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Opinión

Guillier, el peor candidato en la historia del progresismo

Guillier, el peor candidato en la historia del progresismo Guillier, el peor candidato en la historia del progresismo

"El panorama es triste. Y estoy siendo generoso porque realmente es desolador. No se ve por ninguna parte a un líder que pueda continuar con los cambios o consolidar las reformas ya hechas".

Francisco Méndez

Por


Periodista, columnista.

Votaré por Alejandro Guillier porque dice encarnar el mundo cultural y político que me ha representado, para bien o para mal, por años. Entre lo que se entiende de lo que habla, a veces, dice cosas con las que concuerdo. O con las que quiero concordar para no votar nulo. Pero lo cierto es que no hay otra razón por la que opte por él que por lo que me he querido imaginar que es.

Es sin duda el peor candidato que ha tenido la centroizquierda en años. Hay oportunidades en las que dice ser político. Pero otras-la mayoría- trata de instalar que su candidatura pertenece a una ciudadanía que se inventó en la cabeza. Habla hasta el cansancio de que su campaña surgió de las bases, cuando sabemos que su opción no fue más que el producto del gran mal de nuestra política actual: las encuestas.

Pero eso no lo admite. Prefiere seguir con un discurso que no dice relación con la realidad. Habla de la “política del siglo XXI” sin percatarse que vivimos en ese siglo hace 17 años. Trata de zafarse de temas de importancia nacional recurriendo al viejo truco de la “nueva política”, no tomando en cuenta que esta estrategia es bastante más vieja de lo que cree. Porque cuando se trata de hablar de la renovación del servicio público, se está escabullendo del principal objetivo que debería tener un político: ejercerlo. Y eso es lo que ha hecho Guillier todos estos meses: correrse; evitar profundizar y no actuar.

Pareciera que el ex conductor de noticias no está contento en el lugar en el que está. Su rostro es de eterno desencanto con todo, incluso con él mismo y su campaña. Todo parece indicar que le resulta cansador el solo hecho de pensar en estar en La Moneda por los próximos cuatro años para poner en marcha un programa del que no sabe bien su contenido.

El panorama es triste. Y estoy siendo generoso porque realmente es desolador. No se ve por ninguna parte a un líder que pueda continuar con los cambios o consolidar las reformas ya hechas. No parece tener comunicación alguna con el mundo político que le rodea, lo que es fundamental para continuar una agenda como la que este gobierno ya comenzó con bastantes errores de determinación.

¿Qué hacer? Parece que nada. Sólo esperar hasta el 19 de noviembre y votar por la historia de los partidos y lo que alguna vez quisieron representar. No hay nada más a qué aferrarse, ningún proyecto de izquierda que convoque realmente a quienes seguimos esperando que alguna vez los que dicen representar al progresismo se comporten como tales. Puesto que tal vez lo mejor es esperar que aventurarse con sueños infantiles de un Frente Amplio que no quiere nada muy diferente, pero está empecinado en mostrarse como la “niña bonita” del baile democrático.

Insisto. Es desolador lo que estamos viviendo. Guillier no nos da siquiera la esperanza de creer que habrá un futuro gobierno con algo de coherencia para seguir adelante con lo que, a duras penas, se ha logrado. No se ve en él ningún rasgo de la autoridad necesaria para unir en segunda vuelta a un mundo que sea capaz de enfrentar a Sebastián Piñera con un mínimo de autoestima. Todo eso parece formar parte de una gran utopía que a muchos nos resulta difícil incluso soñar.

A lo mejor lo único que nos espera es prepararnos para lo que se viene en los próximos cuatro años. Quizás la gran ola de recriminaciones que vendrán luego de la derrota sirvan para algo. Si es que se quiere formar algo grande, claro. Intención que no se ve por ningún lugar.

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