Miércoles, 22 de mayo de 2013

La felicidad al poder

/ Agencia Uno/ Agencia Uno

Podría asegurar que la gente percibe que la felicidad está en otra parte. Mucho más cerca de los afectos, del intercambio de ideas, del respeto mutuo, de la solidaridad, de la escucha activa, de la empatía, de compartir, de jugar, de ser respetado y querido por lo que se es, más que por lo que se tiene.

La pregunta parece simple: ¿por qué salimos a la calle, protestamos, vociferamos, nos indignamos y criticamos al poder, a los poderosos, a los políticos o al presidente?

La respuesta parece igualmente simple: que nos escuchen. Nada más. Que se nos visibilice, que empaticen con nuestro dolor, que se hagan cargo de la injusticia, que se termine con ciertos abusos, que resuelvan una arbitrariedad, que nos permitan desplegar nuestras capacidades sin discriminación, que no destruyan nuestro entorno, que los responsables de definir las reglas del juego aplanen la cancha, en resumen protestamos porque queremos ser más felices.

La felicidad, sensación subjetiva, distinta según el individuo que la percibe, no es más que un estado de ánimo que trasunta satisfacción, placer y tranquilidad.  Seguramente hay decenas de teorías sobre ella, pero en los hechos todos la hemos percibido al menos alguna vez en la vida y queremos volver sobre ella.

Objetivo nada simple, ocurre de vez en cuando y se presenta de mil maneras, sin embargo lo cierto es que cada vez se hace más difícil alcanzarla. El modelo de desarrollo le impone límites, vivimos para producir, consumir, pagar y competir.  Seguramente hay gente a la que el trabajo compulsivo o el consumo la hace feliz y no hay nada de malo en ello, pero sin ser sociólogo o encuestólogo podría asegurar que la gente percibe que la felicidad está en otra parte. Mucho más cerca de los afectos, del intercambio de ideas, del respeto mutuo, de la solidaridad, de la escucha activa, de la empatía, de compartir, de jugar, de ser respetado y querido por lo que se es, más que por lo que se tiene.

No digo nada nuevo, lo sé. Pero al escuchar al presidente de Uruguay hace unos días en la cumbre de Río + 20 o al escuchar al dirigente aysenino Iván Fuentes referirse a ella, escucho y leo que la felicidad como idea, como ideal, como utopía le hace sentido a mucha gente. Ellos hablan de cosas simples, “El desarrollo no puede ser en contra de la felicidad tiene que ser a favor de ella del… amor, de cuidar a los hijos, de tener amigos” decía Pepe Mujica del Uruguay.

Ellos hablan de tener un tiempo para hacer aquello que disfrutan haciendo.  Pepe Mujica insistía “venimos a la vida intentando ser felices y la vida es corta y se nos va y se nos escapa trabajando para consumir…”

Iván Fuentes en su conferencia en la Anef en marzo apelaba a cosas similares “¿Por qué se va perdiendo la paz social? Se pierde cuando nos volvemos insensibles al dolor ajeno y cuando ganar lucas es lo más importante. La verdad en ese mundo donde el objetivo es simplemente ganar plata y no vivir bien, porque vivir bien es vivir en paz, en una sociedad armoniosa”

Y frente a la protesta social, la indignación y la crítica al poder explica con claridad: “La violencia no empieza con la barricada, comienza mucho antes. Hay una violencia en el desdén, en el abandono a las necesidades de la gente, en el olvidarse de aquellos que íbamos a representar”.

Todo simple, nada simple. Es tan evidente lo que plantean, tan de sentido común, tan ético que las redes sociales arden cuando escuchamos sus palabras, los periodistas hablan de emocionantes discursos y los ciudadanos sonríen al escuchar ideas tan lúcidas. Sin embargo quienes administran el poder simplemente son ciegos y sordos a estas demandas. ¿Por qué? es obvio. El descanso, el relajo, la vida buena, el consumo moderado, el ocio productivo atentan contra el desarrollo, la producción, el crecimiento y el lucro. Ninguno parece estar dispuesto a ganar menos para que los demás puedan tener más.  No necesariamente más plata, si no más felicidad.

Entonces vivimos entrampados, amarrados a un modelo de desarrollo que nos pide producir cada vez más y a menor costo -y por lo tanto con menores ingresos- y así se hace imposible ser feliz. Si no pregúntenle al ciudadano de la capital que viaja dos horas diarias para llegar a su trabajo, hacinado, incómodo, apretado para trabajar seguramente más de las ocho horas que establece la ley y que luego debe volver otras dos horas en las mismas condiciones, para llegar a su casa agotado a dormir. ¿Qué familia se puede construir cuando padres y cada ve más madres sólo viven para trabajar? ¿Que hijos se desarrollan con padres ausentes, cansados, malhumorados e irritables? Las consecuencias están a la vista. No es necesario profundizar en ello, es también evidente.

Todo parece tan obvio, simple y evidente y sin embargo nos bombardean con la idea de que son los costos del desarrollo, que sólo si crecemos económicamente y consumimos compulsivamente el país avanza, que finalmente el sacrificio vale la pena por que serán otras generaciones las que disfrutaran de esa tan anhelada felicidad en un país que pueda entregar a sus hijos e hijas lo que ellos demanden. ¿Pero qué demanda la gente? tiempo libre para quedarse una tarde entera en una plaza o un patio conversando un largo asado, acurrucando a un hijo, amando a su pareja, pateando una pelota o leyendo un libro, sin la urgencia de la cuota, sin el temor a la sanción social, sin tener que correr para llegar a tiempo a alguna parte.

¿Qué demandan los estudiantes? educación de calidad y gratuita ¿y para qué? Para tener herramientas futuras que les permitan administrar su tiempo de la manera que les plazca y no tener que vivir para cancelar deudas que los amarran por años, que les imponen exigencias leoninas, que los limitan en su desarrollo personal y los obligan a trabajar en lo primero que encuentren porque hay que pagar la deuda, la cuota, el crédito. Entonces no hay plata para ir al cine, tampoco para el teatro, ir a un restaurant, comprar un libro, subirse a unos juegos mecánicos, comerse un lomito de la Fuente Alemana y aún menos, viajar, conocer y recorrer el mundo. Vivimos amarrados al sistema y por eso protestamos y de ahí queremos salir por que como bien decía Pepe Mujica  “No podemos vivir gobernados por el mercado sino que tenemos que gobernar al mercado

Eso demandamos de nuestros gobernantes, que empiecen a mirar con otros ojos, que pongan en cuestión el paradigma de desarrollo que hoy nos rige y que trabajen por algo muy simple: que sus representados, los ciudadanos y ciudadanas de su país tengan normas que pongan al centro de sus prioridades el bien común y sobre todo la felicidad. Así de simple.

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