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Opinión

La democracia y el paso del Bus

La democracia y el paso del Bus La democracia y el paso del Bus

"El bus defiende ideas que son tenidas por verdades incuestionables en la mayor parte del mundo, así como lo fueron en Chile durante casi la totalidad de nuestra historia, y no hace llamados a la discriminación, sino resalta una idea que es parte de uno de los debates más importantes a nivel mundial".

Rodrigo Pablo

Por


Abogado Universidad Católica.

Los efectos del paso del “Bus de la Libertad” por Chile me han dejado temeroso acerca del futuro de la política en nuestro país. Las reacciones provocadas son indiciarias de la existencia de grupos importantes que no creen en el debate de ideas, en la democracia ni en los principios en que esta se sustenta, en especial la libertad de expresión. En efecto, el Bus no es más que una manifestación de un grupo de chilenos que reclama el derecho a educar a sus hijos según ciertos principios, por lo que no se entienden las airadas reacciones de algunos que incluso han solicitado a los Tribunales que le prohíban seguir su camino.

En este sentido, quienes se sientan ofendidos por lo que el Bus defiende deben tener presente que la libertad de expresión es la base de la democracia, y esa libertad está ahí exactamente para proteger lo que nos disgusta. Así lo afirmó, por ejemplo, el 19 de junio pasado la Corte Suprema norteamericana: “la idea de que el Gobierno pueda restringir discursos que expresan ideas que ofenden golpea el corazón de la Primera Enmienda. El discurso que degrada en base a raza, etnia, género, religión, edad, incapacidad u otro criterio similar es odioso; pero el orgullo de nuestra jurisprudencia sobre libertad de expresión es que protegemos la libertad de expresar el pensamiento que odiamos” (Matal v. Tam). De esta manera, quienes buscan la prohibición legal del avance del bus, se colocan en las antípodas de las democracias más avanzadas.

Además de lo anterior, el sentirse ofendido y solicitar por ende la prohibición de la manifestación en un caso como este parece desproporcionado. El bus defiende ideas que son tenidas por verdades incuestionables en la mayor parte del mundo, así como lo fueron en Chile durante casi la totalidad de nuestra historia, y no hace llamados a la discriminación, sino resalta una idea que es parte de uno de los debates más importantes a nivel mundial. Por lo demás, es fácil de ignorar y si no fuera por las virulentas reacciones que ha suscitado, probablemente no habría recibido más atención que el “hombre del cartel” que recorre las calles del centro de Santiago. Asimismo, resulta cuestionable sentirse ofendido cuando quienes no comparten las ideas de los adherentes del Bus tienen y ejercen el mismo derecho a expresar sus puntos de vista, pudiendo defender perfectamente –por lo demás con mucho apoyo popular– sus posiciones sobre la materia.

Esto nos lleva al problema del doble estándar. Pienso en muchos que hace unas semanas vitoreaban la “Besatón por el Amor Libre” llevada a cabo en los patios de la Universidad Católica, contra la voluntad de la institución, y un gran número de sus profesores y alumnos, que hoy tildan como una ofensa el paso del bus naranjo por las calles. Es decir, el hecho de una manifestación legal en un lugar público les parece ofensivo, pero el de una manifestación realizada en un recinto privado contra la voluntad de su dueño les parece algo aceptable. También pienso en aquellos que han reclamado contra la exhibición de símbolos religiosos en lugares públicos, que hoy celebran el izamiento de las bandera del arcoíris en ellos. Ambas actitudes revelan el desinterés por debatir y el deseo por eliminar al contrincante reduciéndolo a la mínima expresión, sin permitirle manifestarse en las calles, mantener recintos privados donde pueda expresar sus puntos de vista, ni tener presencia en la vida pública.

Actitudes como las anteriores son graves y reveladoras de altos niveles de intolerancia. Ello puede significar, sobre todo en un país latinoamericano que no se ha caracterizado por una historia de estabilidad institucional, la antesala de gobiernos represivos. Por eso, como chilenos, debemos permitirle un espacio incluso a las ideas que nos disgustan. Recordando que la represión de los discursos ofensivos tiende a dirigirse contra minorías y opiniones disidentes en detrimento de todos, y que la protección de la democracia, así como la del avance científico y ético, depende de la protección de la libertad de expresión y la apertura a la discusión de ideas.

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