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Opinión

Comisión política de la UDI responde a dichos de Lily Zúñiga en El Dínamo

Comisión política de la UDI responde a dichos de Lily Zúñiga en El Dínamo Comisión política de la UDI responde a dichos de Lily Zúñiga en El Dínamo

"La UDI es un partido de oportunidades. Sin ella y sin la Fundación Jaime Guzmán, ciertamente no sería el profesional que soy hoy en día".

Durante los últimos días, la UDI y sus dirigentes han sido objeto de críticas dirigidas a instalar que en el seno del partido con mayor representación en Chile, existe una suerte de clasismo, sexismo, e incluso racismo, singularizando injustamente como autores, a una serie de parlamentarios.

Dichas acusaciones me han llevado a escribir estas palabras en mi calidad de militante y a título estrictamente personal. Creo necesario hacerlo, y espero expresar a cientos de jóvenes que hoy somos parte de la UDI, sirviendo a esta causa desde los distintos espacios que dan vida al proyecto humano y político de Jaime Guzmán.

Quiero partir contándoles la historia de un niño, el mayor de tres hermanos que vivían con su madre, que como muchas en Chile, le tocó luchar sola por sacar a sus hijos de la pobreza, durmiendo noches en bancas de plaza, recogiendo cartones para vender, pidiendo plata en la calle para comer, teniendo que trabajar cantando en las micros y limpiando autos, en fin, viviendo momentos muy difíciles, tal como los que le toca afrontar día a día a miles de familias pobres en Chile. Bueno, les cuento que ese niño hoy es abogado y que ese niño soy yo.

No cuento esta historia para generar compasión hacia mi persona. Quienes me conocen saben que creo en la verdadera meritocracia, aquella en donde realmente no importa la cuna donde nos tocó nacer, sea de oro o sea de paja, pues uno no tiene mayor mérito porque la vida nos haya jugado más o menos duro. Sin embargo, hago esta odiosa autorreferencia, pues considero necesario contar cómo la UDI, no solamente me ha abierto las puertas personal, profesional y políticamente, sino que además reafirmar, como día a día promueve liderazgos jóvenes, vengan de donde vengan, ricos o pobres, morenos o castaños, hombres o mujeres.

Luego de estudiar en el Liceo Manuel Barros Borgoño, el más humilde de los emblemáticos, y de estudiar Derecho de la Universidad de Chile con 100% de crédito universitario (el cual aún me encuentro pagando), el entonces diputado por San Bernardo, y hoy uno de mis más queridos amigos José Antonio Kast, me invitó a sumarme a la UDI. Junto a él, fui conociendo las dinámicas internas del partido, en conjunto con su vocación eminentemente popular.

Fue así, como un día me presentaron al ex Embajador Darío Paya, quien luego de un par de meses, y creyendo en mí, independiente de mi condición socioeconómica, y sabiendo que no hablaba una palabra en inglés, me envió a Estados Unidos a realizar una pasantía en tecnología política por 5 meses a Washington DC. Esta, a mis 28 años, fue la primera vez que me subí a un avión en mi vida, y paradójicamente, fue bastante más corto en tiempo que las 29 horas que viajé en bus muchísimas veces desde Arica a Santiago.

Luego de regresar y titularme de abogado, fui invitado a trabajar a la Fundación Jaime Guzmán, donde no sólo fui abiertamente promovido, felicitado y potenciado durante toda mi estadía laboral, sino que por lo demás, nunca nadie cuestionó si era un “niñito de bien” o si había estudiado en la Universidad Católica, como malintencionadamente intentan caricaturizar a una gran institución, donde conviven y sirven profesionales de distintas universidades, públicas y privadas, y de diversos orígenes socioeconómicos. Nadie nunca me discriminó ni por cuánto dinero tenía en mi billetera, ni por haber estudiado Derecho en la Chile, ni por haber estudiado en escuela y liceo con número.

Fue desde la propia Fundación Jaime Guzmán, donde trabajé palmo a palmo, y de igual a igual, con los diputados de la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados, donde especialmente pude forjar una tremenda amistad con la Pepa Hoffmann, que hoy es la jefa de Bancada. Jamás olvidaré la preocupación y detalles que tuvo conmigo cuando nació mi hija Antonia, ni cómo confió en mí para ayudarla a realizar la difícil interpelación al ex Ministro de Educación Nicolás Eyzaguirre, ni como me alentó, junto a los demás diputados de la bancada para que fuera el abogado que los representara ante el Tribunal Constitucional contra la reforma educacional, todo a pesar de mi juventud e inexperiencia. No puedo sino que tener palabras de agradecimiento hacia quienes, al igual que lo ha hecho la UDI en toda su historia, sólo se han dedicado a promover liderazgos jóvenes al servicio de Chile.

En el proyecto humano de Jaime Guzmán no cabe la lucha de clases, con la que se pretende falsamente desacreditar y tachar a la UDI. Cualquier persona puede tener diferencias personales y políticas, pero ellas siempre deben ser expresadas con estricto apego a la verdad. Si fueramos un partido clasista, no existirían ni los Sergio Gahona, ni los Giovanni Calderón, ni los Rubén Carvacho, ni los Alfredo Galdames, ni los Juan Lobos, ni los Iván Moreira, ni las Beatriz Lagos (actualmente en la Directiva Nacional), ni tantos otros esforzados dirigentes, concejales, alcaldes y parlamentarios, que bajo la senda del propio Jaime Guzmán, y nuestro mártir, el ex dirigente poblacional Simón Yévenes, han hecho a la UDI el partido más grande de Chile.

La UDI es un partido de oportunidades. Sin ella y sin la Fundación Jaime Guzmán, ciertamente no sería el profesional que soy hoy en día, ni menos tendría la capacidad de influir para cambiar la realidad de los más pobres de nuestro país. Gracias a la UDI por tanto, gracias a mis amigos por creer en mí, solo espero que Dios se permita guiarme para no defraudarles.

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