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Opinión

Los periodistas no deben entrar a la política

Los periodistas no deben entrar a la política Los periodistas no deben entrar a la política

"Creer que haberse leído toda la prensa, o haber entrevistado a todo político posible, es muy parecido a entender ese mundo, es el gran error de los que hoy encabezan movimientos políticos".

Francisco Méndez

Por


Periodista, columnista.

Muchos andan en la búsqueda de un candidato limpio, puro y casto. Un presidenciable que sea transparente ante la opinión pública, como si eso pudiera solucionar realmente los  problemas políticos. En el mundo del progresismo, junto con los atributos mencionados, quieren también alguien que hable de la ciudadanía, poniendo  énfasis  en las instancias participativas, sin contarnos acerca del objetivo que se busca conseguir.

Por esto es que Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez hablan de gobiernos ciudadanos y de participación más que de otra cosa. Es una manera de atraer a la gente por la forma, para que así no nos preocupemos del fondo. De eso nos podremos preocupar con el tiempo, ya que lo más importante por estos días es tratar de mostrarse confiable, creíble y cercano a ese electorado que se interpreta según los intereses electorales.

Para quienes los apoyan, lo más rescatable de Guillier y Sánchez es su lejanía a la política en la acción, como también su cercanía a ésta desde el comentario contingente. Ambos son ex periodistas de radio y televisión que se caracterizaban por tener una opinión certera y crítica de los políticos, por lo que se ven a ellos mismos como los salvadores del ciudadano común, ya que dicen entenderlo y saber qué es  lo que quiere.  ¿Será cierto? Vale la pena preguntárselo.

Dicho esto, parece sensato pensar que entrar a la política desde un podio moral, que muchas veces es entregado por los medios de derecha para los que trabajaron, es complejo para intentar ejercer un arte como el de gobernar. Creer que haberse leído toda la prensa, o haber entrevistado a todo político posible, es muy parecido a entender ese mundo, es el gran error de los que hoy encabezan movimientos políticos ligados a las ideas de avanzada sostenidos en ambiguas afirmaciones acerca de lo que es llevar a cabo un gobierno progresista.

No  es creíble que para saber cuál debe ser el futuro del país se requiera haber pasado por una escuela de periodismo. Observar el ejercicio público desde el reporteo y la opinión no nos hace saber más sobre lo que sucede en los pasillos del poder. Nos puede llevar a tener teorías al respecto, pero nunca nos hará entender realmente cómo debe llevarse a cabo siquiera la intención de competir por llegar al gobierno, porque la pureza fiscalizadora y las buenas intenciones no bastan. Al contrario, muchas veces sobran cuando se necesita llegar a un objetivo.

Por esto es que parece importante tenerle respeto al motor de nuestra aún tímida democracia. Resulta relevante no entrar a hacer política desde la vereda de una sabiduría basada solamente en el ego y en lo que uno supone que es el servicio público, porque aunque suene poco popular, no todo el mundo puede ser político. No quiero decir con esto que se necesite ser parte de una casta especial. Lo que quiero señalar, en cambio, es que es fundamental olvidarse de lo que se fue antes de entrar al barro, ya que ninguna carrera ejercida con anterioridad podrá siquiera asemejarse a lo que se vive una vez que se está en la batalla. Mucho menos el periodismo y su eterna obsesión por hacer preguntas, debido a que la misión del político es demostrarnos que las respuestas se demoran en llegar o, muchas veces, simplemente no llegan.

Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez aún no entienden esto. Por el contrario, pareciera que todavía se sienten observando lo que sucede en la contingencia como si fueran opinólogos. Aún apuntan con el dedo a la “clase política” como si ellos no formaran parte de ésta. Y con esa actitud no es posible comprender en lo que se metieron, ni mucho menos colaborar al ejercicio democrático, porque, junto con la compra de símbolos republicanos de parte de empresarios, no hay nada más peligroso para la democracia que los políticos, quienes son los encargados de hacerla funcionar, renieguen de lo que son.

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