“Ya no, lo siento tu hora paso”, como dice la canción de aquella otrora símbolo de la emancipación femenina de los 80´s, Lucerito.
Cuando llega ese momento fulminante, eterno y perentorio, cuando una mujer, sin odio, rencor, rabia u ofensa reactiva alguna, decide en vista y consideración de las circunstancias, que “Ya no más”.
Cuando te das cuenta, que esa persona o situación te hacia mal, que era tóxica, que ya no la quieres más en tu vida… y que no importa cuánto tiempo hayas pasado luchando por tratar, como siempre y cual plastilina, de encajar y arreglar las cosas, de ponerte de cabeza con tal de que la fiesta se lleve en paz, algo muy recóndito y “cerquita del alma” (como siempre les digo), algo se rompió profunda e irreparablemente. Puede ser la confianza, puede ser la ilusión, e incluso las expectativas y el amor, pero sin importar que sea, estamos claros de una cosa, NO HAY VUELTA ATRÁS.
Este es un punto de inflexión en las relaciones y sobre todo las de pareja, habiendo diferencia entre hombres y mujeres, ya qué mientras a ellos pareciera qué las cosas más deben costarles para apreciarlas, en el borde del abismo, en la crisis se encuentra la posibilidad de cambio; las mujeres podemos luchar por aquello mucho, muchísimo tiempo, aguantando lo inigualable, pero llega un momento en que, no es que nos demos por vencidas o tiremos la toalla: es que simplemente que ya no… Perdimos las gana, ese motor que nos hacia aguantarlo todo se fundió y la miel que esperabas te sabe amarga, pues se malogró con el tiempo, y se puso rancia.
Y cuando una mujer hecha y derecha llega a ese punto, mis queridos, no hay NADA en el mundo que la vaya a hacer retroceder.
Así, usando la misma fuerza con que aguantaron maltratos, angustias y dolores, darán un corte profundo y desapegado a aquellas cadenas que las retenían, sin importar cuales sean, o cuanto le costaron.
Y no habrá ni remedio ni vuelta atrás.
Y sin odio, ni venganza, ni celos, ni ira, ni rencor, se marchará deseándote que tengas una linda vida (“tan, TAN feliz que ojalá ni te acuerdes que existo” se lee entre líneas) y con aquel fatídico veredicto que entrega la neutralidad y el hastío, dará media vuelta mientras tú te preguntas qué fue lo que ocurrió.
Y es que probablemente y salvo casos extremos, no fue una cosa puntual… ¡ni siquiera un tema puntual! Sino, un cúmulo de ellas tipo gotera sin reparar, que porque es verano piensas que ya no va a volver a repetirse, que desapareció. Pero ante la más mínima lluvia vuelve y siendo peor cada vez. Como normalmente le digo a mis pacientes hombres, con las mujeres, el 80% del tiempo no es lo que hiciste, es lo que NO hiciste: la falta e incumplimiento del contrato.
Lo que ocurrió, es que este cúmulo de pequeñas gotas de cianuro fue cayendo sobre la taza de café que tenías en la cocina y terminaron por envenenarte.
Fue mellando poco a poco tú amor propio, tú moral, tú dignidad y tus bajos instintos. Matando la diosa que eres, violándola o manteniéndola cautiva. Y este proceso puede durar muchísimo tiempo, gestándose en la sombras, y amparado por esta falta de amor, poder propio y autoestima y exceso de responsabilidades y expectativas que la sociedad occidental tan prestamente nos inculca a las féminas.
Pero algo pasará algún día: Desde un sueño revelador o una larga sesión de conversación con tu terapeuta, a algo tan sencillo como que mientras revolvías el café con cianuro te diste cuenta del distintivo olor, en un chasquido de dedos abrirás los ojos, sin que puedas volver a cerrarlos más. Nunca más. Y estarás condenada a vivir en la luz de quién en verdad eres, y lo que realmente mereces y necesitas. O podrás elegir volver a vivir engañándote, pero con el agravante que ya no es por la inconsciencia anterior: por libre e informada decisión, has elegido seguir dañándote, humillándote y maltratándote.
Abriste los ojos. Ahora no puedes sino cumplir el maravilloso calvario de vivir en la luz de la verdad, o morir (interna o externamente) intentando acallarla.
Siéntete en derecho de tomar la decisión que desees. Ambas requieren distintas formas de valor y coraje.
Te recomiendo la primera opción… aún no somos tantas, y tenemos poleras del club para los socias. ¡Ah! Y somos libres… inmensamente libres y dueñas de nosotras mismas.

