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La reforma que vino desde abajo, finalmente se hace desde arriba

La reforma que vino desde abajo, finalmente se hace desde arriba La reforma que vino desde abajo, finalmente se hace desde arriba

La reforma va camino de despeñarse en la tramitación parlamentaria de una reforma tributaria que abandonó al pueblo que la provocó, y convocó a los empresarios y los representantes de la derecha. La reforma no era sólo económica, no se trataba únicamente del presupuesto fiscal y de la educación.

La reforma que vino desde abajo, desde la movilización de grandes números de ciudadanos dispares, unidos por un cambio difuso pero perentorio; la reforma a la que la elite política chilena dio la espalda hasta que fue engullida por la masa; la reforma de las caceroladas que recordaron a la dictadura, que involucraron a padres que todavía con un sustrato de susto aprobaron lo que sus hijos hacían; la reforma de la cobertura internacional, de la nueva constitución, del no al binominal, del basta de abusos, del pongamos límites al poder de los frecuentemente nefastos representantes del mercado; la reforma de los secundarios y los estudiantes universitarios, de los pingüinos y los peloláis, va camino de perderse en la intrincada senda que asciende hasta el poder en Chile.

Y si el huracán reformista no dejó impávido a nadie desde los sectores medios hacia abajo, la élite del sistema liberal representativo miraba a sus intereses con preocupación. Obviamente, la zozobra era económica, por salvar las componendas y privilegios que mantenían a esta clase fuera del frío de la humilde realidad económica que afecta a la gran mayoría de los chilenos (por favor, ver cifras CASEN y los ingresos reales del trabajo, que a menudo olvidamos), pero la pregunta era política: ¿cómo sacar a las multitudes de las calles, expulsándolos al mismo tiempo de cualquier pretensión de quebrar la elitista lógica representativa y llegar al Parlamento en nombre del Pueblo, de cuyo cuerpo habían salido?

Por un momento, la clase política, incluida la derecha, vio la gloria, y ésta se llamaba Michelle Bachelet. Había alguien popular en quien confiar la bandera reformista. Después de las nuevas elecciones y tras el gesto de incluir tanto a comunistas como a ex-representantes del movimiento estudiantil universitario, la otra parte de la respuesta política vendría por sí misma, pues la reforma caería necesariamente en sede parlamentaria. Aquí la tela de araña tejida por senadores y diputados convertiría la mariposa en crisálida y ésta en gusano nuevamente, transformando la reforma en un producto elitista a gusto y semejanza de los intereses empresariales y clientelar-partidistas.

Cuando el hálito reformista perdió el olor a pobre, dejó de desprender el atragantante aroma a necesidad y miseria, cuando no estuvo más asociado a camisas de segunda mano y pantalones desgastados, cuando las palabras adquirieron un tono técnico y fueron aplaudidas por todas las bancadas políticas, cuando la reforma se conversó en sede empresarial, fue tomando un color a difunto, a catacumba, a recuerdo de algo justamente que la reforma había querido cambiar, una forma de hacer política que convertía al pueblo en subalternos de sus representantes, haciendo de la democracia un régimen en el que gobiernan los políticos. Esta es probablemente la historia del fuego, que viniendo desde abajo, calienta hacia arriba.

La reforma va camino de despeñarse en la tramitación parlamentaria de una reforma tributaria que abandonó al pueblo que la provocó, y convocó a los empresarios y los representantes de la derecha. La reforma no era sólo económica, no se trataba únicamente del presupuesto fiscal y de la educación. Desde un comienzo, el llamado era a hacer una reforma política, y las señales de transversalidad partidista y elitismo económico están dejando en la cuneta la dimensión simbólica del cambio.

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