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Opinión

Lollapalooza 2017: el festival de la diversidad

Lollapalooza 2017: el festival de la diversidad Lollapalooza 2017: el festival de la diversidad

"Ver a un metalero bailar y disfrutar junto a un hipster o un extranjero es una imagen que habla de la transversalidad de esta séptima versión".

Bárbara Alcántara

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Periodista especializada en música. Instagram: chicarollinga

Lollapalooza es un lujo. Una fiesta que reúne a la familia y amigos con un objetivo común, divertirse y atesorar un fin de semana memorable. 160.000 personas —20.000 más que las ediciones pasadas— llegaron hasta el Parque O’Higgins para abrazar nuevas tendencias relacionadas con la moda y especialmente con la música. En la jornada del sábado, Metallica logró democratizar una celebración que solía caracterizarse por un público ABC1. Ver a un metalero bailar y disfrutar junto a un hipster o un extranjero es una imagen que habla de la transversalidad de esta séptima versión. Al día siguiente, Duran Duran atrajo a un público más bien cuarentón encargado de reemplazar a los de poleras negras y bailar de igual a igual con millenials y con la cantidad de niños que llegaron hasta la emblemática celebración.

Además, el festival contó con detalles inclusivos, entre ellos, los palcos preferenciales para personas con discapacidad desde donde podían apreciar el show con una visibilidad privilegiada y del mismo modo la producción incluyó lenguaje de señas en uno de los escenarios principales. Elementos que se implementaron el 2014 y que fortalecen un espectáculo que ya no es un privilegio de un determinado segmento. De esta manera el gran evento creado por Perry Farrell en 1991, acuña términos positivos como vida sana, inclusión, reciclaje, libertad y respeto.

Por otro lado, la programación musical también estuvo marcada por la diversidad de géneros, tales como el punk, heavy metal, electrónica, indie rock, pop rock, trip hop, rock and roll, reggae y garage rock, cuyos exponentes —una parte del line up— son brevemente reseñados a continuación:

Glass Animals

Con una puesta en escena discreta, los de Oxford, Inglaterra, mostraron por primera vez en nuestro país su propuesta basada en la fusión del trip hop con el indie rock. Dave Bayley y compañía desplegaron, con un sonido de primer nivel, lo mejor de sus dos discos publicados. Los puntos altos llegaron con los hits “Youth”, “Gooey” y “Pork soda”.

Cage the elephant

Las luces de neón con el nombre de la banda como telón de fondo fueron la carta de presentación de los estadounidenses que llegaron por tercera vez a Lollapalooza Chile. Rocanrroleros de tomo y lomo, eléctricos y vehementes; la agrupación originaria de Kentucky, Estados Unidos, dejó ver con una potencia atómica toda su energía en uno de los escenarios principales. Su vocalista, Matt Shultz (33) se arrojó a los brazos del público a torso desnudo, muy al estilo de Iggy Pop, tal como en los mejores tiempos del rock and roll.

Foto: Carlos Muller

The 1975

Vestidos de con trajes y corbata —excepto el baterista George Daniel—, la banda liderada por Matthew Healy (27) venía con el antecedente de haber creado el mejor disco del 2016 según la revista NME; sin embargo su propuesta es un pop ochentero e inofensivo. Suenan bien pero es como escuchar a Phill Collins de 1989 con la diferencia que Healy tiene mayor carisma y vendría a ser, en aspecto, un Gustavo Cerati de la isla británica. Para ser originarios de Manchester, podrían haberse nutrido de las inagotables influencias que tienen a su alcance.

Tove Lo

Tal como dice el coro de uno de sus éxitos: “I’m a cool girl”, la cantante sueca de 29 años es cool por donde se le mire además de talentosa. La sexy y atrevida compositora aterrizó en el evento santiaguino con un pop melódico, excelentemente ejecutado. Tal como sus compatriotas, Ebba Tove Elsa Nilsson —su verdadero nombre— se especializa en hacer pop de calidad con un toque de osadía, melancolía y oscuridad. Definitivamente la sorpresa de la primera jornada.

The xx

Ni siquiera la falla de sonido en el micrófono de Oliver Sim al arrancar el concierto con “Say something loving”, logró opacar el show de los londinenses. Al dejar de lado ese imperceptible detalle, la acústica fue un lujo y el trío demostró, en su segunda visita a nuestro país, la razón por la que son una de las bandas más respetadas y admiradas en la actualidad. Lo que ellos hacen es transitar por sofisticadas atmósferas; desde una rave con las maravillosas perillas de Jamie xx  para pasar al dramatismo y profundidad del bajo y guitarra de Sim y Romey Madley Croft. En síntesis, The xx presentó pulcritud en cada uno de sus acordes, bases, percusiones electrónicas y voces. Sus tres integrantes despliegan un brillante talento con una sencillez adorable.

Foto por Gabriel Rossi/Getty Images

Metallica

El frenetismo se apoderó del Parque O’Higgins cuando las majestades del heavy metal dieron inicio a su show con la canción que da el arranque a su nuevo disco Hardwired…to self-destruct (2016). James Hetfield (53) y su pandilla incendiaron el lugar frente a los 80.000 asistentes con una fuerza y potencia infernal. Tal como dijo el vocalista californiano cuando volvieron a hacer el bis o encore como se le dice ahora: “ustedes saben lo que se siente el estar vivo”. Y sí, ellos están más que vivos nunca y la sangre les corre a borbotones por las venas. Impactante.

Foto por Carlos Muller

Duran Duran

Cuando eran pasadas las seis de la tarde del domingo, los coros iniciales de “The wild boys” encendían la soleada segunda jornada. Simon Le Bon (58) y compañía ya estaban en el escenario para recordar lo mejor de su catálogo de las décadas pasadas pero también revisar parte de su disco Paper Gods (2015). Con un sonido atronador, los ingleses hicieron bailar a los maduritos de la fiesta así como también captaron la atención de las nuevas generaciones con sus coloridas visuales y una puesta en escena que incluyó llamativas vestimentas de cada integrante. El momento más emotivo se vivió con la versión de “Space Oddity” de Bowie e indiscutiblemente con el clásico “Save a Prayer” que antecedió el cierre con la veraniega “Río”. A pesar de que faltaron clásicos como “Skin Trade” y “Serious”, igualmente los íconos del new wave dejaron un recuerdo inolvidable en su paso por Lolla.

Two Door Cinema Club:

No sería extraño que en un par de años los irlandeses se transformen en una banda de estadio. En su segunda visita a Chile, el trío sonó épicamente. El ocaso favoreció para que su propuesta visual luciera llamativa e hipnotizante, con colores vibrantes y siete pantallas verticales ubicadas en el fondo del escenario que proyectaban la estética de cada uno de sus tres discos. Entregaron un espectáculo sólido en donde se destacó el fiato y confianza que ha adquirido la agrupación liderada por Alex Trimble (27) después de su receso de dos años y el triunfal regreso con su tercer disco Gameshow (2016). El cierre con “What you know” encendió la pista de baile y se transformó en uno de los mejores momentos del segundo día.

The Weeknd:

La oscuridad celestial de Abel Tesfaye (27) inundó las praderas del parque cerca de las nueve de la noche del domingo con su pop sombrío y grandilocuente. El Michael Jackson del siglo XXI presentó una puesta en escena apoteósica en donde figuraba únicamente él en el escenario mientras que atrás y en una estructura en altura se ubicaban sus músicos. Starboy (2016) es el disco que predominó en el set, además de darle cabida a éxitos que lo hicieron famoso como “Can’t feel my face”, “Earn it” y “The Hills” pertenecientes al alabado Beauty behind madness (2015). Lo mejor, la acústica desplegada alcanzó niveles demoledores y lo peor, fue programado en un horario en que se precisaba algo más bailable.

The Strokes:

A pesar del atraso de casi media hora y el episodio tragicómico del comienzo en donde falló el micrófono de Julián Casablancas (39), los neoyorquinos entregaron lo mejor de su repertorio con un set centrado en su disco debut Is this it (2001). La expectación era alta, The Strokes se había presentado en Chile el 2005, en un mítico concierto en el Estadio Víctor Jara con Kings of Lion como teloneros, y después de largos doce años volvían para saldar la deuda con sus seguidores y no decepcionaron. La agrupación mantiene su sonido característico sesentero, sus guitarras sucias suenan más limpias que nunca y Casablancas conserva ese extenuado magnetismo que lo convierte en uno de los frontman más icónicos del revival del garage rock.

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