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Los ciudadanos no tenemos poder

Hoy se cumple un año de la entrevista a James Hamilton en Tolerancia Cero, esa entrevista en la que un ciudadano común y corriente que no fue elegido por nadie ni representaba a nadie, fue y se enfrentó al poder sin tener poder. Y de ahí para adelante vino todo lo que todos conocemos, con estudiantes, magallanicos, mapuches, víctimas del terremoto, estafados por La Polar y ayseninos incluídos. Sin embargo, contrario a lo que proclaman los que vociferan que Chile cambió y que la ciudadanía tiene el poder, hoy, después de un año de todo eso, los ciudadanos todavía no tenemos poder.

Es verdad que los magallánicos enfrentaron al poder por el gas, los estudiantes enfrentaron al poder por el lucro y la demanda por educación pública, los clientes de La Polar enfrentaron al poder por la estafa de la que fueron objeto y los ayseninos enfrentaron al poder por que no tienen nada. También es verdad que este año vendrán más. Es posible que las familias de los 525 muertos y 25 desaparecidos por el terremoto y tsunami decidan exigir que los responsables por lo menos den la cara, en vez de que las autoridades pierdan el tiempo en venganzas políticas particulares contra Bachelet. Es posible que en Dichato vuelvan a protestar porque hasta ahora no son más que lo que botó la ola y porque la última vez que se encargaron de recordárnoslo a nuestros gobernantes no se le ocurrió nada mejor que ir a mojarlos con el guanaco.

Es posible que los trabajadores que ganan el sueldo mínimo ya no aguanten otra alza en el Transantiago y las proclamas por el sueldo ético deban dejar de ser solo anécdotas de un subsecretario que se salió de madre. Es posible que los ciudadanos ya no aguantemos más la mezquindad de Ezzatti frente a los abusos sexuales cometidos por curas que traicionaron a los niños de su propia iglesia. Es posible que el inminente conflicto en Calama estalle porque los trabajadores del cobre quieren recibir el 5% de los ingresos. Es posible que los pescadores pierdan la paciencia porque sus posibilidades disminuyen cada año, pues, como dijo uno a Ciper, “el mar no es de los chilenos; es de los empresarios. Si la cosa sigue así, de aquí a uno o dos años más ya no va a haber qué pescar en Chile”. Pero esto no basta.

Se han enfrentado al poder y le han quitado poder a las autoridades. El problema es que el poder que se ha quitado no se le ha dado a nadie. Ni los movimientos sociales de Aysén o Magallanes, ni los dirigentes estudiantiles, ni los denunciantes de Karadima, ni los mapuches acusados injustamente, ni los denunciantes de La Polar tienen poder. Tienen fuerza de presión pero no tienen poder.

Un solo ejemplo: el caso La Polar. Sus acusadores han tenido peso y le han quitado poder a estos empresarios. La usura da vergüenza, o al menos la temperatura en el aire da la idea de que ya no transitan impunes. Sin embargo esa verdad es solo parcial, así que no es verdad. Para empezar, PriceWaterhouse, auditora responsable de no haber hecho su pega ni haber informado de lo que estaba sucediendo, tuvo que pagar apenas una multa de 8.000 UF, o sea poco más de 176 millones de pesos; además de que sigue plenamente habilitada para seguir trabajando en auditorías como si no hubiera pasado nada.

Otro ejemplo, a Pablo Alcalde se le sancionó con una multa de 25.000 UF, la más alta de todos los acusados, o sea poco más de 550 millones de pesos ¿Qué porción de lo que ganó en La Polar se va en esa multa? No conozco el número preciso pero no importa, con un solo dato nos podemos hacer una idea: los clientes estafados por La Polar son 1.074.000, en promedio cada uno repactado 8 veces. Redondeando, si uno divide 550 millones de pesos en 1 millón de personas da 550 pesos por persona. Estoy seguro que las repactaciones fueron por bastante más que eso, que no alcanza ni para pagar el Metro. Más si consideramos que, entre 2005 y 2009, Alcalde recibió sueldos de entre 16 y 23 millones mensuales y bonos, por utilidades inexistentes, por $653 millones. No bastando esto, las multas con que la SVS multó a La Polar no le dieron un solo peso a los clientes afectados.

Esa plata -más de dos mil quinientos millones de pesos- no es para los estafados sino que para el bolsillo del fisco. Por último, según declaró Tomás Fabres, hay clientes de La Polar a los al menos hasta hace dos meses les seguían cobrando cheques por las deudas de esas repactaciones unilaterales, y eso que el caso estalló hace rato.

El poder del ciudadano tiene que ser más que solamente un trending topic de esa hipnosis que frecuentemente es twitter, tiene que ser más que ese puro humo, y todavía no es. Lo hemos construido así para que quepa en nuestra profecía autocumplida, porque nos agotaría darnos cuenta que falta mucho cuando ya ha pasado un año. Pero falta harto aún. Probablemente falten todavía un par de gobiernos de la izquierda y la derecha que llevamos conociendo por años, que permite esta forma de ciudadanía quieta, de mercado impune, de tolerancia a los delitos económicos, a los abusos sexuales, que mira impávida, que se queda solamente al medio, sin atisbo de firmeza, que piensa que la neutralidad es neutral cuando en realidad esa neutralidad es cómplice.

Los ciudadanos no tenemos poder y necesitamos poder para ser capaces de vigilar a nuestras autoridades, políticas, económicas, religiosas, fácticas. Tenemos que tener un poder real, un poder con piso y con peso, que si toma una decisión pueda implementarla, que pueda castigar, que no tenga que pedir permiso para poder pedir hora para ver si le dan permiso de preguntar si quizás tienen ánimo de sentarse a negociar.

No basta con la popularidad, no basta con que Camila Vallejo aparezca hasta en la última revista de Finlandia, Nepal o Timor Oriental. Necesitamos poder de verdad porque la presión sobre la autoridad sin tener poder no es suficiente. Porque la articulación de presión desde abajo del poder no da para mucho rato más, las marchas, las tomas, los bloqueos de caminos, los linchamientos en los medios y los escándalos en los diarios no son perpetuables. Cansan, gastan y se acaban cuando les aplican la ley de seguridad del estado. Esto no puede ir a parar a la guerra día por medio.

Aunque algunos estén dispuestos, el resto de la ciudadanía puede no estar dispuesta y el poder de una ciudadanía vigilante no puede perderse por eso. Las marchas, las tomas, los bloqueos de caminos, los linchamientos en los medios y los escándalos en los diarios no pueden ser el único instrumento de acción de la ciudadanía. Es muy poco, es muy mezquino. Su violencia ha sido efectiva y necesaria para el desmadre obligatorio que lleva todo cambio de sistema, pero no sirve para siempre. Probablemente no sirve ni siquiera para este año. Va a ser intolerable cuando haya que pagar la cuenta, va a ser inaguantable a largo plazo, la gente se va a cansar. Se van a gastar, desinflar, fetichizar y en cualquier momento se pueden transformar en nada más que un love parade perfectamente inofensivo que va a hartar la paciencia.

Este año no va a ser igual al año pasado. Lo del año pasado fue el principio. Este año se va a entrar en terreno de verdad. Este año se va a votar y vamos a ver si esta forma de presión influye en la elección de autoridades. Este año van a llegar más al fondo las investigaciones por los delitos económicos y vamos a ver si de verdad se puede pedir lo justo. Este año van a presionar las regiones. Este año los movimientos sociales se van a oponer unos contra otros porque las demandas políticas y las demandas sociales van a competir en prioridad. Los movimientos sociales ya no van a estar siempre unidos. La decisión por priorizar a uno va a relegar necesariamente a otros diez. No se podrá dejar contentos a todos, no se podrá conseguir tan fácil esa paz social que cuando es verdadera es solo fruto de la justicia, porque la prioridad no siempre es justa.

Este año el afilado sistema, como lo llamó Alejandra Costamagna, nos va a rebotar en los bolsillos y en todo el cuerpo, y del poder que consigamos va a depender si nos bota. Hasta ahora nos desnuca.

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