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Opinión

La rebelión de los inútiles

La rebelión de los inútiles La rebelión de los inútiles

Todo indica que habrá que esperar bastante tiempo para ver en qué terminará la rebelión de los “inútiles” (todos ellos nacidos después de 1973 y, de algún modo, epígonos de Joaquín Edwards Bello), pero habrá que esperar más tiempo aún para ver si la derecha será capaz de decir: ¡Adiós, General…!

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Doctor en Filosofía, mención Filosofía Política y Magíster en Ciencia Política, por la Universidad de Chile, Licenciado en Historia y Profesor de Historia y Geografía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Es coautor, junto a Carlos Miranda, del libro “Para leer El Príncipe de Maquiavelo” (RIL Editores, 2001) y es autor de los libros “El concepto de realismo político” (RIL Editores, 2013), “Max Weber: la política y los políticos” (RIL Editores, 2010), “El poder: adicción y dependencia” (Brickle Ediciones, 2006) y “¿Qué es la política?” (RIL Editores, 2003). Es, además, autor de tres capítulos de libros publicados en Chile, Argentina y España y de una decena de artículos de su especialidad (teoría política) publicados en revistas académicas de Chile, Colombia, España y Rumania. También es docente en las universidades de Chile, Católica de Chile y Católica de Valparaíso

Un respetable intelectual de izquierda decía que cuando un izquierdista no entiende algo lo califica, sin más, de fascismo. Creo que lo mismo ocurre con un derechista, cuando éste no entiende a alguien (o algo) se apresura a tildarlo de comunista. Así, en ambos, el comodín ideológico —o simplemente la pereza mental— se trasunta primero en descalificaciones a priori; después en explicaciones reductivistas; finalmente en la demonización del otro.

En una atmósfera de tal índole los intelectuales que son críticos de su propio sector no la pasan bien. Así, por ejemplo, durante el último tiempo los académicos Hugo Herrera, Pablo Ortúzar y Daniel Mansuy han estudiado la trayectoria de la derecha con perspicacia y lucidez, pero el resultado de sus análisis no ha sido justipreciado. Sus críticas no han sido acogidas con benevolencia ni han sido interpretadas como fuego amigo. Por el contrario, suelen ser vistas como una impertinencia. Las críticas que formulan incomodan a una parte del sector y puesto que ellos no son ajenos al mismo quedan expuestos a sus represalias. ¿Será necesario recordar que, tanto en la derecha como en la izquierda, siempre hay alguien que está dispuesto a asumir gustosamente el rol de inquisidor?

Un observador externo ha dicho que los referidos intelectuales están haciendo un esfuerzo por desasnar a la derecha. El adjetivo es fuerte y elegante, pero el juicio es injusto, en cuanto ignora a otros hombres de valía (como por ejemplo: Óscar Godoy, Arturo Fontaine Talvera y Leonidas Montes) que tiene el sector y que se han propuesto una meta similar. Ninguno de ellos ha tenido éxito.

¿Es tal adjetivo absolutamente descabellado? No, porque la derecha chilena de las últimas décadas tiene una inclinación a ser ramplona y filistea. También tiene propensión a la testarudez y a la sordera. Pareciera ser que ha experimentado una mutación genética y que actualmente tiene una sobrecarga de genes filisteos que han cuajado en un cuerpo de ideas y creencias que tiene visos de Quasimodo, según algunos, de Frankenstein, según otros. Y es, precisamente, tal tosquedad la que están tratando de conjurar —con escaso éxito— Herrera, Ortúzar y Mansuy.

Todo indica que habrá que esperar bastante tiempo para ver en qué terminará la rebelión de los “inútiles” (todos ellos nacidos después de 1973 y, de algún modo, epígonos de Joaquín Edwards Bello), pero habrá que esperar más tiempo aún para ver si la derecha será capaz de decir: ¡Adiós, General…!

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