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Mujer

Masculinidades y cuidados de Otrxs

A raíz de esta nota retomo el tema de los cuidados y masculinidad(es). Específicamente, la pregunta: ¿Cómo la sociedad y nosotros los varones, como producto de la misma, nos vinculamos con la tarea del cuidado? ¿Cómo nos vinculamos, los varones, con lo masculino al ser padres de nuestros padres/madres? Culturalmente, hay una ausencia de nosotros los varones en el cuidado, cotidiano, no solo de nuestros padres/madres. Delegamos ese cuidado, en el mejor de los casos, a una institución, que es una institución (masculina) pero con cuidadoras. Estoy en un momento de mi ciclo vital en donde justamente las necesidades de cuidado de un otro/a, en paralelo con un momento de precariedad laboral (o sea en mi caso ser profesor taxi o boleta pagando su propia formación doctoral y para así tener la posibilidad, supuestamente, de acceso a trabajo estable). Cuido a mi hija de 6 años (que está sana por suerte) que implica casi una media jornada y a mi madre (viviendo con Parkinson y que tiene una asistente a domicilio) y es tiempo necesario de invertir y esto impulsa a cierta reflexión en torno a la dimensión del cuidado en tanto varón (1), algo omitido e incluso negado culturalmente.

El cuidado de los ancianos, especialmente cuando son nuestros propios padres/madres, es una relación social poco o nada revisada y reflexionada desde la ausencia social de los varones de ese espacio. Los enfermeros varones por ejemplo. Entonces, las masculinidades, pensado desde el ciclo vital y su relación con la práctica del cuidado de Otrxs en distintos ámbitos, es un campo que se necesita problematizar y visibilizarse en/a los varones y sus posiciones en torno la vivencia de ser varón, en una dimensión que no es tradicionalmente masculina. Hay una omisión o silencio de una faceta que claramente está presente en las vidas de algunos varones pero que está geopolíticamente excluida de la posibilidad de ser parte del repertorio posible y valorizado para/por los varones. La discriminación positiva de la paternidad hoy es en parte, pero no todo, a que se refiere la presente reflexión. Social e históricamente, se considera que somos hechos para la protección, procreación y para lo productivo y nada más. Y desde esos significantes también condicionamos, sin pensarlo, nuestras vidas. E indudablemente nos hace sentido funcionar desde ese lugar pero no quita la posibilidad de resignificar las prácticas en esos espacios o con algunas dimensiones asociadas a esos espacios sociales. Y eso no es un cambio individual sino social. Porque cuando cambia el contexto cambia también el sujeto. Y esa es una hipótesis fundamental, la atomización teórica o de la intervención es lo que hay que repensar.

El cuidado ha sido un campo, en su dimensión histórica, altamente feminizado y la sociedad moderna ha reforzado la labor de cuidado de nuestra descendencia y antecesores esté delegada, específicamente, en las mujeres como una burda extensión de su labor doméstica, naturalizada y no remunerada. El orden social instaurado durante la industrialización es justamente lo que ha creado esto . Es bien sabido, a estas alturas, que las mujeres han hecho ingreso al mundo masculino en varios sentidos, aunque no es la panacea como aquí plantea Silvia Frederici, pero no ha ocurrido lo mismo con los varones al ámbito del doméstico o del cuidado. Si bien hay tímidos intentos, con ChileCreceContigo o lo que plantea Francisco Aguayo et alter en el estudio IMAGES (ver en pdf acá), todavía es muy reducida la cantidad de varones que ingresan en mundo laboral formal que históricamente ha estado asociado a lo femenino. Sin embargo, también estoy, personalmente, al tanto de cambios o síntomas de cambios que pueden estar transformando esto. Ingresan hoy más varones a carreras femeninas (enfermería, parvulario, etc) y la pregunta surge, entre otras también, ¿esto efectivamente es síntoma de nuevos cambios y en qué dirección va esto? La Universidad de Chile, en el departamento de Enfermería, está en buscando comprender este mismo proceso. Dos fenómenos me hace pensar en esto: el año pasado fue elegido su primer director de escuela en toda su historia (desde 1906) y la cantidad de estudiantes varones ingresando ha llamado la atención al cuerpo docente y la dirección del departamento pero, por otro lado, permanecen estructuras formales muy masculinizadas. Están dentro de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile con todo el peso de la historia, prestigio y renombre que ello conlleva. Y es por eso que es aún más interesante lo que está ocurriendo en ese espacio. Porque no solo apunta a lo anteriormente mencionado, sino por un tema, finalmente, también de clase social porque la posibilidad del cuidado se configura hoy en Chile como un privilegio porque es un costo para la sociedad tener sujetos cuidando (aún menos varones) a alguien enfermo, y necesita que haya sujetos masculinos trabajando para alimentar la maquinaria económica, simbólica y material de la sociedad en su conjunto. Esta división de trabajo es la que se instaló en la época de la industrialización y con bases en la ley romana. Cuidar y ser cuidado debe ser un acto solidario social resguardado por el Estado. Ciertamente, es una tarea que debería hacerse sin “marcar” la dimensión género pero que indudablemente también se hace también, como cualquier otra, desde una  particularidad y vivencia  de género. Y esa es la invitación a pensarse los varones como sujetos cuidadores de otros, cuidadores de vida y de sí mismos. Tal como lo dice aquí Gary Baker y lo que se plantea en este documento en Medellín, Colombia, de Denis Alfonso Geldres García et alter.

Notas:

(1) Ciertamente un tema muy importante es la gestión del tiempo, pero más que eso es el hecho de que, hoy, el tiempo es dinero y si no tienes dinero no tienes tiempo sino para trabajar y generar plata. Es perverso. ¿Cómo abordamos esta dimensión, desde una perspectiva de masculinidades pensándonos como varones y nuestro lugar en el mundo de manera equitativa, es un punto no menor. En el caso de Chile el tema de las trabajadoras del hogar es un temazo. Y la perspectiva de clase que hay hacia esta labora histórica es no menor. Recuérdese la ofensa (de clase) a Ana Tijoux que le dijeron que tenía “cara de nana”. Hay un trasfondo cultural de resentimiento de clase muy fuerte, más que de género pero que de todas maneras está.

(2) Refiérase a la obra de Max Weber, “El capitalismo y la ética protestante”.

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