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Opinión

Los mineros que no quieren rescatar a las mujeres

Los mineros que no quieren rescatar a las mujeres Los mineros que no quieren rescatar a las mujeres

A los mineros los usaron para entregar este mensaje con un fin político e ideológico que consiste en que las vidas, según ellos transmiten, solamente importan cuando no son peliagudas y sólo son defendibles cuando son conceptos irreales como la de los fetos o la imagen que estos 33 hombres mostraban a las que las cámaras nacionales e internacionales.

Francisco Méndez

Por


Periodista, columnista.

Usando algo así como un cierto “capital” de credibilidad, 22 de los 33 mineros que fueron el bastión publicitario del gobierno del gobierno de Piñera, durante sus primeros meses para luego ser olvidados, escribieron una carta al diario El Mercurio en la que manifestaban su oposición a la iniciativa de despenalización del aborto en tres causales, impulsada por esta administración.

En el texto, quienes estuvieron bajo tierra durante semanas sin saber por el futuro sus vidas- debido a la irresponsabilidad de sus patrones y la poca previsión que tuvieron al no preocuparse por la seguridad de su trabajo-, usaron esta experiencia para levantar sus banderas “pro vida” en contra del mencionado proyecto de ley por considerar que “atenta en contra de la vida”.

No se sabe cómo se hace la conexión entre lo que ellos vivieron y lo que un posible feto podría experimentar según las ensoñaciones religiosas de un grupo de conservadores que no ha sido capaz de entender qué es lo que estamos tratando, comparando una vida humana con un prototipo posible de lo que podría, en algún futuro, serlo.

Es extraño. Pero no tanto, por lo siguiente: los 33 mineros fueron salvados como un golpe de efecto en un gobierno que debía sostener todo lo que habían dicho durante años concertacionistas, y que era que ellos eran los efectivos, los con la mente fría y la acción a flor de piel cuando se trataba de solucionar problemas. Una vez que vieron a un grupo de trabajadores que se encontraban atrapados y sin ninguna esperanza, apostaron como especuladores que son, con tal de hacer valer su repetitivo discurso. Ellos, los hombres enterrados, eran la caricatura perfecta que podrían explotar los esos empresarios que se encontraban, en ese entonces, conduciendo el Estado.

Sus vidas, sus risas fuertes y su espíritu “familiero” eran algunos de los aspectos que la prensa y los personeros del gobierno resaltaban de estos hombres. Había que justificar el gasto estatal con sus historias, su exceso de virtudes de “hombres de pueblo” para que así nos emocionáramos, lloráramos, gritáramos un gran viva Chile, y de pasada legitimáramos una visión ideológica que consistía en ver a los trabajadores cuando ellos sufrían, sin situar sus ojos en ellos antes de que accidentes como esos sucedieran, y menos después, como vimos qué pasó.

Aquellos hombres eran bonachones, buenos padres y proyectaban una especie de rescate de la familia para todo quien los escuchara hablar y gritar de emoción cada vez que se acordaban que estuvieron encerrados en sin saber si es que tendrían escapatoria. Las mujeres que se ven en la necesidad de decidir sobre su cuerpo en decisiones límites, en cambio, no proyectan ese sentimiento nacionalista por ser demasiado reales.

Dichas mujeres son más complejas y se encuentran frente a encrucijadas que muchas veces son bastante más difíciles y complicadas que el lamentable accidente vivido por los mineros. Se encuentran a una sociedad que no busca rescatarlas ni quiere gastar esfuerzos por ayudarlas a seguir con sus vidas como si lo hicieron al sacar a los trabajadores de la mina San José.

Es decir: a los mineros los usaron para entregar este mensaje con un fin político e ideológico que consiste en que las vidas, según ellos transmiten, solamente importan cuando no son peliagudas y sólo son defendibles cuando son conceptos irreales como la de los fetos o la imagen que estos 33 hombres mostraban a las que las cámaras nacionales e internacionales.

Es triste. Es sumamente complejo y evidencia bastante nuestras prioridades morales que aún la mujer sea desechada por tener que decidir; por sufrir de manera demasiado concreta para quienes se refugian en sus creencias para evitar verlas, al punto de usar inventos publicitarios- como lo son estos hombres que parece que dejaron sus contradicciones en el fondo de la mina- para intentar anularlas.

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