Martes, 21 de mayo de 2013

La felicidad

felicidad (1)

Tanto en economía, como en ciencia política, filosofía y sociología, se ha criticado este abordaje, que consiste en fundarse en la utilidad o el bienestar general, entendido como felicidad o satisfacción de deseos, para la evaluación o el diseño, de una política pública.

Recientemente se han conocido algunos datos que indicarían el grado de felicidad o infelicidad en el que viven los chilenos. El ministro Lavín, ha declarado a este respecto la necesidad que las políticas públicas se dirijan a mejorar este índice de satisfacción, el cual en una escala de 1 a 10, se encuentra en un 7.2.

El tema sin embargo es más complejo. Tanto en economía, como en ciencia política, filosofía y sociología, se ha criticado este abordaje, que consiste en fundarse en la utilidad o el bienestar general, entendido como felicidad o satisfacción de deseos, para la evaluación o el diseño, de una política pública.

Amartya Sen, premio Nobel de economía, nos entrega algunas luces. Piénsese en un indigente crónico al cual una política pública le permite conseguir algo de abrigo y cobijo para pasar el invierno. Desde su punto de vista, su situación habría experimentado una innegable mejoría, haciendo de su vida una experiencia algo más satisfactoria. Pero se olvida un punto central para el análisis de la felicidad o del bienestar: quienes viven oprimidos, constantemente discriminados, estigmatizados o en situaciones de precariedad, tienden a ajustarse a las circunstancias, para hacer sus vidas más tolerables, aprendiendo a disfrutar de cada pequeña mejoría, adaptándose a las circunstancias, creando estándares de satisfacción o felicidad esencialmente bajos, pues no conocen nada más.

De esta forma, y llevado a temas de justicia social, que las personas de un determinado País se sientan felices, y que las autoridades se sientan orgullosas de ello, puede a lo menos, someterse a una crítica razonada, pues al proceder así, se corre un real peligro: olvidar que nuestras percepciones pueden ocultarnos las condiciones en que realmente vivimos. Este es un problema muy estudiado.

El ejemplo clásico es de las mujeres que han sido educadas en ambientes altamente machistas, y que ven en el formar una familia, tener muchos hijos y trabajar en el hogar, el destino natural de sus vidas. Si se les preguntara si son felices o viven vidas satisfactorias, quizás la respuesta, sea un sí. Pero este “sí”, revela fácilmente el problema que quiero explicitar: la estructura básica de una sociedad puede impedir que las personas vivan vidas que podrían ser efectivamente plenas, pero que, a causa de múltiples factores, son desconocidos para ellas, adaptándose en definitiva al esquema que conocen, y conformándose con él.

Lo anterior, resulta un punto crucial en los análisis que se han hecho recientemente sobre la crisis o no del modelo económico: ¿la gente quiere otro modelo? o bien ¿solo quiere un acceso más equitativo a los bienes y servicios que el modelo ofrece? Sin embargo, si lo segundo es lo cierto, no sería prueba suficiente que es lo deseable, precisamente por lo que hemos dicho: implicaría nada más un deseo que oculta la ignorancia sobre otras formas de vida que efectivamente llevarían sus vidas a mejores estándares de desarrollo.

Y lo que se espera del Estado es precisamente lo contrario, proveer a sus ciudadanos de las herramientas para que desarrollen sus capacidades plenamente, y no, que se contenten con lo que les tocó.

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