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Opinión

Gracias por nada, Rafael Gumucio

Gracias por nada, Rafael Gumucio Gracias por nada, Rafael Gumucio

Respuesta a la columna que el escritor nacional realizó este miércoles en el diario Las Últimas Noticias.

El martes 8 de marzo, la convocatoria a marchar por el Día de la Mujer fue más multitudinaria que nunca. En un escenario que busca la igualdad, Rafael Gumucio prefiere revolcarse en el conformismo.

Alrededor de cien mil personas demostraron que pueden unirse para exigir algo que, para otros, está asegurado: vivir en un ambiente libre de violencia, competir en igualdad de condiciones y ser respetadas en cuanto a los derechos reproductivos.

En este contexto, el escritor se aventuró en un intento de justificación para no avanzar. ¿Qué pasa en la cabeza de personas como Gumucio? Lo de muchos cuando se agotan de discutir. “¿Hasta cuándo con el feminismo?”, se preguntan. “¿No podemos dejar las cosas como están?”. Y casi se entiende: cuando una queja ajena y lejana se repite muchas veces porque no es escuchada, y no tienes ganas de hacerte parte, piensas que todo es un disco rayado.

Quien hace unas semanas minimizó las aptitudes de Camila Vallejo, en esta ocasión entrega un texto que, entre error y horror ortográfico, busca mantener el statu quo con el argumento del “caos” que las ideas transformadoras de la sociedad ocasionaron en algunos países.

A juicio de Gumucio, “la experiencia indica que esos intentos de mejorarnos siempre terminan mal. (…) El hombre nuevo en Rusia, como en Corea, terminó en una recaída sin fondo ni (sic) sin fin, en la peor bestialidad”.
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Con lo anterior, no queda sino pedirle de forma encarecida al escritor que deje de mirarse el ombligo. La raza humana tiende a la evolución; es una característica intrínseca el querer superarnos, tender hacia la corrección de las cosas en las que antes se erró. ¿Por qué queremos quedarnos en la eterna desigualdad, en el continuo de violencia que asedia a quien podría ser hermana, esposa o hija de Rafael? ¿Por miedo a la hecatombe? No me lo trago.

“¿Pero no es (sic) parte de la mujer sus senos, su trasero, el deseo que provoca y deja de provocar en el hombre? ¿No es parte de su historia, de nuestra historia, el deseo como una forma de vender y comprar cualquier cosa? (…) Podríamos ser mejores, claro. Podríamos ser distintos, que (sic) duda cabe”, sentencia Gumucio.
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En efecto y en obviedad, los senos y el trasero son parte de las mujeres, no así el deseo que estas características anatómicas generen en los demás. La historia de las mujeres no está determinada por lo que otras personas y, más preciso, otros hombres piensen de nosotras. El problema con que gente como Gumucio nos vean como simples objetos es la tribuna que les damos como supuestos paladines de las comunicaciones. No la merecen.

“La prohibición del alcohol en los años treinta creó más borrachos que nunca en Estados Unidos”, continúa Rafael, en un delirante ejercicio por comparar la aplicación o endurecimiento de las penas para quienes nos acosen o nos maten, con vedar el consumo de estupefacientes. Cuando el columnista termine de compararnos con objetos, podremos conversar con mayor claridad.

Por ahora, gracias por nada.

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