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La batalla ideológica de los semáforos

La batalla ideológica de los semáforos La batalla ideológica de los semáforos

El jefe de la UOCT, Fernando Jofré, es eterno: ha estado allí a través de múltiples gobiernos y ministros, y ha logrando tenerlos a todos convencidos de que su pega es técnica y no requiere definiciones políticas. En la práctica ha logrado mantener su propia política personal: son los automovilistas los que importan, nadie más.

Rodrigo Quijada

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Miembro de Ciudad Viva - Ingeniero de Transporte

Programar los tiempos de los semáforos suena algo muy técnico. “Optimizar” su programación suena más técnico todavía, y uno se imagina un analista sentado en un computador sacando cuentas complejas para lograr que los flujos fluyan. Un tema en el que los mortales parecieran no tener pito que tocar y donde no hay principios que defender. Pues no. Entérate: ya comenzó una batalla por la ideología detrás de los semáforos y sería bueno que tomes bando.

Aquellos que tenemos una formación profesional cargada a la matemática sabemos que el concepto de “optimizar” solo tiene sentido en tanto se defina qué es deseable y qué no. La matemática te permite identificar las soluciones buenas y malas, pero siempre que alguien te haya entregado previamente el criterio de qué se considera bueno y qué se considera malo. Y esa decisión es enteramente política.

En el mundo de los semáforos el principio político general es que perder tiempo es malo. Por lo tanto “optimizar” significa encontrar soluciones en que los usuarios de las calles pierdan el menor tiempo posible. Pero eso es en general, y el diablo está en los detalles. ¿De qué “usuarios” estamos hablando exactamente? En Chile quien programa los semáforos es la Unidad Operativa de Control de Tránsito (UOCT), dependiente del Ministerio de Transportes, quien considera que los usuarios son los automovilistas, y solo ellos. Eso es una definición política. Y significa por ejemplo que el tiempo de los peatones no vale nada. Si existe una esquina donde hay mucho flujo peatonal, para la UOCT son invisibles. El semáforo se programará sólo en función de que los automovilistas no pierdan tiempo, sin importar cuánto tiempo eso implique que pierdan los peatones.

A la UOCT tampoco le interesan los buses del Transantiago. Y por ende los pasajeros en los buses pierden más tiempo del que sería deseable. Por décadas muchos especialistas han abogado porque se programen los semáforos focalizándose en los buses, a fin de priorizar el transporte público, pero eso ha encontrado oídos sordos en la UOCT.

¿De dónde vienen estas políticas tan elitistas? No hay decreto ni nada parecido que las establezca. En ningún lugar las encontrarás escritas. Lo único por escrito que existe son metodologías técnicas, donde la definición política ya está internalizada, emanada de un lugar misterioso que no es posible identificar. Lo que sucede en la práctica es que al no haber política definida formalmente, quien la impone es el personaje de turno, siguiendo sus propios criterios.

El jefe de la UOCT, Fernando Jofré, es eterno: ha estado allí a través de múltiples gobiernos y ministros, y ha logrando tenerlos a todos convencidos de que su pega es técnica y no requiere definiciones políticas. En la práctica ha logrado mantener su propia política personal: son los automovilistas los que importan, nadie más.

El actual Ministro de Transportes, Andrés Gómez-Lobo, al parecer menos ignorante del tema que el típico ministro, decidió hincarle el diente a los semáforos. Instruyó que se cambiaran ciertas programaciones de semáforos para favorecer al Transantiago. Y tuvo que echarle el carro encima a la UOCT para lograrlo: la UOCT empezó a dilatar su acción, así que el Ministro, en un hecho inédito, fue a instalarse de sorpresa con los técnicos de la UOCT para que hicieran lo que pidió. No con el jefe de la UOCT; con los analistas que hacen la pega. ¡Y dos veces!

Quienes me entienden lo que digo son los usuarios de los servicios que usan la Estación Intermodal Bellavista de La Florida, que están dentro de los primeros beneficados de este giro impulsado por Gómez-Lobo. Hasta ahora demoraban unos increíbles 25 minutos para solo lograr salir de la Estación producto de la programación de semáforos existente justo afuera de ella. Hoy ese tiempo se ha reducido a algo así como 4 minutos, con un impacto negativo sobre los automovilistas bastante menor.

Muchos casos de éxito concretos se pueden lograr con este enfoque, como bien saben los especialistas que han majaderamente insistido sobre el tema por años. Así que ojalá que el Ministro siga adelante con más.

Lo que debemos criticarle al Ministro es que esto, que es muy importante, no sea de público conocimiento ni formal. Un cambio de política en la programación de semáforos no es algo que se haya explicitado en la agenda de trabajo. Podrás entrar al sitio web del Ministerio o de la UOCT, por ejemplo, y no saber que esto está pasando. La metodología oficial centrada en el auto, documentada en manuales, sigue en pie. En consecuencia, este esfuerzo termina siendo una cuestión personalista del Ministro, no una política del gobierno. Y por lo tanto, cuando cambien al ministro, lo más probable es que esto muera con él. Fernando Jofré probablemente lo sabe: ha visto tantos ministros pasar que ya sabe que Gómez-Lobo pasará también. Jofré, como si fuera parte del mobiliario, seguirá al mando de la UOCT donde podrá retomar su política personal; solo tiene que ser paciente unos meses.

Necesitamos semáforos programados para las mayorías, no para los automovilistas. Lograrlo, y de manera sostenida, es un acto político, no técnico.

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