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Opinión

Yo también me quedo en Chile

Yo también me quedo en Chile Yo también me quedo en Chile

"Me gusta gritar a los cuatro vientos que Santiago es una ciudad fantástica y que es hora de empezar a ver el vaso medio lleno".

Me emocionó la columna que Benito Baranda escribió en respuesta a la polémica entrevista de Hernán Buchi, esa donde el ex ministro y ex candidato presidencial contaba que estaba desilusionado de Chile y que había decidido irse del país. Benito da una serie de razones valóricas para explicar por qué él “se queda” en este país, explica lo mucho que hay por hacer en esta parte del mundo y que tanto él como su familia están a disposición del lugar en donde nacieron, sin esperar nada a cambio. Quisiera sumarme a esta contraofensiva de Benito, tomar sus palabras para interpretarlas desde mis circunstancias y decir que yo también me quedo. Y que de aquí no me mueve nadie.

Soy nieto de cuatro inmigrantes judíos que escaparon de persecuciones en Europa. Mis abuelos maternos llegaron desde Rumania, mi abuela paterna desde Grecia y mi abuelo paterno desde Rusia. Todos huían del antisemitismo. Todos buscaban una oportunidad. Querían sobrevivir, querían trabajar, querían formar y mantener una familia. Y en Chile, todos ellos pudieron reinventarse. Dependiendo del abuelo, soy segunda, tercera y cuarta generación en este maravilloso país y, desde el día de mi nacimiento, me he sentido tan santiaguino como chileno. Lo pude comprobar: a los 18 años me fui a estudiar afuera y no pude soportarlo. Antes de cumplir el año ya estaba de regreso y decidido a no volver a moverme nunca más.

Chile, es decir, nuestra gente, nuestra geografía, nuestra identidad mestiza, nuestras tradiciones, nuestro lenguaje, es el territorio que tantos inmigrantes buscaron y siguen buscando. Por eso, así como amo a este país, agradezco que seamos una nación cada vez más plural, con esa fantástica mezcla que nos están dando los nuevos habitantes colombianos, haitianos, peruanos, ecuatorianos y dominicanos, los que se suman a oleadas anteriores de inmigración coreana, árabe, alemana, croata, judía y, por supuesto, de castellanos, vascos, gallegos y catalanes.

Estoy tan enganchado con mi entorno, tan admirado del patrimonio físico e intangible que nos rodea, que hace poco menos de cinco años fundé una comunidad llamada Santiago Adicto. Quise  levantar la voz en defensa de mi ciudad, me propuse crear un espacio para albergar a todos los admiradores de Santiago y decidí que este proyecto sólo podía bajar los brazos el día en que no quedara una persona que usara el término Santiasco. Hemos avanzado mucho, pero aún queda mucho trabajo para reencantar a los santiaguinos con Santiago.

Me gusta gritar a los cuatro vientos que Santiago es una ciudad fantástica y que es hora de empezar a ver el vaso medio lleno. Lo mismo me pasa cuando leo declaraciones como la de Buchi. Siento ganas de tomar un megáfono y decir “Chile es un país extraordinario”. Además, tal como escribe Benito Baranda, hay tanto por hacer, tanto potencial. En Suiza, país al que va Buchi, está todo hecho hace rato. ¡Qué estabilidad más insoportable!  

Soy un agradecido de Chile y existo gracias a este país. Mis antepasados recientes fueron acogidos, pudieron estudiar, trabajaron, se casaron, tuvieron un techo, proyectaron un futuro y, entonces, llegaron los hijos, los nietos y el presente, ese desde el cual escribo. Uno es fruto de las circunstancias y Chile es la circunstancia fundamental en la historia de mi familia. Por eso, yo también me quedo. Por eso, yo agradezco la suerte de vivir en este maravilloso país. Por eso, yo me declaro un #ChileAdicto   

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