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Opinión

La añeja nostalgia de Alberto Plaza

La añeja nostalgia de Alberto Plaza La añeja nostalgia de Alberto Plaza

"Él añora aquellos años en los que Viña del Mar era un lugar en el que cierta uniformidad bañaba el relato oficial. Aquellos tiempos en que sus inofensivas canciones, como en las que le cantaba a la vida, pretendían decir algo, pero finalmente no decían absolutamente nada".

Francisco Méndez

Por


Periodista, columnista.

De pronto Alberto Plaza pasó a ser curiosamente un líder de opinión. Últimamente se ha hecho más popular por sus opiniones políticas que por sus melosas y cansadoras canciones, lo que por un lado puede ser bastante agradable para quienes creemos gozar de la buena música, como también para quienes queremos detectar al adversario ideológico en un contexto como el actual, en el que a veces las diferencias se notan cada vez menos.

En esta oportunidad el cantautor criticó el tono “vulgar” de las rutinas de ciertos humoristas, señalando espantado que “los flaites” se habían tomado la Quinta Vergara. Como si se hubiera perdido cierto orden con el que Plaza comulga, y como si ver a una mujer hablando de sus genitales fuera algo peligroso para la convivencia nacional y el “pacto social” en el que vivimos inmersos. Extraño, pensando en que la persona en cuestión hizo su carrera en un tiempo en el que ese mismo pacto social estaba quebrado y su quebrazón estaba desangrando a Chile.

Pero eso Plaza no lo piensa. Él añora aquellos años en los que Viña del Mar era un lugar en el que cierta uniformidad bañaba el relato oficial. Aquellos tiempos en que sus inofensivas canciones, como en las que le cantaba a la vida, pretendían decir algo, pero finalmente no decían absolutamente nada. Porque pretender hacerlo era algo así como una ofensa. Y a Alberto no le gustan las ofensas, sólo quiere que todo nade en el tibio mar del respeto, aquel en el pensamiento y el enfrentamiento de posiciones se diluye entre la apariencia de cierta “decencia”.

Alberto Plaza prefiere ver a la mujer como en sus canciones, en donde ellas no son más que el objeto de su mala poesía de trovador de barrio alto, ya que no existen sino que como finalidad de construcciones románticas poco realistas y basadas solamente en la idea conservadora de lo que es el amor y las relaciones de pareja. Por lo que cualquier frase fuerte y no acorde con esa concepción del arte, puede ser algo perturbador para sus oídos. Más aún si tiene un pequeño tufillo a popular.

Esto no quiere decir que la rutina de la comediante criticada por el cantante haya sido buena, porque hubo falencias de guión bastante evidentes y tal vez excesos verbales, pero es claro que eso pareció ser lo de menos ante sus ojos, ya que en cada entrevista o declaración que dio, lo que parecía escandalizar a Plaza era la supuesta revolución “flaite” que él veía. Como si la única vulgaridad permitida fueran esos chistes patronales contados en Morandé con Compañía, ya que no mueven paradigmas y conservan la visión de cierta caricatura del hombre como sujeto de toda actividad humana.

Alberto se siente intimidado con cualquier subversión de cualquier tipo. Para él el nulo riesgo de sus canciones debería ser una conducta cultural más fuerte en un Chile al que, al parecer, él amó cuando estaba más ordenado y dispuesto a ser musicalizado por sus sumisas composiciones. Por lo tanto es claro que sus críticas no son desde una vereda artística, sino desde el terror a no ser incluido nunca más en este país en el que su añeja nostalgia no tiene cabida.

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