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Opinión

Lagos y el réquiem de una época

Lagos y el réquiem de una época Lagos y el réquiem de una época

Lo cierto es que la campaña de Lagos falló en muchos sentidos: le habló a quienes no lo querían escuchar, salió a pedir apoyo de los partidos en vez de cuestionarlos y se embelesó con la calle en vez de salir a defender su obra. Le faltó más decir que era el de antes recargado: el líder que venía a lidiar con las taras de los partidos, no a rogar su apoyo. Le sobró contenidos y visión de país, pero no pudo cautivar.

Sebastián Sichel

Por


Abogado, magister en derecho público, académico de derecho USS. Presidente comité editorial El Dínamo.

Es cierto que la derrota de Lagos impacta más en los pasillos de una elite que en la opinión pública general. Los fríos números demostraban hace rato que su campaña estaba con principio de autopsia desde fines del año pasado. Sin embargo, su derrota duele.

Duele porque simboliza el fin de una época en que los mejores de cada sector político lideraban sus apuestas presidenciales. Duele porque hace desaparecer lo que parecía la clave del éxito de Chile en los últimos 25 años: un buen entendimiento político liderado por una coalición mayoritaria en que el centro gobernaba con la izquierda moderada. Duele porque implica que las encuestas le ganaron a los liderazgos y los partidos perdieron su capacidad de intermediación con la ciudadanía para transformarse en simples buzones de la opinión pública.

Con la bajada de su candidatura se va una forma de hacer las coas que para muchos fue un lastre (el “partido del orden” le han llamado conspirativamente algunos medios) y da paso a una nueva época en que el “partido de la opinión pública”, pasa a fijar las condiciones de lo que es correcto para Chile y los partidos de la centroizquierda.

Si jugaron un rol los partidos políticos en la transición fue tener la capacidad de transformar emociones colectivas en proyectos políticos. Transformaron diagnósticos en soluciones y demandas en propuestas. Esa vieja época cedió a un nuevo credo: ahora hacen lo que “quieren” las personas. Y si ellas dicen Guillier hoy (como dijeron ME-O ayer, Parisi mañana o Farkas en tres años) deben darles lo que piden.

Lo mismo si dicen “NO al Lucro”, “Nueva Constitución” o “Que se vayan todos”, basta esa frase mágica enarbolada por redes sociales y movilizados para sentir que es suficiente información para tomar una decisión: hay que levantar a Guillier, terminar con la educación privada o considerar al Congreso como ilegitimo. Los partidos de centroizquierda han decidido dedicarse a repetir ese mantra: si es lo que los ciudadanos parecen querer, es lo que nosotros debemos ofrecer.

Este paradigma es el germen de la autodestrucción. Primero, nada ni nadie sabe lo que los ciudadanos quieren. Basta un somero análisis de las cifras para descubrir algo de sentido común: no existe una ciudadanía, existen miles de distintos tipos de ciudadanías con intereses disímiles y muchas veces contradictorios entre si. Segundo, los problemas de la demanda muchas veces se ajustan por la oferta.

Es imposible que los ciudadanos sepan o quieran algo que no existe o no está hoy día a disposición. Ningún genio emprendedor habría creado Twitter si en encuestas hubiera preguntado si a la gente le gustaría un sistema para compartir ideas en 140 caracteres. Del mismo modo es imposible saber si los chilenos están dispuestos a agruparse de manera distinta o votar por otros, si no existen quienes promuevan estas ideas contraculturales.

El mérito del Frente Amplio es ése: creó una oferta dónde no existía, en una izquierda desencantada con el modelo de desarrollo. Y se ha paseado señalando el límite de lo ético: sino están con ellos están con  la herencia de Pinochet.  Finalmente, en el “partido de la opinión pública” subyace el germen de la autodestrucción del sistema de partidos como lo conocemos -cosa que Trump leyó muy bien en EEUU- ¿si los partidos no intermedian entre la opinión pública y las decisiones, para que cresta sirven los partidos?

Es decir, lisa y llanamente bastan los caudillos para eso: Guillier no necesita los partidos, más bien los partidos parecen necesitarlo a él para mantener el poder. Es el fin de la época en que el socialismo necesito a Lagos para renovarse y cambiar para transformarse un partido socialdemócrata que se entendiera con la DC. La nueva época implica un Partido Socialista que le pide a Guillier que lo considere parte de un potencial Gobierno. Y debe hacerlo rápido para que no lleguen otros antes a ocupar esos puestos. Y se acabó su misión.

Lo cierto es que la campaña de Lagos falló en muchos sentidos: le habló a quienes no lo querían escuchar, salió a pedir apoyo de los partidos en vez de cuestionarlos y se embelesó con la calle en vez de salir a defender su obra. Le faltó más decir que era el de antes recargado: el líder que venía a lidiar con las taras de los partidos, no a rogar su apoyo. Le sobró contenidos y visión de país, pero no pudo cautivar.

En comunicaciones la esencia es definir el marco conceptual de lo que viene. Y hacer que el resto se mueva en torno a el. Nadie ha pelado el marco conceptual que fijaron los dirigentes estudiantiles de la nueva/vieja izquierda: el modelo de desarrollo de Chile fracasó y los culpables son los acuerdos de la transición. Quizás es hora cambiar el marco conceptual y el diagnóstico: lo que fracasaron fueron los partidos para mantener a Chile en la senda del desarrollo, es urgente modernizarlos. La decepción de la calle parece ser mucho mayor con la política que con sus propias vidas y  el cambio de sus condiciones de vida. Quieren ir más rápido hacia el desarrollo no renunciar a el.

Con Lagos muere una vieja época: la de los liderazgos visionarios y que proponían los contenidos. El miedo está en la inseguridad de la que está por venir.

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