Domingo, 26 de mayo de 2013

La república española de Urdangarín

antimonarquico

Del pelotazo balonmánico, o quizás balonmaníaco, al pelotazo regio, Urdangarín creyó en su inexpugnable capacidad para meterle goles a la vida. Ahora lo protege la monarquía, intentando evitar el embate de una ola de opinión contraria que creen no merecerse el rey y su delfín.

Para los lectores que no se hayan informado, o sencillamente no sepan del tema, debo comenzar presentando la cuestión. El yerno del rey de España, el señor Iñaqui Urdangarín, ex jugador de balonmano de alto nivel, ha sido imputado en una causa que se sigue por malos manejos de dinero público en el dicho reino peninsular.

Como ha sucedido otras veces en la historia española, aunque ahora muestre más bien un perfil poco amenazador, son personas de la monarquía o próximas a la misma las que ponen en riesgo su imagen y su continuidad. Para evitar todo ello, a este neo-aristócrata dicen que se le aconsejó que no participase en los negocios por los que ahora está siendo interrogado. Consejos puede o no haber recibido, pero el hecho es que la Casa Real española decidió prescindir de él en celebraciones oficiales y se dice que su imagen fue hace algún tiempo retirada del lugar real en el que estaba en el museo de cera madrileño. Tan egregio honor había recibido, y supongo que las caídas desde tan alto hacen daño.

El principio de su fin como imagen pública comentan que llegó con el descubrimiento de la combinación entre un extraño apoyo millonario (en euros) de dinero público y un manejo del mismo que pasaba habitualmente por paraísos fiscales y contratos no siempre ejecutados y nunca licitados.

Como nadie quiere tocar la honorabilidad de su esposa, la infanta Cristina, la segunda hija del rey, a la que todos creen que no sabía nada sobre las actividades de su marido, yo tampoco lo haré. Pero hay algo en lo que sí importa esta señora. Iñaqui Urdangarín comenzó con su conquista una carrera imprevista hacia un republicanismo extremo por las consecuencias de sus actos.

Efectivamente, no es con los supuestos delitos al fisco español como comenzó su también supuesta ascensión en el rango criminal, sino que, de confirmarse los hechos por los que se le acusa, sería su emparejamiento en un contexto olímpico (en unas olimpiadas) su primer paso hacia un encumbramiento social y económico el cual muy probablemente fue interpretado por su persona como el destino escrito en las cartas por el manipuladas y que siempre habían mostrado oros y reyes.

Del pelotazo balonmánico, o quizás balonmaníaco, al pelotazo regio, Urdangarín creyó en su inexpugnable capacidad para meterle goles a la vida. Ahora lo protege la monarquía, intentando evitar el embate de una ola de opinión contraria que creen no merecerse el rey y su delfín. Eso convierte a Iñaqui en su contrario, un republicano almorzando lo mismo que sus altezas, una compañía indeseada que vive en Washington D.C. junto a sus hijos financiado por Telefónica y supuestamente también por algunos negocios cuyos dineros viajaron con frecuencia hasta Belice y las islas Caimán.

Y todo ello en un momento de crisis, cuando la población española está absorta en su impotencia y el generoso río del dinero público ha menguado su caudal, cuando la sed de agua y suerte ha aumentado por su misma escasez, y es precisamente aquí que Iñaqui Urdangarín aparece como una imagen gigante y descontrolada, con un gesto impúdico de ambición desmedida, dando pisotones a los mismos españoles que alguna vez creyeron, frente a lo que había sucedido a la primera de las infantas, Elena, que esta vez su yerno tenía la madera, la pasta y la estatura para ser un chico fino de vida de papel cuché y almohada revestida de seda.

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