Usualmente las investigaciones en masculinidades han señalado que la apropiación del territorio es un acto masculino por excelencia. Y esto se ha manifestado de las más diversas maneras pero siempre mantienen en común aspectos centrales como poder, dominio y coacción como modos operandi. Esto opera por sobre otros y otras desde distintos “lugares” o doxas en particular. Desde la iglesia, la economía, etc. Además se manifiesta en las interacciones propiamente tal y en el contexto particular en que estas ocurren. El deporte, cada vez menos sí eso hay que señalarlo, ha sido un modo de reproducción de esta forma masculina de relacionamiento tóxico y poco colaborativo.
Por otro lado, cuando los chicos se toman la esquina, en parte, tiene esta la lógica detrás por cuanto está inmersa en la marginalidad no solo de ellos como jóvenes sino de la pobreza de la clase social en que están inmersos (1). Y eso, la pobreza, podemos verla como un sometimiento estructural de varones que piensan versus los que trabajan manualmente, tal como lo señalé en la columna anterior.
Nos vinculamos en tanto sujetos de poder, dominación de otros hombres, sumisión o ridiculización de cualquier elemento que esté asociado a lo femenino. Pero lo curioso es que justamente los varones empobrecidos se enorgullecen del trabajo manual por cuanto es aquello que lleva el sustento al hogar. Por otro lado, en la marcha de la igualdad que se realizó había masculinidades alternativas, que se manifestaban en contra de la discriminación y a favor de la universalidad y petición de ser considerados como iguales a los demás y no como ciudadanos de 2da clase.
Creo que son las masculinidad/es e identidades de género situados en los márgenes, literal y metafóricamente hablando, de nuestras vidas que nos enseñan (a los heterosexuales) que la ley de antidisciminación es para tod@s, y no solamente desde lo judicial o legal sino desde una transformación cultural. Además creo que el ciberespacio justamente está aportando en la complejidad de los movimientos sociales ya que es poco palpable e “investigable” de la forma tradicional. Y resulta entonces que el espacio virtual que se ha devenido (en parte ciertamente) en una extensión de la disputa de concepciones en/sobre/de lo masculino.
La mayor permeabilidad y poco control centralizados justamente permiten una mayor posibilidad de discursos alternativos y visibilidades, distintas a las que usamos en el espacio (“real”) físico urbano en el cual ponemos nuestros cuerpos en riesgo. Sin embargo, en internet funcionamos con nuestros nicks que operan como un avatar de nuestros deseos. Las mascaras o el semianonimato que nos permiten-también en tanto varones- crear y jugar con otras identidad/es finalmente son quizás más fieles que las que admitidos socialmente.
En el espacio virtual se puede poner sobre la mesa lo propio y sin juzgamientos de otros, desde la norma social. La interacción social real, entre sujetos, muchas veces suprime el alter ego. Este sí sale a flote en el espacio virtual, y es justamente esa virtualidad que permite, creo, una aceptabilidad mayor de/con otros seres virtuales pero no por eso menos real. Se topa finalmente con una sinceridad no discriminadora, dentro de SU comunidad imaginada
Pero el espacio más interesante que se puede conquistar es el propio espacio íntimo de los varones que se despliega sobre el cuerpo, ahí reside la posibilidad no solo de deconstruir sino imaginarse otra forma de actuar y sentirse varón. Es menos tóxico, como dice Sergio Sinay, y menos destructivo. Ese espacio, íntimo personal y a medida que cada uno se lo permite, es donde el aprendizaje es efectivo porque hay disposición y valentía de mirarse.
1.-En las poblaciones los grupos juveniles en las esquinas son más producto de la clase social y reducción de espacio interno de las casas para la diversión sin que los padres se enteren o estén muy encima de ellos, los jóvenes.

