Sábado, 19 de abril de 2014

La lección de pintura

La lección de pintura

En esta cinta vemos la historia (en parte autobiográfica del pintor Adolfo Couve) de un niño que crece en el campo y es un genio de la pintura. No me interesa contar la película, sino poner en evidencia la segunda lectura religiosa que ésta tiene, según mi percepción.

Pablo Perelman es un esteta.

Ya lo demostró con Archipiélago, donde combinaba sueño con realidad, antiguas tomas cinematográficas con puestas en escena contemporáneas, política con represión, explotación desmedida de los recursos naturales con presuntos defensores del arte que financian la reparación de iglesias.

En La lección de pintura, también la fotografía es maravillosa. Son realmente paisajes como los que pintaron a comienzos del siglo XX Alberto Valenzuela Llanos, Juan Francisco González o Laureano Guevara. Es la luz la que modela, a todas horas del día, esa naturaleza que nos rodea y que casi todos los chilenos han añorado cuando se han encontrado lejos de la patria.

Perelman, sin embargo, no es un esteta que transmite alegría con sus películas. La temática de Imagen latente era política y, por lo tanto, era una epopeya vista con los ojos del vencido y tenía que ser amarga.

En esta nueva película, que llega con más de 20 años de distancia, vemos la historia (en parte autobiográfica del pintor Adolfo Couve) de un niño que crece en el campo y es un genio de la pintura. Es hijo de madre soltera y encuentra un padrino y mentor en el dueño de una droguería, que es un artista fracasado.

No me interesa contar la película, sino poner en evidencia la segunda lectura religiosa que ésta tiene, según mi percepción.

Así como en Imagen latente Dios permite las iniquidades de la Dictadura cívico-militar y en Archipiélago el Todopoderoso está reducido a las estrechas paredes ígneas de un templo católico que hay que restaurar, aquí – si hay Dios – es el veterotestamentario. No interviene a favor de sus criaturas. Al contrario: pareciera que las persiguiese para que fuera infelices. El lenguaje fílmico de Perelman es el lamento de Jeremías o el del pueblo escogido que debe ser castigado por su infidelidad.

De Cristo aparecen sólo los brazos, porque su icona ha sido destruida por presuntos “revolucionarios” que han escrito “el opio de los pueblos”. Y los que reponen el crucifijo son los presuntos “cristianos”, esto es los miembros del Grupo Fiducia: Tradición, Familia y Propiedad (sobre todo “propiedad”). Ellos, en una actitud maniquea, tiene derecho sobre vida y muerte de todos aquéllos que no comulgan con sus ideas. El representante más en vista es alto como Jesucristo, tiene los tradicionales ojos claros de los ángeles y no tiene inconveniente en disparar contra los rotos inferiores e indefensos o contra un niño culpable sólo de saber dibujar. Tampoco son culpables de robarle al pobre: ése es su derecho. Del mismo modo, el hacendado sostiene que embarazar a las hijas de los inquilinos es “mejorar la raza”.

La única luz de esperanza en este mundo destestable podría ser la pureza estética de un niño. ¿O es sólo una utopía sin sentido?

(La lección de pintura. España/Chile/México, 2011)

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