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Opinión

La arrogancia de Alejandro Guillier

La arrogancia de Alejandro Guillier La arrogancia de Alejandro Guillier

A lo mejor le han dicho que saque provecho de su virginidad en materias importantes para así llegar a Palacio pulcro y sin ninguna sola mancha en su traje democrático, debido a que nunca antes lo ha usado. Porque ese parece ser el discurso de quienes están obsesionados con los fracasos del pasado e incluso han pretendido renegar de la historia sin ningún matiz ni ninguna concesión.

Francisco Méndez

Por


Periodista, columnista.

Hace un tiempo apenas hablaba. Si es que lo invitaban a un programa de televisión, lo cierto es que daba opiniones como si siguiera siendo un periodista en ejercicio activo al comentar lo que pasaba en el Congreso desde afuera. Pero el caso es que ya estaba adentro. Ya había sido elegido senador y era como si no se hubiese enterado.

Así Alejandro Guillier ha ejercido la política en este tiempo en que ha habitado el hemiciclo. No se involucra mucho en las decisiones importantes y si es que tiene que comentarlas dice desde una curiosa ingenuidad que le “pasaron un gol” cuando la ley que se tramita atenta en contra de la libertad de expresión. Pero eso no parece importarle a nadie. Todos repiten que lo mejor de su perfil político es justamente que no está embarrado con la política, lo que pareciera darle una especie de aura superior al lado de quienes comparten con él en Valparaíso.

Esto Guillier no lo había entendido hasta hace unas semanas. Ya que cuando comenzó a ver el interés por su persona de parte de encuestas y personeros de la Nueva Mayoría, esa supuesta ingenuidad comenzó a ser su capital político. Ahora debía jactarse de ella y convertirla en una nueva manera de ejercer su cargo. La “nueva política” la llaman algunos, como si por si la calidad dependiera de lo poco que llevas haciendo un trabajo.

Y es que ese debe ser su gran atractivo: no lleva años en la política, ni ha estado “manchado” por la manera en que se ha construido Chile en las últimas décadas. Al contrario, él estaba del otro lado, en la vereda de los que preguntan y no tienen nada de lo que hacerse cargo, por lo que su sonrisa y su tono amistoso suena más amigable para quienes creen que quienes deben gobernar el país deben estar lejanos a su principal actividad democrática.

Guillier ahora parece tener más conciencia de que su inactividad lo bendice en momentos como estos en los que todo el que hizo algo en el pasado es crucificado. Ahora, cada vez que habla en la prensa, asume su bandera de “nuevo” y la levanta como si fuera una virtud, como si no haber sido parte del debate democrático fuera algo que lo eleva a la calidad de personaje angelical.

Por estos días lo vemos con más arrogancia y más deseoso de ocupar La Moneda. Nadie-ni él mismo-sabe qué es lo que propondrá ni menos cuáles son sus ejes programáticos, pero en días en los que todo quien propone demasiadas ideas es vapuleado y tildado de mentiroso, lo mejor para el ex rostro televisivo es evitar decir mucho y, ojalá, parecer lo más distante posible a la llamada “clase política.

Tal vez eso es lo que le han recomendado. A lo mejor le han dicho que saque provecho de su virginidad en materias importantes para así llegar a Palacio pulcro y sin ninguna sola mancha en su traje democrático, debido a que nunca antes lo ha usado. Porque ese parece ser el discurso de quienes están obsesionados con los fracasos del pasado e incluso han pretendido renegar de la historia sin ningún matiz ni ninguna concesión. Por lo tanto, Guillier para ellos es el hombre indicado, ya que su aura angelical parece responder a épocas convulsionadas- y muchas veces demasiado confusas- en las que se cree que el problema es la política, y no así la manera en que esta ha estado ausente frente al poder empresarial en las últimas dos décadas democráticas.

Guillier es la mejor manera para no hacernos cargo de nuestros problemas y nuestros conflictos. Su nuevo semblante, hoy algo más arrogante frente a todo lo que fue o sucedió, es la demostración más clara de que el progresismo no está discutiendo ideas, sino buscando a quienes se jactan de ser “buenos” para así esconderse tras ellos. Y así no se hace política, ni se gana una elección para hacer un gobierno consistente.

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