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Igualar para diferenciar

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Será interesante que quienes se suponen con poder, puedan reconocer que ese rebaño que creen conducir es un conjunto de individualidades con capacidades diferenciales que naturalmente cada ser humano tiene. Incorporar educación a ese conjunto de personas permitirá que las capacidades diferentes se enriquezcan y puedan emitir un juicio sobre las acciones de los demás.

Los últimos años de conversación y discusión política han puesto de manifiesto la dicotomía entre la igualdad y la diferencia.

Desde un slogan de candidatos, hasta un término amenazante para unos y otros, el postulado de la igualdad está sostenido en un discurso y en un logro a alcanzar por quienes suponen, existe desigualdad entre poderosos y quienes no lo son. En cambio, el postulado de la diferencia tiene una dimensión inversa, aparentemente alentada por aquellos que buscan conservar “espacios” de poder y criticada por quienes sienten falta de equidad e integración social.

Si está claro que somos seres diferentes, no vale la pena esta discusión. Porque quienes defienden encarnizadamente a la igualdad como bastión casi revolucionario, lo hacen por cierto resentimiento hacia quienes ganan espacios de poder y, entonces, suponen que quitando poder se logra la igualdad social. Por otro lado, quienes defienden la diferencia, lo hacen desde la inmovilidad de un status quo sin reconocer que pueden crearse nuevos espacios de poder  y que para ello se necesita ampliar la capacidad de acción de las personas que viven en sociedad. Es decir, mayor empoderamiento individual que impacte en lo colectivo.

Todo gira en torno al poder.

Sabemos que el poder es energía, pero por sobre todas las cosas es energía puesta en el juicio acerca de la capacidad de acción propia y de otros.

En este punto debemos destacar la relevancia de la educación tanto para quienes plantean la utopía de la igualdad como para quienes suponen que la vida está relacionada con la supervivencia del más apto.

Es la educación la que amplía la capacidad de acción, y por ende, lo que otorga un espacio de poder.

Sabemos que quienes tienen poder ganado por fuerza, por institucionalidad ó por posesiones materiales, no necesariamente adquieren ese “poder” por sus propias competencias, sino por el juicio que otros hagan de sus acciones. Quien lo niegue, estará buscando una sociedad de iguales como un rebaño fácil de conducir, pero con los riesgos que ese rebaño se transforme en un monstruo resentido que acabe con el reino. Eso sucede frente a los delirantes de poder que terminan en el ocaso.

Será interesante que quienes se suponen con poder, puedan reconocer que ese rebaño que creen conducir es un conjunto de individualidades con capacidades diferenciales que naturalmente cada ser humano tiene.  Incorporar educación a ese conjunto de personas permitirá que las capacidades diferentes se enriquezcan y puedan emitir un juicio sobre las acciones de los demás. En la práctica, elegir y decidir con mejores perspectivas.

Por otra parte, quienes postulan la igualdad deberían proponer alternativas para tener iguales posibilidades de acceder a las capacidades que los harán diferentes.

En una palabra, igualar posibilidades de acceso a nuevos espacios para potenciar la diferenciación natural de las personas. Educar, que le dicen.

Una sociedad carente de educación no le otorga a las personas el juicio necesario para otorgar poder y a la vez, contar con espacio propio para ejercerlo. Sería una sociedad “dirigida” (una Matrix) en la que el poder signifique una “cosa” y no un conjunto de acciones posibles.

En síntesis, educar para brindar capacidad de acción y tener juicio sobre la propia y sobre la de los demás. Con eso se legitima el poder y con ello la convivencia. Por eso la educación es una “cosa” pública.

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