de las distintas fuerzas políticas que se disputan el poder en el país. Pero para quienes hemos tenido la oportunidad de vivirlas desde dentro, las elecciones FEUC representan el punto culmine de una serie de eventos externos e internos que la convierten en única.

No por nada, la PUC es la única universidad tradicional en la cual la derecha conserva sobre el 40% del electorado. Además, la PUC ha contado con altos quórums de votación, siempre sobre el 50% y sobre el promedio de otras universidades (este año fue de 75%, estableciendo un récord). Pero este año la elección era aún más especial.

Entre el ’69 y el ’84, la FEUC tuvo – entre electos y designados – directivas pertenecientes al gremialismo. De ahí salieron actuales senadores, ministros y diputados de la UDI. El gremialismo, como lo engendró Jaime Guzmán en los ’60, pretendía – y aún lo hace – alzarse como una alternativa de “despolitización” de la universidad bajo la lógica de la autonomía de los “cuerpos intermedios”. Con esa excusa, el gremialismo ha camuflado sus propios intereses políticos.

Mientras acusa a cualquier otro movimiento o fuerza política de querer “politizar” la universidad, ha fallado en reconocer su propio rol en convertir a la PUC en el semillero del partido político más conservador del país. Pero lo que el gremialismo sí logró fue forjar una cultura política particular dentro de la universidad.

Cada elección desde 1985 no sólo ha planteado la disyuntiva entre derecha o izquierda, sino que la distinción entre una universidad ensimismada y aislada de la realidad, o una universidad conectada con su rol político y social. Al final, queriéndolo o no, las elecciones FEUC han presentado el clásico dilema de la élite chilena: entre aquella que prefiere no ver lo que pasa fuera de sus barrios, y aquella que entiende su responsabilidad con el país.

Este año, la disyuntiva no era diferente. Es más, era aún más profunda. Después de un año marcado por movilizaciones e indignación, como quizás no hemos visto desde la vuelta a la democracia, la elección de la FEUC representaba el punto de inflexión del movimiento estudiantil.

Mientras el gobierno – y la derecha – entendió que no tenía opciones de poner representantes suyos en la gran mayoría de las universidades del CONFECH, vio en la FEUC – y en el gremialismo – su única oportunidad de darle una estocada a los estudiantes. Un triunfo gremialista habría significado que el movimiento perdía una de sus federaciones más simbólicas e influyentes y, de paso, el gobierno ganaba un aliado en cada una de las negociaciones.

Sin ir más lejos, la gran consigna gremialista era acusar a Giorgio Jackson de no preocuparse de los estudiantes de la UC y de pasar mucho tiempo en temas externos. En definitiva, en una universidad donde casi el 70% de sus estudiantes pertenece al quintil más rico, el gremialismo lo acusaba de preocuparse demasiado del país y no de la élite.

Pero al parecer, la PUC está cambiando lentamente. En los últimos 8 años, el gremialismo ha logrado ganar sólo 2 veces, y los estudiantes le están exigiendo cada vez más a sus dirigentes un compromiso con la realidad del país. Sin ir más lejos, el movimiento Solidaridad, descolgados del gremialismo, se distinguía por su compromiso de “pensar Chile”.

El triunfo del NAU, ideológicamente cercano a la centro-izquierda, representa uno de los mayores hitos del movimiento estudiantil: ha logrado iniciar un cambio cultural entre la élite de nuestro país, representada en los estudiantes UC.

Quizás el desafío más complejo que tiene la nueva Federación es darle una continuidad a su movimiento más allá de estos cuatro años. En eso, tienen mucho que aprenderle al gremialismo. Algunos osados han dicho que esto representa la muerte del movimiento gremial, pero eso es desconocer su historia.

Mientras sigan existiendo la UDI y la Fundación Jaime Guzmán, que le otorgan sustento ideológico, financiero y organizacional al gremialismo, el movimiento no va a morir. Sin duda es algo que deben observar quienes hoy empiezan el complejo camino de dirigir a la FEUC.

*Agradezco los aportes de Rocío Andrade, Claudio Castro y Pablo Vidal en la creación de esta columna.

TemasRelevantes
Comparte

Otras columnas de Javier Sajuria