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Opinión

Francisco Huenchumilla, el político que se avergüenza de serlo

Francisco Huenchumilla, el político que se avergüenza de serlo Francisco Huenchumilla, el político que se avergüenza de serlo

"Las disculpas de Huenchumilla a los empresarios también tienen que ver con el poco mérito que les hemos dado a quienes son parte fundamental en una democracia representativa como la nuestra".

Francisco Méndez

Por


Columnista.

En un video que anda dando vuelta en las redes sociales, el ex intendente de La Araucanía, Francisco Huenchumilla, aparece en una reunión con el empresariado retractándose de muchas de las declaraciones que dio en público en contra del sector. Su excusa se basaba en que era político, y como tal debía decir cosas que no eran ciertas.

A muchos les indignó lo que vieron en el video. Lo llamaron traidor y un sinfín de epítetos que parecieran no tener otra razón que saciar la sed de corrección del nuevo “indignado” chileno. Sin embargo, nadie notó algo que parece más preocupante en lo que se observa: Huenchumilla se avergüenza de lo que es y pide excusas por serlo. Eso, según creo, es el gran problema.

Cuando el candidato a senador, con la cabeza gacha, pide disculpas por lo que es, en el fondo está disculpándose por hacer política. Por haber cometido el gran error de osar provocar una diferencia con el empresariado, cuando es precisamente una de las labores de un buen político. No obstante, para él es motivo de sonrojo. Por ello es que se deshace en explicaciones hacia quienes nunca se disculpan ni disculparán; hacia los que se alimentan a diario con el descaro que requieren para hacer valer el poder sobre la discusión democrática.

Ese es tal vez el problema: hemos construido un Chile en el que el desparpajo empresarial, por ser privado, se muestra ante nuestros ojos como algo casi razonable. En cambio, a los políticos, por ser parte de las instituciones públicas, se los mira con desconfianza, analizando cada uno de sus actos como si tuvieran un pecado de origen. Y eso Huenchumilla lo demuestra con su reverencial actuar hacia un sector que lo observaba desde una especie de púlpito.

¿Por qué nos cuesta tanto entender la política y exigirle que no sea lo que es? ¿Por qué queremos que los políticos sean virtuosos o malvados y no solamente personas que agilizan lo estancada que está la realidad? No se sabe. Pero tal vez podríamos aventurarnos a responder que nuestro problema lo tenemos con el funcionamiento de la democracia y sus imperfecciones. Andamos buscando la corrección y la constante virtud donde no tiene que existir, y soñamos con una especie de verdad celestial en la que el ejercicio político sea de una pureza y castidad casi prístina y hasta un poco fascista.

Por esto es que quienes se dedican a hacer funcionar este imperfecto motor democrático andan ocultándose y tratando de no decir lo que son. Decirlo en voz alta es un delito si es que no va acompañado de palabras de buena crianza que hablen de justicia, libertad y bondad. No reparar en ese detalle es un pecado en el que se cae según aquellos monjes del juicio moral. Por lo que lo mejor es tratar de negar toda esencia en lo que a servicio público respecta.

¿Lo digo esto porque aplauda las acciones de corrupción en que cayeron bastantes? No.
Lo señalo porque de pronto estamos metidos en un juego muy peligroso: el de negar, sin saberlo, que la imperfección, en la que podemos contar con las mentirillas o los cambios de posición de los políticos, es parte importante del alimento que nutre el movimiento de un motor democrático. Ya que, de otra manera, este no funcionaría. Sino que solamente perpetuaría lo estático que está en la actualidad.

Pero no solamente eso. Las disculpas de Huenchumilla a los empresarios también tienen que ver con el poco mérito que les hemos dado a quienes son parte fundamental en una democracia representativa como la nuestra. No es coincidencia que en una realidad nacional como la nuestra, en donde los empresarios compran símbolos republicanos al dictarles leyes a nuestros políticos, estos teman enfrascarse con ellos en una discusión fuerte. Así hemos respirado la convivencia democrática por casi treinta años. Temiéndole al poder del dinero a tal punto que ha castrado a la política para ponerla a su servicio.

Todo parece indicar que esta lógica solamente ha sido beneficiosa tanto para construcción de un capital más fuerte y robusto, como para el ego de quienes creen que en la santidad está la virtud de un régimen democrático. Estos últimos han sido grandes colaboradores para que nuestra democracia esté quieta y sin desarrollo real. Son los que han ayudado a desviar la mirada del principal problema, el que consiste en un poder democrático que es más débil que uno que no fue electo por nadie.

Huenchumilla no entendió esto y se disculpó por ser parte del funcionamiento democrático. Pidió perdón por ser tal vez el único de esa mesa que realmente contribuía a que algo se moviera. Esto los empresarios lo aceptaron y luego lo denunciaron para que así los sacerdotes de la moral agarraran y despedazaran su cuerpo.

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