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Opinión

La sacralización de Camila Vallejo

La sacralización de Camila Vallejo La sacralización de Camila Vallejo

El chiste de Edo Caroe sobre Camila Vallejo en el Festival de Viña produjo innumerables reacciones en redes sociales. ¿Es correcto sacralizar la figura de la diputada al punto de no dejar que sea víctima de chistes y cuestionamientos? El columnista Francisco Méndez argumenta que no, ya que "es como si con el tiempo comenzáramos a crear nuevas élites sin darnos cuenta".

Francisco Méndez

Por


Periodista, columnista.

Luego del humor de Viña y todas las reacciones que surgieron al respecto, tal vez la figura que más ha provocado discusión ha sido la de la diputada Camila  Vallejo. Algunos, quienes nunca estuvieron de acuerdo con su causa y con lo que representó en 2011, la ningunean e incluso subvaloran su inteligencia poniendo en relieve su belleza, como si esta última hubiera sido el único motivo de su llegada al Congreso. Argumento torpe, absurdo y bastante lejano a la realidad.

Vallejo, de la mano de cientos de miles de jóvenes, encabezó uno de los procesos socioculturales más importantes de nuestra historia. No es fácil pararse frente  a un modelo neoliberal como el que vivimos y plantear la idea de derechos cuando hasta ese momento veíamos con naturalidad como se transaba todo, incluso lo más esencial para nuestra sobrevivencia.

Ella y Giorgio Jackson, junto a  muchos otros dirigentes estudiantiles, cuestionaron ese paradigma casi indiscutible que pasó de ser la matriz dogmática de un grupito de poder a convertirse en la realidad que respiramos. Cosa que no es simple en un país como el nuestro que hace mucho tiempo dejó de distinguir entre lo real y lo ideológico. Entre lo concreto y lo que nos dicen que es lo concreto.

Camila Vallejo

Ellos, con el coraje y la inteligencia que le faltó a la generación que los antecedía, nos vinieron a contar que no había vacas sagradas y que, al contrario, había seres de carne y hueso que se habían equivocado, o que habían optado por equivocarse traicionando principios y convirtiendo a la historia en un bonito cuadro que se cuelga en el living del progresismo. Sin tocarla.

Estos jóvenes prefirieron agarrarla y formar parte de esta, transformándola en algo vivo e interesante para los de su edad y para quienes-como yo- somos mayores y tuvimos la oportunidad de movernos, pero solamente nos quedamos pendientes de lo que nos ofrecía el mercado.

Camara de Diputado

Dicho todo esto, me parece que, independientemente de todo lo hecho a su corta edad, Camila, Giorgio, y todo quien luchó durante esos años está propenso a ser cuestionado como todo personaje público. Sobre todo Vallejo, quien no sólo es comunista, sino también mujer en un país que esconde sus fobias de manera bastante peculiar. Porque negar que vivimos en una sociedad que fue formada para subvalorar a las mujeres y odiar a los comunistas, es negarnos a nosotros mismos. Es cegarnos y ocultar los años de adoctrinamiento que hemos vivido sin darnos cuenta algunas veces.

Sin embargo, la forma en que se lucha en contra de esa manera de conocernos es la equivocada. Esto porque muchas veces, cuando queremos combatir un vicio tan arraigado en nuestra cultura contemporánea, lo que hacemos es oponernos a ese discurso extremando los argumentos y transformándonos en padres querendones de la figura que queremos defender, minimizando así su trabajo sin darnos cuenta.

Giorgio jackson camila vallejo

Porque está bien hacer una defensa de Camila Vallejo  por su trabajo a lo largo de los pocos años que lleva en política. Pero, según creo, está mal convertirla en una estatua sagrada, porque va contra su historia y todo por lo que ella ha luchado. Ya que es como si con el tiempo comenzáramos a crear nuevas elites sin darnos cuenta. Porque casi como una reacción natural hacia todo lo que sucede, empezamos a adorar figuras de manera natural sin detenernos a pensar que son personas y como tales  tenemos que medirlos según sus atributos o sus defectos. Según sus virtudes y también aquellos actos que no denotan tanto virtuosismo. Porque en eso consisten las relaciones humanas.

Convertir a la diputada en un artefacto frágil no es la manera indicada para entrar en controversia con el discurso único instalado en los medios. Es quitarle su esencia y victimizarla no muy inteligentemente. Es castrar su discurso y ponerla ante el adversario como la niñita débil que éste quiere ver. O para ser más concretos: es continuar con la caricaturización de la figura femenina. Cosa que hacemos a la perfección y sin darnos cuenta muchas veces.

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