Hace algunos meses, el economista Andrés Zahler, escribió una columna, mostrando las cifras que caracterizan a dos países completamente distintos. Por un lado, está el Chile del 10% más rico de la población, que tiene un ingreso sobre los $60.000 dólares per cápita, supera a varios países europeos, incluyendo a Noruega, país que se caracteriza por el excelente bienestar de su gente.
Pero este Chile “europeo” no sólo concentra gran parte de las riquezas económicas, también es el Chile que hoy concentra el poder político y es el encargado de gobernar. Por otro lado, hay un 60% de la población que vive más mal o muy mal. Aquí, encontramos que el 60% de los chilenos vive con ingresos promedio peores que los de Angola, muchos con ingresos semejantes a los de República del Congo o Costa Marfil. Este último Chile, el “africano”, es el que por más que trabaja, ve muy pocos avances, es el que ve que las cifras de crecimiento del 7% no les llegan al bolsillo, pero que si ven como les llega esas cifras a sus jefes. Este es el Chile descontento y por sobre todo angustiado.
El Chile europeo hoy tiene el sartén por el mango: concentra poder económico y político, y es el encargado de gobernar. Durante la concertación, los gabinetes ministeriales eran muy heterogéneos, personas de regiones, colegios municipales, privados o subvencionados, personas de distintos orígenes socioeconómico, que creaban un ethos común; gran parte europeos, y muchos africanos eran los encargados de dialogar y gobernar. Este origen de la clase gobernante, representativa en alguna medida de los dos Chiles, desapareció con la llegada del Presidente Piñera a La Moneda.
Hoy la situación es distinta, el Chile europeo es el encargado de gobernar, un sólo origen sociocultural es en su mayoría, el que debe tomar las decisiones políticas y técnicas en un país que no está sintiendo como propia a la clase gobernante. No se duda de la vocación pública de estos servidores, pero es difícil entender con profundidad la vida y los miedos del Chile africano. La estructura social, las costumbres, los miedos, los problemas del 60% que vive con ingresos peores a los de Angola, son parte de un Chile lejano para la clase europea , son parte de un Chile que no aparece en las cifras que nos gusta ver. Este divorcio social que hoy existe entre gobernante y gobernados, se expresa en la calle, y se expresa en las encuestas.
Pero los problemas políticos de este gobierno son multivariables, y aquí entra la ideología a agravar este divorcio. Si bien la sintonía con la clase gobernante puede ser difícil por los idiomas que hoy hablan los dos chiles, hay maneras de acortar esta distancia. Sin embargo, estas maneras pasan por creer en el Estado como motor y promotor de la disminución de las desigualdades, y he aquí el gran problema: estamos ante un gobierno y coalición política que no cree en el Estado, que desconfía absolutamente de él, y que por el contrario, como estamos viendo con distintas entidades públicas absolutamente diezmadas, es un Gobierno que le ha cambiado el nombre a distintas medidas tomadas por la Presidenta Bachelet, las ha anunciado como propias, y ha tratado de disminuir al máximo la influencia del Estado en educación, salud, innovación, promoción de la competencia, y un largo etcétera.
Ya estamos llegando a un año de elecciones, y con él, el conteo regresivo de una Europa que aún no logra entender, qué quieren y cómo se gobierna África
