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Opinión

Forrarse

Forrarse Forrarse

Tengo la sensación de que en paralelo a la irrupción de “las lucas”, surgió una sociedad mucho más ambiciosa y enfocada en ganar plata, la máxima cantidad posible, y ojalá en el menor período de tiempo.

Algo pasó cuando empezamos a hablar en Chile de “las lucas” como sinónimo de dinero, de plata, de capital. En un país donde éste fue históricamente un tema tabú, de repente todos estábamos usando el nuevo término para referirnos a un sueldo, a la fortuna de algún millonario o al valor de un bien.

Le perdimos el respeto a la plata. Estoy consciente del tema porque siempre me ha producido incomodidad el término y nunca he tenido claro el porqué. Simplemente, no puedo decir “lucas” y me mantengo usando los sinónimos más antiguos, a pesar de que hoy puedan sonar mucho más siúticos.

Pruebe usar la palabra “dinero” en una conversación y me dice si no es cierto. Tengo la sensación de que en paralelo a la irrupción de “las lucas”, surgió una sociedad mucho más ambiciosa y enfocada en ganar plata, la máxima cantidad posible, y ojalá en el menor período de tiempo.

Algo que tiene efectos beneficiosos, como la creación de nuevos emprendimientos y el estímulo de la creatividad, pero que muestra su lado menos amable en el comportamiento avasallador del que sólo busca maximizar la utilidad.

Creo que eso ayuda a explicar, en parte, casos como el de AC Inversions, una gigantesca estafa que, como dice el dicho, requiere de dos para bailar el tango: los creadores de la estafa, que querían mega-forrarse sabiendo que cometían un delito, y los inversionistas, que querían mini-forrarse pensando que algo imposible podía ser real, es decir, el interés mensual que les prometían por sus ahorros.

Está claro que a un lado hay criminales y al otro, víctimas, pero utilizo el concepto de forrarse para ambos porque es un código que caracteriza a esta era: la idea de “hacerla”, de conseguir algo rápido, casi instantáneo. Un fenómeno tan de estos tiempos de rating on-line, de fenómenos televisivos que duran cinco minutos (¿se acuerdan de Edmundo Varas en el reality “Amor Ciego”?), de divorciarse a los dos años, de productos con obsolescencia programada que duran un ratito, como esos juguetes que venden en los parques y plazas que se rompen al segundo uso. Es curioso.

Forrarse no existe como palabra. Viene de Atiborrarse, que en algún momento se empezó a usar como atiforrarse. En la práctica, es sinónimo de hincharse, hartarse, inflarse. Como el dueño de AC Inversions, que estaba atiborrado de autos Ferrari.

No digo que no haya razones para entender esta ambición desenfrenada. Desde la década noventa, nuestra sociedad le ha dado un valor cada vez mayor a los bienes materiales. La austeridad pasó de moda, la prudencia también y todos nos volvimos un poquito locos con el acceso al crédito, ya sea el de la multitienda para comprar zapatillas o el de la marca alemana para llevar el auto en 36 cuotas.

Así como en los colegios se usa el uniforme para que no haya diferencia entre la vestimenta de los niños, una vez que los chilenos perdimos ese uniforme de país transversalmente humilde que nos caracterizaba, empezamos a compararnos, a mirarnos, a desear como nunca antes lo que tenía el de al lado. Y se nos olvidó el proceso. El tiempo que implica conseguir los recursos para adquirir ese bien deseado. Queremos forrarnos. Queremos lucas. Queremos hacerla por el atajo. Pero, al final, como dice un sabio amigo, la única manera es la más antigua. Trabajando. Y duro.

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