Jueves, 20 de junio de 2013

Menos flores, mejores asilos

El Ministro de Desarrollo Social realiza el lanzamiento del Plan Invierno 2012

Es en estas noches de invierno cuando demandamos coherencia en sus dichos. Es en estas noches de invierno cuando exigimos que Chile no de el “mínimo” y que demuestre que, siendo una economía emergente, es una civilización desarrollada en el amor al prójimo, al necesitado, al muerto de frío.

Llovía  a cántaros una fría noche de invierno y las autoridades anunciaban que habían abierto el Teatro Víctor Jara para acoger a los damnificados. No siempre el llamado es tan claro como lo fue esa noche, pero, como suele suceder cuando me desvelo, una idea cruzó fugaz mi cabeza.

De pronto, las sábanas se tornaron ásperas, el plumón que gozo cada invierno comenzó a pesar sobre mis piernas y la estufa, esa que tempera mis sueños, empezó a traquetear insistente, como queriendo despertar a mi corazón dormido. De pronto, un sentimiento cuajado desde hace más de dos años comenzó a cobrar sentido: Afuera, en la calle desolada y húmeda, yacía un hombre con frío.

Y pensé que era un extremo; más de alguna vez alguien me ha dicho que no es correcto dejar de disfrutar lo que uno tiene por saber que hay muchos que tienen menos, que no es la forma de ver las cosas de un modo constructivo, que se puede servir sin sufrir por quien servimos. “Puede que tengan razón” –me dije– y me di vuelta en la cama y me tapé los hombros, para prevenir un resfrío. “¿Se podrán tapar ellos los hombros, afuera y desvalidos?” –hablaron a mi corazón– y ahora pensé en las cifras crudas: de esos pobres que mueren solos, en una ráfaga fría de olvido.

Gracias a Dios tengo amigos tan locos y buenos como los míos; ni bien bastó una llamada y partíamos en auto a recoger a cuantos pudiéramos en el camino. Creímos que no habrían tantos, que la mayoría ya habría partido a guarecerse para buscar comida y abrigo pero, como suele suceder, la realidad nos golpeó casi tan fuerte como el viento mismo.

Llegamos a la posta central y, para nuestra sorpresa, cerca de 20 personas dormían bajo plásticos y cartón. Posteriormente iríamos a una cuadra del lugar donde, nuevamente, encontraríamos a cerca de 15 personas durmiendo a la intemperie. Al final, pasamos también por el frontis del Hospital de la UC, lugar en el cual yacían 3 viejitos forrados en diarios y nylon, uno que dormía bajo una gotera que caía sobre su espalda.

“Caballero ¿por qué no esta en el Víctor Jara? ¿Quiere que lo llevemos?” fue la pregunta que repetimos incansablemente aquella noche. Obtuvimos solo cuatro “sí, me voy contigo”.

Nosotros que ante tal cantidad de personas habíamos planeado realizar varios viajes quedamos preocupados. Preguntamos a todos quienes rechazaban nuestra oferta el por qué no estaban dispuestos a dejar la calle para ir a un lugar donde –supuestamente– iban a tener techo, calma, calor y comida… la respuesta fue una sola: Ahí roban, ahí pelean, ahí te pasan frazadas sucias que ha usado otra gente, ahí no puedo dormir tranquilo.

Y en este punto quiero ser justo, no conocí la realidad al interior del recinto, pero como dice el dicho: “si el rio suena, es por que piedras trae”; algo de lo que dicen debe tener sentido.

Y nos preguntábamos con mi amigo cuánto costaría prestar un servicio realmente digno, uno que no cerrara sus puertas como el Victor Jara por que se encontraba “sobre copado” (si, tuvimos que llevar a los cuatro al hogar de Cristo por que llegamos y la cortina de hierro se encontraba abajo, con seis abuelos durmiendo afuera acurrucados sin ser oídos), uno que diera una comida caliente, frazadas limpias, que tuviera una guardarropía,  sectores de duchas individuales, un par de guardias de seguridad, ropa donada para regalar y atendido por voluntarios de buen corazón.

¿5 millones por noche? ¿10? ¿20? Da lo mismo la cifra, afuera hay seres humanos que cada noche de tormenta prefieren morir bajo la lluvia que ser tratados como un número más al cuál el Estado otorga el “mínimo”.

Y como le escuché al Presidente Piñera señalar en vivo: “Precisamente la forma como una sociedad trata a sus miembros más débiles -los adultos mayores, los enfermos, los más pobres, los que sufren alguna discapacidad y los niños que están por nacer- dice mucho más sobre el grado de su civilización que su riqueza material, o la altura de sus edificios, o la calidad de su infraestructura o su poderío militar” (18/03/2012).

Es en estas noches de invierno cuando demandamos coherencia en sus dichos. Es en estas noches de invierno cuando exigimos que Chile no de el “mínimo” y que demuestre que, siendo una economía emergente, es una civilización desarrollada en el amor al prójimo, al necesitado, al muerto de frío.

Esa fría noche de Junio, bajo una lluvia copiosa, un romántico empedernido como yo comprendió lo que realmente significan las “locuras de amor” y se dio cuenta en el camino que habían muchos románticos más ayudando a los desprotegidos. Señor Presidente, queremos menos flores y mejores asilos.

TemasRelevantes
Comparte

Otras columnas de Henry Boys