En 1949 Nicanor Parra caminaba por Londres y, cuenta su leyenda, que vio un libro llamado A-poèmes. Comprendió entonces lo que había estado haciendo, buscando y proponiendo, pero también consideró que el título del libro encontrado era tímido.
La poesía no requería de la apoesía, sino de la antipoesía. En los últimos años los jóvenes estudiantes de Chile habían visto y degustado, con malos resultados, la política transicional. La reacción primera había sido el apoliticismo, la renu(e)ncia.
La reacción en 2011 fue la antipolítica. Como la antipoesía, la antipolítica sería la oposición tanto como una renovación, un nuevo género en definitiva. Sólo puede vivir la política en la antipolítica. Y fue así como la crítica se centró en lo que entendíamos por política en el Chile actual.
Miremos el escenario hoy. Largos meses se fueron, pero también se quedaron. Esos meses ya están en el pasado, pero son también el futuro. Largos meses de miles, decenas de miles, centenas de miles y luego millones de personas que semanalmente marcharon y expresaron una demanda que estaba oculta, una convicción que existía y que ante una sociedad con las utopías agredidas se había quedado en quimera, fantasía, falso sueño.
Han sido largos los meses que partieron con la demanda de eficiencia en el tiempo de entrega de la tarjeta Nacional estudiantil y de las becas de alimentación. Largo período donde pasamos desde la calidad, el acceso, al fin del lucro y a la gratuidad. Largos meses que abrieron la reforma tributaria, el cambio en el sistema de votación, los rumores de modificación al sistema electoral y la Constitución a reconsiderarse a sí misma.
Largos meses que pulverizaron coaliciones políticas, presidentes, imagen de empresas. Largos meses que terminaron con el masoquismo ciudadano e iniciaron la reivindicación. Y en el camino, nuevos líderes, los estudiantes como centro de la legitimidad del país, la Iglesia en el suelo, acompañada del Congreso, el gobierno, el presidente, las Fuerzas Armadas. Se cayeron los pilares, pero también las murallas. Y Chile vivió la gran transformación.
¿Cómo aconteció? Despertó la antipolítica. Desde el apoliticismo transitamos a la politización, pero el camino ha sido la antipolítica. Como Nicanor Parra, que para hacer poesía, tuvo que negarla, bromearla, burlarla, estafarla, reconfortarla, masturbarla; los estudiantes volvieron al origen y salieron del hogar para no ir al palacio, donde la política habitaba.
Prefirieron usar las calles y tratar desde ellas llegar a las plazas. Había que negar los palacios y sus seres: negar a Piñera era también negar a Lagos, Bachelet y sus cofradías, lógicas y modos. Desconfiando de la política la generación anterior llegó a pensar que nada de su vida dependía de nadie y que era mejor aprovechar las oportunidades, trabajar y consumir antidepresivos. Desconfiando de la política esta generación pensó que era mejor quitarles la política a quienes en ella se parapetaron. Y desde la negación reconfortaron la historia, construyendo una utopía que se quedó incrustada en las almas.
Obtener el 89% de apoyo en agosto no fue sólo la aprobación a una demanda educacional, fue haber devuelto el sentido de trascendencia de la política. La antipolítica nos devolvió la historia. Pero necesariamente ella es política. El desafío, como siempre, es que hacer antipolítica parece siempre más fácil y es siempre más difícil.
