Las 12 horas de diferencia que existen entre Japón y Chile los ponen a ellos en una curiosa condición de “adelanto”. Durante las ultimas dos semanas tuve la oportunidad de estar en tierras niponas, lo cual de alguna manera me hizo sentir en “el futuro”.
Si a eso le agregamos los viajes en tren bala y la visita a los centros e investigadores más avanzados del mundo en el área de tsunamis, puedo decir que por un buen tiempo estuve en una situación de ventaja para conocer los ultimos adelantos relacionados con la mitigación de este tipo de desastres naturales.
El viaje me permitió además conocer la zona devastada por el tsunami del 2011 y apreciar en directo los esfuerzos del pueblo japonés para reconstruir sus ciudades y sus vidas. La dimensión de la catástrofe ya ha sido bastante relatada, sin embargo vale la pena detenerse en el profundo impacto que este desastre ocasionó en las fundaciones mismas del estado de seguridad en que los habitantes de Japón vivieron haste ese momento.
Efectivamente, los mea culpa de la JMA ( Agencia Meteorológica del Japón, encargada de la Alerta del Tsunami) y del PARI (Instituto de Investigación de Puertos y Aeropuertos, encargado del diseño de las defensas costeras), con respecto a cómo se vieron sobrepasados por este evento puso de manifiesto que hasta los mejores sistemas de previsión pueden ser superados y causar miles de víctimas (20.000 personas muertas o desaparecidas) y billonarias pérdidas económicas (30% del PIB). Finalmente, y sin dejar de reconocer la magnitud del evento, lo que se pierde también es la confianza en un sistema que se supone seguro e infalibe, basado en el paradigma del avance tecnológico a ultranza.
Dada esta situación de crisis nacional, lo que realmente impacta a la hora de apreciar la capacidad de resiliencia de los japoneses es la manera en que para responder a las preguntas del futuro, se dirigen hacia el pasado de sus pueblos: una de las historias más interesantes que pudimos conocer hablaba de un pueblo que al ser azotado por un tsunami ( Hirokawa,1854) pudo sobrevivir gracias a la acción de un acaudalado empresario que incendió sus campos de arroz para mostrar el camino hacia un altar situado en zona segura.
Esta historia-leyenda fue ampliamente difundida y utilizada en los años 40 como base para la enseñanza de prevención de desastres en todo el país. Con el pasar del tiempo, y opacada por el avance de la ingeniería y la tecnología esta lección fue finalmente borrada de los libros…sin embargo, hoy en día se ha decidido reincorporarla a los textos escolares como una manera de poner en realce la importancia de la preparación y colaboración mutua de las comunidades ante los desastres naturales, por encima de cualquier tecnología, ya sea ésta de alerta o defensa.
Dados los útimos acontecimientos ocurridos en Chile y la discusión sobre la rigurosidad de nuestras mediciones científicas y sistemas de alerta, cabe la pregunta si para avanzar en nuestra capacidad para proteger a las comunidades costeras de Chile ante una amenaza de tsunami vale mas la pena mirar hacia las tecnologías del futuro, o bien refugiarse en el conocimiento ancestral que cada pueblo puede encontrar en su pasado.

