Para que el orden existente en Chile fuese posible, para que durante años hayamos estado (y de algún modo prosigamos) sometidos a un modelo económico que se constituye en la injusticia, era imprescindible algún relato que sustentara todo esto. Quizás por eso hoy corre por las venas del modelo la búsqueda del relato. Pero no lo encuentran, porque no hay relato donde no hay historia, ni ésta existe cuando se carece de contenido.
En rigor, el único relato de quienes han sustentado el modelo económico chileno ha sido la confusión. Recuerde ‘los problemas reales de la gente’, intentando despolitizar Chile y orientando toda demanda a un lomo de toro, un paso peatonal, dejando la política y las instituciones de lado, pues aunque en ellas residía el poder (o precisamente porque era así) había que alejar a los ciudadanos de su seno.
Recuerde la promesa de “Chile, país desarrollado” o sus versiones aspiracionales como ‘el jaguar’ o toda clase de felinazgos para referir a la velocidad y capacidad de caza de un país pequeño al sur del mundo que de pronto crecía como economía asiática emergente, como un tigre, un chita, un puma, lo que fuese que corriera rápido y tuviese la actitud altiva y la capacidad de ofender con sus talentos al resto de los animales de la estepa. Nadie decía que la matriz exportadora hacía imposible ser desarrollado: ¿ha visto usted un país monoproductor que se hace una sociedad desarrollada (sin un cartel mediante)? Pero no importaba nada.
Y mientras nos daban la peor educación al mayor precio, la salud más excluyente (bajo la probabilidad de enfermarse, usted debe irse a otro sistema, a la prótesis del modelo de salud), mientras se inventaban cada vez más franquicias para las empresas y más impuestos a las personas, mientras se hacía pagar el doble de la carrera a la clase media (créditos mediante) y, por tanto, la mitad a las clases altas; mientras todo eso pasaba, los ciudadanos tenían que confiar, creer, mantenerse limpios y ordenados, limpiar sus pecados ‘sacándose la mugre’, tenían que creer en el mal colegio para el hijo, tenían que apostar a la resiliencia, a la excepción, rogar para que su hijo se salvara en medio de los condenados. Y así fue como todos aprendimos a caminar solos, temerosos del prójimo, amantes de las rejas de casa, con la libertad de decir estupideces como reemplazo de la libertad de expresión.
Para que ese Chile fuese posible se requerían cientos de confusiones. Y una central. Que lo público no existiera, que se acreditara que el interés general no existía, que el bien común era un invento de filósofos borrachos, que lo que importaba era la gestión, el conocimiento, la capacidad de ejecución, en fin. Para que todo eso fuese posible había que asesinar la política y habitar en la nebulosa evanescencia que de ello resultara, en el cosismo, la fantasía, lo que fuese.
El interés del empresario sería el interés de todos, debía garantizarse su rendimiento por el Estado, debía poderse pasar de un lado a otro del mesón según conveniencia y volver al propio sitio a la hora de recibir las utilidades. La única obligación: dar trabajo, como una dádiva, como un favor, dar trabajo. Los impuestos se debían poder donar donde se quisiera, los tributos debían llegar a manos privadas. La colonización de lo público como el mejor modelo es la confusión central del modelo, el modo de hacerse viable, potente, importante. Vestido de república, el capital suena a selección nacional, a interés general.
La última estación de este viaje es el nombramiento del ministro Luis Mayol como secretario de la cartera de Agricultura. Presidente en ese instante de la Sociedad Nacional de Agricultura, simplemente se pasó al otro lado del mesón. De defender al gremio frente al Estado, pasó a defender el gremio en el Estado. Increíble, insólito, no se podía ir más lejos. Esto sobrepasa el conflicto de interés, va más lejos, es secuestro de lo público en manos de los intereses privados.
La clase política, que vislumbra impávida el movimiento, más el gobierno y específicamente el Presidente Piñera han decidido poner lo público en pelotón de fusilamiento. El año 2011 hubo un 90% de la población dispuesta a defenderlo. La confusión central ha quedado desvelada: lo único que le faltaba por tener al empresariado era lo público, sus instituciones, el interés general. Decidieron usurparlo y en esa dirección avanzan. Pero en dirección contraria también hay hombres y sus dioses. El desenlace aún no está escrito.
