Miércoles, 19 de junio de 2013

Girardi, los díscolos y la falta de autocrítica en la Concertación

Se requieren líderes que no le teman a lo que dicen las encuestas y que asuman el riesgo de decir las cosas por su nombre sin cálculos a corto plazo.

La llegada del Senador Girardi a la presidencia del Senado ha causado todo tipo de reacciones, tanto al interior de la Concertación como en la Alianza. Sus actuaciones en la vida política han dejado muchos heridos y no pocos vieron la oportunidad de poder “cobrárselas” al evitar su nombramiento en tal alta dignidad.

Finalmente la oposición hizo primar el acuerdo inicial y su mayoría en el Senado, y Girardi llegó flamante a ocupar su nuevo cargo a pesar de haber sido el símbolo de los díscolos durante años.

Qué duda cabe que cuando se ingresa a un partido político uno debe adscribir a sus principios y valores y eso debe estar representado en el discurso y en la acción, especialmente, cuando se vota algún proyecto
de ley en el Congreso. Lo anterior, podríamos definirlo como: ser leal a los ideales y directrices que se obligó a defender y apoyar.

Los llamados díscolos en la Concertación tuvieron distintas motivaciones para convertirse en rebeldes e incluso descolgarse, -algunas de ellas entendibles-, pero otras, producto simplemente del capricho y la mezquindad.

Las respuestas no se hicieron esperar, y transitaron desde la expulsión del partido político al cual se pertenecía hasta la descalificación verbal y el aislamiento.

En el último tiempo han aparecido una serie de columnas de opinión y discusiones en distintos medios de comunicación – a propósito de la presidencia del Senado de Girardi – donde de manera furibunda se critica la forma en que actuaron los díscolos y la manera en que eso minó las relaciones al interior del conglomerado concertacionista, como si ésta fuera la única causa de la derrota presidencial.

En mi opinión es una manera errónea y simplista de ver las cosas ya que a un año de que la Concertación es oposición, la pregunta más bien debiera ser por qué en los últimos años de gobierno surgieron con tanta fuerza los díscolos. Además es evidente que a los díscolos se le sumó un porcentaje no despreciable de ciudadanos que finalmente no votaron por la Concertación y con el tiempo -y las actuaciones de la oposición- ese número ha ido en aumento.

En consecuencia, seguir hablando del síntoma y no de la enfermedad que padece la Concertación es de una torpeza supina que agrava el problema y puede transformarlo en una enfermedad terminal.

Se requieren de líderes con coraje que digan de una buena vez que en los últimos años, más allá de los logros destacables (Reforma Previsional, y manejo de la crisis económica, entre otros) se instaló la pereza, la prepotencia y la falta de un proyecto común. Se renunció incluso a dar la pelea respecto de promesas emblemáticas que finalmente se han transformado en “logros” del Gobierno del Presidente Piñera, lo que hace más evidente la crisis de la oposición.

Se requieren líderes que no le teman a lo que dicen las encuestas y que asuman el riesgo de decir las cosas por su nombre sin cálculos a corto plazo.

Lo fácil es ir en procesión a Nueva York en busca de la ex presidenta Bachelet, creyendo que con eso se tiene clavada la rueda de la fortuna. Lo difícil es hacer apuestas arriesgadas que permitan que emerjan nuevas ideas y liderazgos. Lamentablemente para Chile, por ahora no se ven en la Concertación, ni nuevas ideas ni nuevos líderes que no sean tibios e insípidos.

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