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Perdón

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"Si yo puedo pedirle perdón a mi mujer, a mi familia, a mis amigos y a mis hijos, usted, querida Presidenta, también puede".

Nos casamos o decidimos convivir y, acto seguido, aprendemos a pedir perdón. Sin humildad no hay convivencia. Sin agachar la cabeza no hay posibilidad alguna de levantar un vínculo. Nos convertimos en padres y, acto seguido, le enseñamos a nuestros hijos a pedir perdón: a sus padres, a sus hermanos, a sus abuelos, a quien se vea afectado por sus mañas o malos comportamientos. Incluso, aunque cuesta, aprendemos a que nosotros, los adultos, también debemos pedirles perdón a los hijos.

El perdón está en todas partes. Una vez al año, en la jornada más importante para la religión judía, se vive durante 24 intensas horas el Yom Kipur o Día del Perdón. Mientras ayunan un día completo, los judíos dejan de lado sus trabajos o cualquier otra actividad, se visten de blanco y le piden perdón a cada una de las personas que pueden haberse visto afectadas por sus conductas u omisiones. “Errar es humano y perdonar es divino” dice el dicho. No me parece.

Errar es tan humano como perdonar y como pedir perdón. Vamos por un momento a la Biblia. “Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a nuestros ofensores. Y no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal… porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial también os perdonará a vosotros”, aparece escrito en Mateo 6:12-14. El perdón es parte esencial de nuestra cultura, no hay duda alguna.

Entonces, ¿por qué a nuestros líderes les cuesta tanto pedir perdón? ¿No es más fácil y más sano que una autoridad muestre humildad en vez de mandar a sus peones a culpar al líder del gobierno anterior? Sí, hablo de Michelle Bachelet y del desastre del viernes pasado, cuando el Metro colapsó como jamás había ocurrido. ¿De qué sirve le empatía y la cercanía si no hay capacidad de reconocer errores? No tengo duda alguna del manejo de habilidades blandas de la candidata por la que voté y que hoy nos gobierna, por lo cual me desilusiona doblemente ser testigo de este clima político tan mezquino.

A más de ocho meses del cambio de mando, no se le puede seguir echando la culpa al empedrado. Menos cuando en ese plazo se decidió cambiar completamente al directorio de Metro y menos aún cuando se dieron el lujo de estar siete meses sin gerente general. Era mucho más simple y habría sido, finalmente, admirable: bastaba con pedir perdón y prometer todos los esfuerzos para solucionar el problema. Si yo puedo pedirle perdón a mi mujer, a mi familia, a mis amigos y a mis hijos, usted, querida Presidenta, también puede. Y créame, es lo que nos hace falta. Menos codazos y más perdón. Así queremos a Chile.

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