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La Nueva Mayoría y el fantasma de la Concertación

La Nueva Mayoría y el fantasma de la Concertación La Nueva Mayoría y el fantasma de la Concertación

"Michelle Bachelet podía producir herencias fastuosas de poder administrativo y empleo en cargos de altísima relevancia y dar calor y cobijo a sus colaboradores, pero no era capaz de engendrar un nuevo liderazgo o de transferir sus atributos a los partidos. Bachelet podía entregar poder, mas no lograba regalar sus dones".

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Sociólogo U. de Chile, Licenciado en Estética U.C, Magíster en Ciencia Política U. de Chile, Diploma de Estudios Avanzados en Teoría Sociológica, Profesor Asociado Facultad de Administración y Economía Universidad de Santiago. Investigador Observatorio del Libro y la Lectura. Director de equipo investigativo Oikos, albergado en la Universidad de Santiago

Los siguientes párrafos constituyen una selección realizada por Alberto Mayol, de la obra de su autoría recientemente publicada por Ceibo Ediciones: “La Nueva Mayoría y el Fantasma de la Concertación”.

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El pacto político que fue la Concertación de Partidos por la Democracia no tuvo la capacidad de liderar transformaciones estructurales. Ni siquiera pudo instalar matices relevantes al modelo de sociedad heredado de la dictadura. No obstante su incapacidad, un análisis mínimo permite reconocer que dicho pacto (la Concertación) era mucho más sólido políticamente que el pacto actual de la Nueva Mayoría (que es solo un acuerdo programático).

Si un pacto de gran profundidad no pudo contener transformaciones sin retroceder frente a las presiones fácticas, menos lo puede hacer una institucionalidad que es menor en términos de complejidad. Por necesidad simplemente física, la Concertación (su inercia) primará sobre la Nueva Mayoría y, por tanto, el orden conductual del nuevo pacto será semejante al del antiguo (es a eso que le asignamos el rol fantasmal de la Concertación sobre la Nueva Mayoría). La tesis: “es posible hacer más cambios con una estructura menos fuerte”, implícita en el actual gobierno, es simplemente un acto de voluntarismo, cuando no de cómoda estrategia conservadora.

Lo único claro sobre la Nueva Mayoría es que nació como un instrumento capaz de albergar el liderazgo de Michelle Bachelet el que, a pesar de ciertos reveses políticos, permanecía intacto y era indudablemente muy superior al que presentaban los partidos políticos de la Concertación de Partidos por la Democracia o al del nuevo conglomerado.

Nuevamente surgía el problema de sortear los obstáculos de la trasferencia de carisma, pues era necesario encontrar una forma de impregnar a otros liderazgos y estructuras partidarias con el halo de virtud de Bachelet y aprovechar así el fuego divino de la mujer que era el último bastión de legitimidad en el sistema político chileno en favor de un sustento para un futuro gobierno e idealmente para muchos otros.

Bachelet era la piedra filosofal de la política chilena, la única persona capaz de convertir el hastío en simpatía, el horror en amor; sin embargo, su capacidad de transferir carisma había sido siempre nula. No había dejado herederos políticos en su anterior mandato y aunque su popularidad podía planear en las más loables alturas, su coalición se aferraba con gran esfuerzo a las frágiles piedras de un despeñadero. Michelle Bachelet podía producir herencias fastuosas de poder administrativo y empleo en cargos de altísima relevancia y dar calor y cobijo a sus colaboradores, pero no era capaz de engendrar un nuevo liderazgo o de transferir sus atributos a los partidos. Bachelet podía entregar poder, mas no lograba regalar sus dones.

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Si el dilema de la Concertación de Partidos por la Democracia era normativo (debemos estar orgullosos o debemos ser críticos de nuestra obra), el dilema de la Nueva Mayoría es ontológico (cuál es la naturaleza de ser Nueva Mayoría y de qué funciones vitales es capaz este organismo). Y es que una cosa es tener dos almas, como las tuvo la Concertación (flagelantes y complacientes); y otra cosa es no saber en qué parte del insectario podría clasificarte el entomólogo.

La Nueva Mayoría se debate entre dos condiciones zoológicas: transformación y gatopardismo. Si en la tensión ‘flagelantes’ y ‘complacientes’ había una relación regulada, una especie de vínculo entre un sector sádico y otro masoquista; en la disputa de la Nueva Mayoría se expresa un dilema existencial, que es en la práctica el dilema histórico de Michelle Bachelet (antes, el 2006, el ‘gobierno ciudadano’; ahora, el 2014, los ‘cambios estructurales’).

Es precisamente éste el problema en el que habita la Nueva Mayoría. Es la cuestión sobre cómo se debe pronunciar Michelle Bachelet. En definitiva, es el viejo problema hamletiano: ”ser o no ser”, es ese el problema, ¿qué opción debe tomar el alma noble? ¿Se debe sufrir la fortuna injusta de servir al poderoso o rebelarse contra un mar de desdichas a costa incluso de la propia suerte? ¿Se trata de dormir el analgésico sueño de la paz y ceder para ello ante el enemigo o se trata de soñar, luchar por utopías, navegar los rudos mares para aniquilar la injusticia, el áspero desdén, las demoras de la ley? ¿Hay que elegir entre el reposo de jamás cruzar frontera alguna, o aventurarse al país ignoto de la lucha contra la injusticia? Es este el dilema.

La Nueva Mayoría tiene las tres fuerzas en pugna de todo proceso de transformación: los radicales, los transformadores y los conservadores. Normalmente estas fuerzas no están todas dentro de una misma institucionalidad política, no conviven en el mismo grupo. Y ello es natural, pues la agenda de unos es opuesta y contradictoria con la de los otros. Sin embargo, la Nueva Mayoría alberga este conflicto y lo asume sin procesamiento alguno. Robespierre y Luis XVI han firmado el acuerdo de montar el conflicto al interior de sus propias oficinas. Se anula la monarquía, pero no se acaba la aristocracia.

La Nueva Mayoría nace en un diagnóstico que se convirtió en su certeza espiritual: el proceso social, de alta conflictividad,  que se desencadenó desde el año 2011, tuvo como origen una pésima gestión política del gobierno de turno (de Sebastián Piñera) a quien le hizo falta diálogo y capacidad de gestión política para abordar el caso Bielsa, Hidroaysén y el Movimiento Estudiantil, anotándose sendos fracasos en menos de diez meses (y que continuó con similares errores en Aysén y Freirina).

La conclusión que sacaron en la naciente coalición es que, no obstante los problemas y conflictos que cruzan el Chile actual son mucho más significativos y álgidos que hace diez años, la solución puede ser la misma que se ha aplicado durante toda la transición: parece ser suficiente una correcta gestión política de este proceso, esto es, mover adecuadamente las piezas institucionales existentes y orientar al sistema de partidos políticos a su función de representación con foco en la gobernabilidad.

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Por supuesto, asumen que las piezas a mover no serán los peones, sino piezas más significativas (a veces incluso la reina), pero al fin y al cabo todavía se trata de ajedrez. El esfuerzo de la Nueva Mayoría intenta conquistar los titulares de la transformación histórica de Chile en una sociedad de derechos, sin tener que asumir un conflicto relevante con los grupos conservadores de Chile: quienes detentan el capital (que desean conservar la estructura social) y quienes tienen control ideológico (que desean conservar las condiciones culturales que sostienen su hegemonía).

 

La ilegitimidad del modelo apareció con toda su fuerza en 2011 y el modelo debe ser entregado a las fauces de la historia. Es lo que llamamos “el derrumbe del modelo”. Sin embargo, la Nueva Mayoría guarda en sus prácticas, en sus redes, en el recuerdo grato del tesoro de su éxito en los tiempos felices; el recurso de la negociación con los poderes fácticos. Al Cesar lo que es del Cesar, a los empresarios todo lo demás. Es esa su convicción, mientras ella sea el César. Y así los fácticos siempre reaparecen en la tragedia de Chile. La Nueva Mayoría está condenada a administrar siempre la piedra de los fácticos, a siempre volver a subir el mismo cerro. La diferencia con Sísifo es la comodidad del gesto que acompaña a la Nueva Mayoría, pues la roca no la suben ellos, sino la sociedad.

La Nueva Mayoría nació para vestirse de movimiento social, para hacer posible la aproximación que la Concertación ya no podía realizar hacia el movimiento estudiantil y los movimientos sociales que florecieron luego de él. No había alcanzado a terminar de vestirse de movimiento social cuando decidió desvestirse.

Michelle Bachelet definió, al aterrizar en Chile en marzo de 2013, los límites de la nueva coalición. Ella era el espíritu y la frontera misma del pacto, ella era (y es) el cemento de la Nueva Mayoría. Su arribo desde Nueva York, el viaje de retorno, donde ocupaba el más alto cargo de ONU Mujer, fue el motivo literario ideal para producir el cambio desde la Concertación de Partidos por la Democracia a la Nueva Mayoría. La llegada de Bachelet permitió ejecutar la transmutación sin tener que pagar el costo en explicaciones del cierre de la Concertación. La ciudadanía aceptó el fin de la coalición política electoralmente más exitosa de la historia (por tener cuatro Presidentes de la República) sin exigir ninguna explicación.

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Michelle Bachelet es el principio y el fin de la Nueva Mayoría (es el alpha y el omega). Y ese es el problema. Gutenberg Martínez puso el dedo en la llaga cuando dijo que el pacto ni siquiera era un contrato de arriendo, porque esos son renovables, dejando en claro que no se repetirá un pacto con sectores que cuestionen permanentemente la política que más acomoda a la Democracia Cristiana: el consenso y el conservadurismo. Entonces Michelle Bachelet puede mostrar su enorme potencia cuando queda en evidencia que en la Nueva Mayoría su Sol nunca se oculta. Pero esa misma condición proyectada al futuro, implica la ausencia de horizonte de renovación.

Michelle Bachelet atraviesa nuevamente el dilema existencial: ser o no ser. Debe decidir si intenta los proyectos de cambios estructurales o si se somete a la medida de lo posible. Debe decidir si levantar la voz y afrontar los conflictos; o si la bajará para evitarlos. Su historia es difícil: cuando ha querido llevar a cabo sus proyectos más democráticos, la suerte o el talento la han abandonado. Cuando se ha sometido a las fuerzas del destino fáctico del Chile militar y eclesial, sus días han sido tersos y sin bruma. La decisión es difícil, es ser la mujer que cambió la historia (y quizás ser crucificada) o ser la mujer que administró el poder de los herederos de la dictadura (e irónicamente ser santificada sin dolor). Es un dilema para el cual su primer gobierno tuvo una respuesta clara (ser santa aunque fuese en base a una traición). Es un dilema sobre el cual su segundo gobierno no ha pronunciado el verbo que separe la luz de la oscuridad. Pero, ¿quién es la luz? ¿Y quién la oscuridad?

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