Miércoles, 19 de junio de 2013

Kawsariy, mineros de Atacama

kawsariy

Sin duda, una temática de cine catastrófico, que podía (y puede) suscitar el interés casi morboso de los que buscan conmoverse con historias que ojalá tengan un final feliz.

“Kawsariy”, en lengua quechua, significa “revivir”.

Ésa es la experiencia por la que pasaron los 33 mineros que estuvieron bajo 700 metros de tierra en la Mina San José por más de dos meses: 70 días para ser exactos.

Además de la cobertura internacional que se dio a su rescate, varios cineastas vieron en el episodio una buena fábula para elaborar un buen relato. Y empezaron a trabajar de inmediato, incluso productores norteamericanos, siempre en busca de temáticas que les permitieran salir de su atrofiado narcisismo creativo.

Sin duda, una temática de cine catastrófico, que podía (y puede) suscitar el interés casi morboso de los que buscan conmoverse con historias que ojalá tengan un final feliz.

Constanza Aliaga formó parte de los que se interesaron en rodar una película en Chile. Y para reunir y filmar el material se sirvió de su vasta experiencia como editora de exitosos programas de televisión, que se transmitieron en el Canal 2 – Rock and Pop y que fueron liquidados porque eran buenos y se oponían a la mediocre y decadente programación de los canales financiados comercialmente. Me refiero a Gato por Liebre, Plan Z, Factor Humano y Plaza Italia, que fueron la demostración de que la gente joven era capaz de hacer televisión de calidad en contraste con las momias y dinosaurios de los denominados “canales tradicionales”.

Me permito tomar licencia de Baldomero Lillo y afirmo que Constanza Aliaga sigue el formato documental televisivo para contrastar la supervivencia “sub terra” y la posterior supervivencia “sub sole” de hombres que tuvieron mejor suerte que otros, que hicieron noticia sólo por pocos minutos al saberse de su muerte.

La pregunta es: ¿Qué fue de ellos al volver a su vida “normal”?

La respuesta que puede constatar el espectador es desilusionante. Pasados los 15 minutos de Andy Warhol, desechados por la farándula (que usa y bota), no siendo ya útiles para los candidatos presidenciales, vuelven a un estado depresivo y sin futuro.

Se ven bonitas imágenes de reencuentro y de un matrimonio, pero se siente la manipulación de vidas que adquieren un sentido sólo por momentos y para uso y consumo del voluble público conectado a la pantalla chica. No falta incluso un millonario de blonda cabellera que siempre aparece regalando dinero, pero que tal vez no puede regalar felicidad.

Una de las pocas voces autorizadas que aparecen en la película es la de Pablo Huneeus, que hace años analizó la televisión chilena en un volumen que ya es un clásico: La cultura huachaca. Agotada la manipulación, los otros “intelectuales” se diluyen en las tinieblas  y – como en el shakespeareano Hamlet“el resto es silencio”.

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