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Opinión

Liberalismo social… ¿Chile puede?

Liberalismo social… ¿Chile puede? Liberalismo social… ¿Chile puede?

"La posibilidad de un gobierno integrador, en el que la libertad económica se compatibiliza con la resolución de temas sociales, es un desafío que no pocos pueden asumir".

Guillermo Bilancio

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Licenciado en Administración de la Universidad de Buenos Aires. Doctorando en Ciencias Económicas, Universidad de Buenos Aires. Ha realizado el curso de Postgrado en Estrategia y Dirección General en la Universidad de Buenos Aires.

El síndrome Macron podría catalogarse como un hecho de innovación en la política.

Un liderazgo integrador, que proviene de una formación en la que se integra el socialismo con el capitalismo, es una realidad deseable en un mundo en el que los extremos resultan cada vez más destructivos.

La posibilidad de un gobierno integrador, en el que la libertad económica se compatibiliza con la resolución de temas sociales, es un desafío que no pocos pueden asumir. Macron está en ese intento.
Justamente en Francia, un país cuyos ciudadanos son activos a la hora de tomar la calle, pero que vive del desarrollo empresarial con fuerte presencia privada y estatal, se presenta un caso que puede ser emblemático.

Flexibilizar el empleo no será fácil, pero los cambios económicos necesarios con responsabilidad social, dejan de ser un discurso para transformarse en un programa de acción.

Y Macron sabe que tiene 100 días para instalar los pilares del modelo.

La nueva política.

Chile viene anunciando desde hace casi una década la promesa de una nueva política de parte de una clase política bastante alejada de la innovación.

Desde la promesa incumplida de Piñera en su primer mandato, hasta los discursos disruptivos del Frente Amplio en esta nueva etapa, no son un ejemplo de esa nueva política.

¿Qué implica una nueva política? Seguramente un modelo que construya un proyecto inclusivo que cierre la patética grieta entre izquierda y derecha.

Frente al conflicto entre “nosotros y ellos”, siempre la mejor solución es la persuasión, la que se logra a partir de compatibilizar los fines entre las partes desde la idea de ceder intereses extremos.

Sabemos que el ser humano es por naturaleza cerrado operacionalmente y que construye su propio mundo, rodeándose de un entorno siempre favorable y confortable para su posición de poder.

Pero la nueva política exige convergencia ideológica.

¿Quien puede abordar la economía de mercado sin creer en ella? ¿Quien puede abordar la transformación para la justicia social si no ha practicado nunca ese aspecto?

Sería positivo mostrarle a nuestra sociedad un liderazgo que conduzca equipos diversos ideológicamente pero cercanos a la problemática país.

La nueva política es hacerse cargo de la contracorriente aceptando que las situaciones exigen más allá de una sola posición.

La nueva política tiene que ver con la capacidad de dudar y resolver en la diversidad con diversidad. Tarea difícil para candidatos que sólo ven su mundo, casi cayendo en el solipsismo.

No se puede hablar de economía y sociedad sin leer a Marx y a Adam Smith a la vez. Porque el mundo que viene será de un capitalismo social intensamente creciente.

Y serán los políticos que, con diversidad ideológica, transformen una sociedad que hoy está dividida. Una sociedad que acepte al empresario que genera riqueza y acepte al sindicalista que busca genuinamente mejores condiciones en el trabajo.

Una sociedad que compatibilice la creación de valor económico con la responsabilidad y la justicia social.

Una nueva política, un nuevo liderazgo.

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