Domingo, 19 de mayo de 2013

Los ciudadanos cultos en ciudad de ignorantes

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Levanto mi pluma con respeto por todos aquellos esos ciudadanos cultos que crean ciudad. Seres llenos de sensibilidad, educación y capaces de crear cultura. Me avergüenzo de los ignorantes que rompen el dialogo ciudadano, erigiendo templos del consumo y altares de egos febriles, que vulneran la vida de los otros que compartimos la grata experiencia de vivir una ciudad. Me queda claro que con la política no se puede hacer cultura, pero eventualmente con la cultura, si hacer política.

La pérdida del Lenguaje ha hecho trizas a muchas culturas. Ese desapego por la lectura, nos hace menos sensibles al otro y la experiencia de los otros. Todo pareciese haber comenzado ayer; ya que no existe referencia histórica y tampoco se promueve la enseñanza de la humanidades y las artes, causando desastrosos resultados imposibles de revertir en el corto plazo.

De hecho, el Ser Ciudadano, implica en su esencia y definición: El Hombre que dialoga. Dialoga con su entorno, con los pares, con el Arte y con su Ciudad; el que tiene su respetable voz en la congregación de los hombres dialogales.

No se puede contar con el impacto de las Redes Sociales, ya que ahí no existe el intercambio de ideas que permitan conjugar una referencia común. Solo priman los impulsos de los 140 caracteres, y eso no es suficiente.

Así dadas las cosas, nos hemos sumido en una desorientación de nuestros derechos y deberes. Estamos respondiendo a estímulos incoherentes, salvo aquellos que son parte de una cultura; aquella que da forma a maneras de vivir, en un dialogo continuo dentro del espacio urbano.

Vociferamos contra los hechos consumados, pues nuestras ideas no alcanzaron a imaginar problemas y soluciones, como en el caso de la concentración de edificios de alturas no adecuadas para el lugar; un altar del consumismo y desprecio por la sociedad, y por la cultura urbana. Que contraste con el rigor de las ordenanzas locales, que penalizan al habitante común con multas impresionantes, unos escombros en la vereda por más de una hora, el no regar el antejardín que ha hecho pasar a su dueña unas noches en la cárcel, la rama del árbol vecino que trepa por nuestro cierro; los ruidos molestos.

Pero no se pronuncian por tener 5000 estacionamientos permanentemente en un sitio estratégico, agobiando no solo a los vecinos, sino a una gran parte de la ciudad, generando gastos en tiempo de desplazamiento, combustible en exceso y focos de contaminación acústica y visual.

La obligación ética de quienes dirigen la ciudad, de los que piensan la ciudad, es de imaginar lo que ha de suceder. Mas no es el caso de nuestras urbes. Los que me han leído saben que me repulsa la palabra y el concepto de Mitigación. Es una palabra que no se condice con gente inteligente; con gente que debe asumir su rol de velar por el bien común.

En otro escenario, que avala con creces mi posición, se encuentran los “ Ciudadanos” del Barrio Italia, Mapocho, Balmaceda o Concha y Toro…en fin, una cantidad creciente de aquellos que velaron por la creación de la ciudad culta. Es estado no los ha premiado, no los ayuda; al contrario, pululan inspectores de todo tipo cursando infracciones a los cultos, que constrasta con los impactos territoriales descritos anteriormente.

Todos esos ciudadanos tienen en común el rescate y creación de un barrio; ese ente fundamental de la ciudad. Es un verdadero placer, instalarse por horas en medio de ese reducto cívico esencial a disfrutar de la creación que emerge de cada uno de aquellos que se ha establecido para beneficio del conjunto. Es espacio público que pasa a ser un espacio común.

El Parque Bicentenario es otro ejemplo de los ciudadanos siendo fieles a lo que etimológicamente expresan. El dialogo. Conectarse con la naturaleza y con las más diversas expresiones de la actividad citadina es un deber y un derecho de apropiación de la ciudad.

Levanto mi pluma con respeto por todos aquellos esos ciudadanos cultos que crean ciudad. Seres llenos de sensibilidad, educación y capaces de crear cultura. Me avergüenzo de los ignorantes que rompen el dialogo ciudadano, erigiendo templos del consumo y altares de egos febriles, que vulneran la vida de los otros que compartimos la grata experiencia de vivir una ciudad. Me queda claro que con la política no se puede hacer cultura, pero eventualmente con la cultura, si hacer política.

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