El reciente partido de Nadal y Djocovic [1]fue una maratónica sesión en donde ambos trataban de “eliminarse”. Es relevante a medida que esto ha ocurrido a través de la historia de diferentes modos, pero con la misma o similar estructura subyacente. Hay una efervescencia publica – tal como en los momentos de la Roma con sus gladiadores – para ver cómo pelean dos varones entorno a una pelota. En esto habría que primero decir que el deporte es un hecho social y ritualización cultural, y como mecanismo de re-actualización, que opera en un tiempo distinto de la guerra pero con los mismos parámetros, o capital simbólico. Recordemos que el surgimiento del deporte se dio en el contexto de la Polis en la antigua Grecia en la historia occidental, ya que dentro de estas debido a su formación socio política de la ciudad-estado, se “necesitaba” fiestas que formaran cohesión del grupo social.[2] EL vinculo de esto con la masculinidad – aparte de la religión –era primero que sólo varones eran quienes participaban pero también – y ahí el segundo elemento – por presencia de la duda[3] que actúa como eterno vigilante la identidad masculina. En este sentido, el deporte evidentemente es un tema amplísimo que hoy involucra también a mujeres, discapacitados etc, sin embargo, desde una perspectiva simbólica e histórica podemos también plantear que la actividad “reemplaza” la guerra en tiempos de paz para mantener la población – masculina por cierto – preparada para el momento de guerra, aunque nunca llegue o cuando se estime requerida por los gobernantes. Así por lo menos parece funcionar la lógica de género hasta ahora.
Ciertamente el deporte se usa para la promoción del desarrollo y no es solamente un aspecto negativo y eso queda patente cuando las la ONU afirma – demandando a los estados nacionales – en 2003 que el deporte es un modo efectiva para lograr el desarrollo social efectivo de una nación. Ahora esa afirmación de la política internacional toma tiempo en bajar e implementarse. Y esto se puede o debe complementar con el trabajo efectivo en las bases con la gente para lograr las metas transversales de una sociedad justa. La cultura esta empapada de la lógica androcéntrica tal como cuando jugaba pichanga con los chicos del barrio Brasil – donde vivía antes- en donde por mi envergadura se me demandaba que (ab)usara de mi cuerpo para disputar/ganar una pelota. Esa demanda – que finalmente me llevó a salirme de jugar futbol – porque se tiñe de negatividad una actividad que para mí es lúdica. Eso puede ser incluso paradójico en una persona que le gusta el deporte de contacto pero se puede buscar una práctica menos violenta, tal como fue mi “carrera deportiva” se desvió para el voleibol y ahora e aikido. El voleibol mantiene, desde mi visión, el enemigo al otro lado y se enfoca en la tarea grupal de llevar la pelota al otro lado, y el aikido se trata de evitar usar la propia fuerza y eficiencia natural del círculo.
Por otro lado, las lesiones y las heridas – tanto metafóricas como literales – son interpretadas desde el modelo masculino hegemónico como costos necesarios para lograr la “gloria” y muchas veces inalcanzable. Pero que es realzado y ejemplo de eso es el futbol – que mediante el aporte de los medios – realiza como una suerte de complacencia absurda como ganarse el loto. Todos saben que tiene ínfima posibilidad de ganar pero se juega igual. Este capital simbólico, desde una perspectiva crítica, opera como un anzuelo que algunos varones exigen a otros para lograr fines específicos. Esto refleja la jerarquización perversa intragenérica en los varones. Así que llenar de preocupaciones de quién es más o menos masculino deja de lado lo importante: la manipulación tipo Pavlov. Así podemos ver el deporte opera como ítem cultural clave (en términos de la geopolítica) para la (de)formación de sujetos, y en eso reside también la posibilidad de resignificar las relaciones puestas en escena – metafóricamente- en el cómo se juega. Porque aquí funciona un mecanismo de instrucción de los modos en que nos gustaría vivir y por tanto es clave para entender cómo el deporte se torna en una forma de sumergir al adolescente dentro de la lógica de la violencia simbólica, posteriormente a la violencia física. Se elabora socialmente una configuración de modelo único en donde los hombres deben o son apelados a copiarlo, sin embargo esto no deja entrever que en realidad la configuración de la identidad masculina es social y culturalmente situada. Palabras como territorio, fuerza, disputa y estrategia son homólogos en tanto el deporte como en la guerra, y eso nos habla de que ambos espacios son una misma moneda con dos caras. El deporte debiera no solamente verse como una herramienta a cierto fin, sino como un elemento integral en un nuevo modo de buscar activamente la colaboración como modus operandi de nuestras relaciones sociales, y posibilitar un camino a quebrar la negación de las masculinidades no hegemónicas.
[1] Web http://www.cadenaser.com/deportes/articulo/novak-djokovic-vence-rafa-nadal-partido-historico-oda-tenis/csrcsrpor/20120129csrcsrdep_9/Tes
[2] Mito y Religión “la religión griega antigua. Una visión general. Autor: Francisco Díez de Velasco. Universidad de La Laguna (Islas Canarias) web: http://www.ideasapiens.com/religion/religion%20griega%20antigua_%20vision%20_gneral.htm
[3] Algo inherente al modelo masculino hegemónico ya que funciona como sistema de vigilancia para lograr el cumplimiento de la norma pero que no respeta las individualidades y la identidad en tanto una apropiación particular y singular dentro de un contexto determinado y desde narrativas singulares.


