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Opinión

La culpa no es de la retroexcavadora

La culpa no es de la retroexcavadora La culpa no es de la retroexcavadora

Quizás si esa retroexcavadora pensada para destruir se hubiera pensando desde una génesis o visión propia de la construcción estaríamos narrando una historia mucho más favorable en materia de crecimiento económico, confianzas, participación y calidad de nuestra democracia inclusive. Pero claro, y salvo que seas Optimus Prime, la retroexcavadora es una máquina operada por personas y las personas, bueno, ya sabemos o algo hemos aprendido.

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Magíster Internacional en Comunicación y Periodista.

Los especialistas del rubro la definen como una máquina confiable, precisa y de suma importancia para los procesos constructivos o de obras civiles. Habitualmente es utilizada para poder remover, abrir surcos y posteriormente extraer cantidades grandes de tierra. Con todo, la retroexcavadora es una herramienta que participa en las bases, en los cimientos, de toda gran obra ya sea de infraestructura o edificación, entre otros. Aquí el concepto es clave: la retroexcavadora es una máquina para construir y que, mediante la operación o control de un trabajador especializado, llevará a cabo las tareas para las cuales existe y fue creada. No obstante, y de acuerdo a las intenciones del operario, la máquina también podría ser utilizada para todo lo contrario.

Probablemente esta fue la lógica de aquella desafortunada declaración del 25 de marzo de 2014 donde el senador PPD, Jaime Quintana, hacía gala triunfal con la llegada de la Nueva Mayoría al poder afirmando que traían una retroexcavadora para destruir, o socavar, los cimientos del modelo neoliberal, pero no sólo eso. Porque la llegada del bloque oficialista también trajo consigo un discurso mesiánico – refundacional, ese propio y característico de voces absolutistas que nada valoran ni menos reconocen de una historia que considera una transición democrática admirada en el mundo entero y donde el rol desempeñado por el ex presidente (QEPD) Patricio Aylwin fue clave en el reencuentro y la unidad nacional. Una historia donde la alianza público – privada ha sido fundamental para el crecimiento sostenido y desarrollo de un país que ha visto aumentar su segmento poblacional en el estrato medio en base a libertad y oportunidades. Donde Chile ha sido capaz de incorporarse a un mundo globalizado, generar buenas alianzas comerciales, disminuir considerablemente las brechas de pobreza, ampliar y garantizar el acceso a educación, mejorar paulatinamente los sistemas de salud, apoyar a los emprendedores y las pymes para garantizar el necesario dinamismo de la economía que se traduce en más y mejores fuentes de trabajo, y así tanto más por valorar. Cierto, aún hay cosas por mejorar y cada día representa una oportunidad para hacerlas, pero seamos claros: una cosa es precisamente mejorar y otra, totalmente distinta, es refundar.

Cuando la Nueva Mayoría llegó al poder más bien parecía un desfile de pavos reales desplegando sus plumas que traían bajo el brazo no sólo un cuantioso número de sobres azules destinados a la vieja Concertación sino además una batería de iniciativas, puntualmente tres grandes reformas, cuyo argumento para llevarlas a cabo era “estar en sintonía con las demandas ciudadanas” pero el tiempo es sabio y más temprano que tarde las aguas siempre terminan por tomar su nivel. El país necesita reformas que mejoren la calidad de vida, el bienestar y relacionamiento en comunidad que ha caracterizado el devenir de las chilenas y chilenos, pero para ello es importante que las iniciativas legislativas sean más bien pensadas desde la lógica del “realismo con sensatez” antes que el tozudo “realismo sin renuncia”. Porque nadie va a sacar en cara, salvo aquellos adherentes de la minucia propia de la pequeñez política, si en algún momento colocas el freno de manos a proyectos que podrían terminar no sólo por socavar nuestra institucionalidad sino además contribuir a aumentar el clima de desafección, descontento, la sensación de abuso y la desconfianza. Parte del quehacer de las políticas públicas, pensadas desde su diseño – ejecución e implementación, implica convocar y promover la participación de aquellos sectores involucrados para conocer las impresiones, necesidades, impactos y anhelos que conllevan. Pero lo anterior requiere grados de humildad y cordura inexistentes a la fecha convirtiendo aquella otrora adhesión positiva en un respaldo que, de acuerdo a datos de la última encuesta CEP, se enarbola a un paupérrimo 15% de aprobación.

Han pasado ya dos años desde que la izquierda (no hablaré de centro – izquierda con objeto de no acrecentar el bullying hacia la DC…total para eso está el PC y resto de partidos oficialistas) llegó a controlar el aparato estatal y la pregunta que todos nos hacemos a estas alturas es para dónde o hacia dónde va nuestro país. No existe una carta de navegación clara, cada día aumentan las voces de descontento incluso al interior de la Nueva Mayoría con anuncios que hacen presagiar que su vida útil concluirá el 2017, resultado de elecciones municipales mediante. De las grandes reformas (Educación, Trabajo, Constitución) sólo educación forma parte de las primeras cinco urgencias ciudadanas además de salud, delincuencia, corrupción y remuneraciones. Curiosamente, en cuanto a los principales atributos que más importan a las personas que tenga el próximo gobernante fíjese que la honestidad y confiabilidad encabezan los requisitos. Claramente algo le están diciendo estos indicadores a nuestra clase política, especialmente al actual gobierno, sobre lo que la gente quiere y no sobre lo que “ellos piensan que la gente quiere” puntualmente los que salen a las calles a protestar. Sobre esto último, y porque es el tema del momento, el debate sobre pensiones está recién comenzando y es muy probable que sea deber del próximo gobierno encausar la discusión inherente a las propuestas que se han generado durante el último tiempo y que serán sin dudas un aporte a la conversación pero claramente, y porque ya es tiempo de poner cuotas de seriedad, el tema no es para generar soluciones parche con afanes electorales sino de sentarse a reflexionar, construir acuerdos y propiciar consensos que favorezcan la restitución de las confianzas en un tema sensible marcado por un contexto poblacional que envejece y que requiere de garantías mínimas de dignidad para cada individuo. Pero claro, y en virtud del comportamiento que ha tenido la Nueva Mayoría a la fecha, no sorprendería algún proyecto antojadizo de reforma al sistema previsional que sea el mentholatum del momento más no necesariamente el antibiótico para destrabar la congestión y los síntomas que conlleva desde hace años.

A estas alturas uno se pone a reflexionar en lo que pudo haber sido este gobierno donde a la fecha, y personalmente, no me queda claro si era Nueva Mayoría para Chile o Nueva Mayoría para Bachelet cuya figura finalmente ha sido el caballo de Troya para el retorno de un séquito de operadores y animales políticos cooptando el Estado y sus recursos. Porque inherente a que uno no comparta sus ideas lo cierto es que todos deseamos lo mejor para Chile porque es nuestra tierra y por eso nos inquieta que aquella visión que apuntaba a la construcción de país orientada a mejorar aquello perfectible quedara en el baúl de los recuerdos en favor de una lógica refundacional que se ha traducido en un retroceso del progreso alcanzado. Si tan sólo la voluntad o disposición hubiera sido una orientada a sembrar para cosechar frutos frondosos probablemente no estaríamos en este escenario social – institucional. Quizás si esa retroexcavadora pensada para destruir se hubiera pensando desde una génesis o visión propia de la construcción estaríamos narrando una historia mucho más favorable en materia de crecimiento económico, confianzas, participación y calidad de nuestra democracia inclusive. Pero claro, y salvo que seas Optimus Prime, la retroexcavadora es una máquina operada por personas y las personas, bueno, ya sabemos o algo hemos aprendido.

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