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Opinión

Masculinidades y el esclavo del general

Masculinidades y el esclavo del general Masculinidades y el esclavo del general

"En el mega-fraude de carabineros también se juega, sutilmente, en la masculinidad y tiene varias expresiones en la cultura, específicamente chilena".

Devanir da Silva Concha

Por


Antropólogo de la Universidad de Chile. Diplomado en Género y Sociedad de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y con Masters Degree de Gothemburg University.

En el mega-fraude de carabineros también se juega, sutilmente, en la masculinidad y tiene varias expresiones en la cultura, específicamente chilena.

Ciertamente, la burla y la risa es una de los mecanismos con que el sistema cultural mantiene la lógica (invisible en gran medida) de la interrelación intergenérica. Pero también la feminización de lo masculino es una de las estrategias que establece una jerarquía interna de la masculinidad (macho alfa, “lamebotas”, “mano derecha”, “soplón”, etc.), como la que ocurre en la época de la adolescencia (socialización masculina tradicional), pero también en cualquier otra etapa de la vida. Y con el caso reciente del fraude de carabineros emergen casos que no están en la primera línea pero que sí delatan, o puede ser leído en clave de masculinidad, ciertos aspectos identitarios dentro de una institución masculinizada y jerarquizada.

Este reportaje del The Clinic plantea justamente esas figuras –y fisuras- entre lo deseable y lo real, entre la práctica y la expectativa. Lo masculino o lo que se considera tradicionalmente como lo masculino, es quién está –o desea estar- en la cima de la montaña en todo aspecto de la vida. Estar subordinado a otro, u a otra, puede ser un elemento, indicador o posibilidad de ser considerado – por alguna parte del círculo social del sujeto – como menos masculino que otros. El verdadero macho tiene aguante y no se queja, mientras que el “agachar el moño” tiene una connotación de doble feminización. Primero, agachar como acto voluntario de sometimiento y reconocimiento de la superioridad del Otro – pareja, superior etc – y moño, como un peinado femenino que ordena el pelo largo. Esto, en contexto, implica en tanto sujeto masculino someterse, agachando la cabeza (y/o moño) en señal de aceptación de su lugar (subordinada) en la un sistema de jerarquización (de género) dinámica.
El macho “inferior”, -tal como también aparece en variadas películas, tales como en la película 300 con el sujeto discapacitado Efialtes-, es un sujeto que está puesto en su lugar en la jerarquía de género interna de los varones o de lo masculino, y termina sellando el destino del mismo héroe de la historia. El nerd o la masculinidad invisibilizado termina cobrando venganza, consciente o inconscientemente, desde el espacio del silencio social porque todos los sujetos masculinos –por muy diversos que sean– parecen seguir el mandato del macho hegemónico. Este macho (que se siente) inferior se reubica en otros contextos –quizás de manera compensatoria– como superior y genera la performatividad perdida.

La jerarquía de género no solo se da en la relación entre lo masculino –u hombres– y lo femenino –o mujeres– sino también se cruzan en otras categorías sociales, y de manera más o menos perversa. Tal como en la versión de Quentin Tarantino de la película Django . Ahí el esclavo más racista, incluso más que el dueño de fundo, es Stephen (personificado por Samuel L. Jackson) que a mí me impacta, y constituye es un ejemplo (perverso) clave en el cruce entre etnicidad y masculinidades. El “padre” que dicta las leyes sociales (domésticas) e impone el adultocentrismo frente al cual se rebela el joven, por ejemplo tal como en “Diario de un rebelde” (DiCaprio y Wahlberg).
El fraude de carabineros devela una lealtad a la jerarquía, pero una lealtad frágil a ese modelo de género –masculino- que hace aguas por todos lados. Lo importante no es necesariamente lo económico sino un contrato social de género que muestra una sintomatología del modelo (deseable) de lo masculino (los mandatos y de la lealtad de género) en términos de clase social. O sea conjuga perfectamente lo deseable (hegemónico, ser proveedor) en un contexto de precariedad del modelo económico, pero también del modelo de ser hombre. Tener dinero y proveer a los tuyos es un lugar de prestigio social, pero de un pasado que más bien se sustenta en mitos, y basado en la necesidad de seguir cumpliendo con un modelo y un modo de hacer las cosas que está haciendo aguas por todos lados.
El fraude económico tiene relación con la falencia de los mandatos tradicionales de género para los varones. La dependencia de otro varón (esclavo de…) es un aspecto del “aguante” (aspecto clave de la masculinidad) porque se quiere alcanzar lo deseable (modelo tradicional de masculinidad) y se asume los costos (sumisión) pero en pocos casos se percibe a sí mismo –en la práctica- como un sujeto autónomo, o visualiza la dependencia (de cualquier tipo) a otro varón y lo reconoce. Entonces, robar dinero es para mantener la fantasía del proveedor, en el marco de un modelo económico que no se condice con la realidad básica para esa proveeduría, o por lo menos eso es para una gran parte de los varones: una mentira consciente. Y más que una crisis –terminología abusada para referirse a la actualidad del modelo de género para los varones- es el inicio (robar en tanto sintomático desde una lectura de masculinidades) de un proceso de transformación hacia otras formas de hacerse masculino ya que implica poner en debate la renuncia y el reconocer el error, actos considerados muy antimacho.

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