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Lucy

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Besson - además de las balaceras y la persecución en auto en sentido contrario al tránsito - plantea intrincadas aporías filosóficas: ¿qué pasaría si se pasara progresivamente de la potencia al acto, si las neuronas activas aumentaran exponencialmente?

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Profesor de Estado (Universidad de Chile), Doctor en Filosofía y Doctor en Materias Literarias (Universidad de Florencia, Italia). Se ha dedicado a la filología medioeval y humanista, dando especial importancia a Dante, Petrarca y Boccaccio sobre los que ha escrito numerosos libros y ensayos. Ha traducido al castellano textos de cronistas florentinos que vivieron en América en los siglos XVI y XVII. También ha publicado libros de historietas de dibujantes chilenos.

Luc Besson es una continua presencia en la cartelera chilena, ya sea como director, productor o escritor.

Su tema preferido es la violencia humana y va desde la ciencia ficción (El quinto elemento, 1997) hasta hechos históricos (La fuerza del amor, 2007, que es la historia de Aung San Suu Kyi, Premio Nobel defensora de los derechos civiles en Birmania). Los protagonistas son homicidas (Nikita, 1994; Leon: el asesino perfecto, 1994), que se hacen simpáticos porque sus víctimas son más malos que ellos. Pero también le pertenecen los Transportadores, los Ríos de color púrpura y los Minimoys, entre muchas otras creaciones (como la Colombiana o las recientes Una familia peligrosa y Tres días para matar).

Dentro de tanta maldad y adrenalina, brilla a veces una lucecita racional y de afectos. El hombre (en sentido genérico) tiene un cerebro que dirige sus acciones y – según los estudios del Prof. Norman (Morgan Freeman) – es utilizado apenas en un 10% de su capacidad. ¿Qué pasaría si éste aumentara su poder?

Lucy (Scarlett Johansson; tiene el mismo nombre que la antropoarqueología dio a la primera mujer que ha sido posible individualizar) es una estudiante que vive en Taiwan y se ve obligada por un Supermalo coreano (Choi Min Sik) a transportar droga en su vientre. Pero, debido al maltrato recibido, ésta se derrama dentro de su cuerpo y llega al cerebro.

A partir de ese momento, se transforma en una máquina extraordinariamente eficiente, cuya sed de conocimiento aumenta segundo tras segundo. Y, al igual que las otras heroínas de Besson, no sólo cambia su vida, sino que se transforma en otra persona, de alta resistencia y de acción fulmínea. En un principio, busca la venganza, pero luego comprende que debe sobrevivir a todo costo y – finalmente – que tiene una misión que cumplir.

Está presente en la película la afinidad entre el cerebro humano y la inteligencia electrónica, creada por el hombre mismo. Contrariamente a la creencia de los antiguos escépticos, todo se puede conocer y ni el mismísimo Norman sabe hasta qué punto se puede llegar. Transformada incluso en un nuevo Creador, Lucy salta hacia el pasado y, repitiendo el clásico gesto inmortalizado por Miguel Ángel, infunde la razón a un cavernario tocando su dedo. De algún modo, es también una versión femenina de Prometeo.

Besson – además de las balaceras y la persecución en auto en sentido contrario al tránsito – plantea intrincadas aporías filosóficas: ¿qué pasaría si se pasara progresivamente de la potencia al acto, si las neuronas activas aumentaran exponencialmente? Pero también recuerda el Dao De Jing: el regreso a los orígenes te hará tolerante y multiforme.
(Lucy. USA/Francia, 2014)

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