Sábado, 25 de mayo de 2013

“Más vale marchar”

/Agencia Uno/Agencia Uno

Las conclusiones del estudio del INJUV no muestran más que lo evidente. Si algo se quiere avanzar para cambiar la actual situación de jaque del sistema político chileno, se deben hacer reformas profundas y reales que cambien las reglas del juego.

Un reciente estudio del Instituto Nacional de la Juventud (INJUV) ha concluido que pese a la inscripción automática, la participación de los jóvenes en las próximas elecciones municipales será baja. El director del Instituto ha señalado como una de las principales razones de lo anterior la ilimitada posibilidad de reelección que hoy existe para los alcaldes en ejercicio.

En efecto, el estudio señala que el año 2008 casi el 80% de los alcaldes se repostuló, y de ellos 2 de cada 3 logró quedarse con el sillón municipal. Sin duda, se trata de un elemento que dificulta la participación de los jóvenes y la posibilidad de nuevos candidatos. Con todo, está lejos de ser uno de los elementos de fondo del asunto.

¿Cómo se explica que los jóvenes chilenos que han irrumpido con tanta fuerza en el escenario político nacional no muestren interés por los procesos electorales de nuestra democracia?.

A partir del año 2006 con la irrupción del movimiento “pingüino” y luego en 2011 con el movimiento por la educación, los jóvenes chilenos han liderado procesos de movilización política y protesta social cuyos antecedentes más próximos pueden encontrarse en el período anterior al retorno a la democracia. Gracias a ello, los jóvenes han contribuido a repolitizar a la sociedad y a una generación caracterizada por bajos grados de interés en la política.

No obstante, el movimiento estudiantil también ha demostrado -en su interacción con el sistema político-, grados inéditos de hastío con el sistema actual de partidos. Las movilizaciones han discurrido por fuera de los canales partidarios tradicionales y más allá de sus reivindicaciones específicas sobre el tema educativo, el movimiento estudiantil ha logrado empatizar con amplios sectores de la ciudadanía,  que se siente poco representada por los parlamentarios actuales.

¿Pero por qué estas movilizaciones estudiantiles han puesto en entredicho la capacidad del sistema político chileno de representar a la juventud en vez de fortalecerlo?.

El sistema político chileno está desde hace un tiempo en jaque. En estos momentos Chile es el país con el menor nivel de adhesión a los partidos en todo el continente americano (LAPOP 2010) y existe un cuestionamiento generalizado a su capacidad para tomar decisiones públicas.

Nuestras instituciones políticas parecen estar diseñadas para dificultar la toma de decisiones importantes. Las reglas establecidas en la Constitución de 1980 dificultan la aplicación de grandes reformas. Las que, sin embargo, se han legislado, en varios casos han resultado contraproducentes al anhelado aumento de representatividad de nuestras autoridades (como posiblemente suceda con el voto voluntario).

Las reformas más profundas que nuestro sistema político requiere para volver a legitimarse – régimen de gobierno, sistema electoral, Ley de Partidos, limitación a la reelección, financiamiento público de la política, regulación de los aportes a las campañas y regulación estricta del lobby-  exigen en su mayoría quórums de aprobación –votos de una cantidad de diputados y senadores- inalcanzables para la clase política actual.

La gran mayoría de ellas están contenidas en las leyes llamadas “orgánicas constitucionales”, que requieren mucho más de la mitad más uno de los votos para ser modificadas. Hoy contamos con un sistema electoral único en el mundo, que asegura a la minoría el veto a cualquier reforma.

Esto ha transformado al congreso en una instancia irrelevante en el devenir de la nación, acrecentado por su distancia de los centros de decisión. No por nada es que los últimos y actuales candidatos a la presidencia han sido en su mayoría ministros y prácticamente ninguno parlamentario.

Esto ha deslegitimado progresivamente la representación de nuestras autoridades, volviendo irrelevante las elecciones, pues en la gran mayoría de los casos cada una de las grandes coaliciones se quedará con el escaño respectivo, con lo que se convierte en una ratificación de la designación que ya realizó cada partido.

Por ello es que hoy la elección termina siendo para los jóvenes y el resto de la ciudadanía, una verdadera “pérdida de tiempo”. Algo mucho más medular al mero hecho de que los candidatos puedan o no ser reelegidos. Y el sistema de voto voluntario que regirá en las próximas elecciones probablemente sólo acentúe el fondo del problema.

El sistema de voto voluntario, aunque amplíe formalmente el padrón (vía inscripción automática), tiende a reducir la participación electoral (vía voluntariedad del voto) y a estratificarla en términos socioeconómicos (quienes tienen mayor interés de participar en política tienden a ser los sectores altos y más educados de la sociedad).

Los cuidados del sacristán van camino a aniquilar definitivamente al cura.

Las conclusiones del estudio del INJUV no muestran más que lo evidente. Si algo se quiere avanzar para cambiar la actual situación de jaque del sistema político chileno, se deben hacer reformas profundas y reales que cambien las reglas del juego, que ponga a los partidos a decidir y no los reduzca a ser meras maquinas electorales, generando mayores niveles de participación electoral, renovación y legitimidad al sistema.

Pero como dijo Upton Sinclair hace más de un siglo: es difícil que un hombre entienda algo cuando su sueldo depende de que no lo entienda.

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