Voy a comenzar esta columna con un pequeño ejercicio: Le apuesto, señor lector, que usted puede pensar en al menos una persona de su núcleo más cercano que esta pasando por un mal momento. Le apuesto también que, si analiza sus viajes en Metro de la última semana, no puede recordar mas de dos personas que haya visto sonreír durante el recorrido. Pero aquí viene lo bueno… le apuesto a que en el último mes usted mismo se ha sentido infeliz respecto a, cuando menos, un aspecto en su vida, aunque fuere suntuario, que lo ha hecho ver el pasto mas verde en la otra orilla.
¿Preocupante, no cree?.
Pero fíjese que no es nada extraño. La vida en los países con mayor desarrollo tiende a acelerarse, las personas se comprometen a más cosas en espacios temporales menores lo que se traduce, finalmente, en carreras interminables que comienzan muy temprano por la mañana y terminan varias horas después que el sol se ha puesto.
Se posterga la familia, los amigos, el tiempo personal, el deporte y todo ello se transa por buscar la anhelada productividad. Vivimos una vida sin vivirla realmente y, llegado el momento final, una de las frases que más se repite es “me gustaría haber trabajado menos y haber dedicado mas tiempo a lo que realmente me hacía feliz”.
Es tremendamente común el pensar que la estabilidad económica es la clave de la vida y que la frase “el dinero no compra la felicidad” es solo otro chiché más que el cine ha popularizado, pero no saben cuan cierto es eso. Y es que figúrese: En el último día, con un pié adentro y otro afuera, ¡de que cresta le sirven los billetes, la fama y las propiedades! Claramente no se va poder llevar eso en aquel viaje.
Cosa muy distinta es lo que pasa con las emociones y los afectos, que son aquellas cosas que realmente nos hacen sentido cuando estamos por “despegar”. La cerveza que se tomó con su mejor amigo, las palabras y los minutos que le dedicó a su abuelita años atrás y todo lo que aprendió de ella, esa alegría al saber que iba a ser padre por primera vez; todos pequeños detalles que van construyendo nuestra real felicidad. ¿No cree que es mas fácil acordarse de eso que del nuevo auto que se acaba de comprar? Me parece que la respuesta es evidente.
Y aún así, viendo el panorama con tanta claridad, hay días en que honestamente no nos dan ganas de salir de la cama. Vivimos todo el tiempo en un piloto automático emocional que no nos permite hacer un alto y construir la verdadera felicidad. Las presiones son tan grandes y nuestro orgullo tan poderoso, que no concebimos la posibilidad de rendir un poco menos en nuestro trabajo y un poco más en nuestro corazón. No, nosotros y nuestras familias nunca estamos primero; ese lugar lo ocupa siempre el poderoso caballero.
¿Y que espera para cambiar el modelo? ¡Corra! Tome a su señora y dele un beso apasionado, llame a sus hijos con urgencia para regalarles un abrazo y mándele un inbox a ese amigo del alma, con quien no habla hace tanto tiempo, para juntarse a almorzar. Por que es ese beso, esos abrazos y aquel inbox los que años después usted verdaderamente agradecerá: Cuando las canas le pasen la cuenta y se percate que, esta vez, ya no le sirve su Mastercard.
