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“Mi sexualidad no es mi pecado, es mi propio paraíso”

“Mi sexualidad no es mi pecado, es mi propio paraíso” “Mi sexualidad no es mi pecado, es mi propio paraíso”

Es importante evaluar cómo se da la homotransfobia en las escuelas porque es, junto con la familia, el primer lugar en donde se cuestiona el derecho de ser de cada persona. Ningún niño nace creyendo que la homosexualidad es anormal, les inducimos el rechazo hacia esos otros: los afeminados, los que tienen parejas de su mismo sexo, los gordos, los bajitos, los morenos, etc. Muchas veces, y como en el caso de Sergio, el colegio funciona como un instigador de la violencia.

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Comisión de Derechos Humanos de Revolución Democrática.

La frase del título es de Sergio Urrego, un estudiante anarquista de 16 años. Estudiaba en un colegio en la ciudad de Bogotá, en Colombia. No era cualquier anarquista: leía, proponía “una sociedad mejor, la construcción de un sentido común que volviese a la autoridad obsoleta”. En muchos aspectos era un chico maravilloso, porque siendo muy joven cuestionaba cosas que el resto de los adolescentes no se preguntan, se involucraba en causas sociales y tenía excelente rendimiento. También tenía un novio.

Su profesor de gimnasia encontró una foto de Sergio y su pareja besándose y la llevó a la dirección del colegio Gimnasio Castillo Campestre. Desde ese momento la institución forzó a Sergio a salir del clóset, y aunque recibió apoyo de su madre, las constantes vejaciones que sufrió por parte de la institución lo llevaron a una crisis nerviosa y eventualmente a suicidarse en el interior de un centro comercial. La institución educativa quiso lavar sus culpas demandando a la madre por abandono de deberes, mientras que los padres del novio de Sergio le demandaron por acoso, a pesar de que la relación era tan consentida como cualquier noviazgo adolescente.

Escuché de este caso mientras asistí a la consulta sobre violencia homofóbica y transfóbica en instituciones educativas convocada por la UNESCO y el Ministerio de Educación, Ciencia y Cultura de los Países Bajos. El denominador común en la mayoría de los países latinoamericanos (salvo Argentina y Uruguay) fue la carencia absoluta de programas específicos contra la homofobia y la transfobia, y muy pocos datos que permitan diagnosticar la situación cultural o los niveles de violencia específicos en cada país.

Es importante evaluar cómo se da la homotransfobia en las escuelas porque es, junto con la familia, el primer lugar en donde se cuestiona el derecho de ser de cada persona. Ningún niño nace creyendo que la homosexualidad es anormal, les inducimos el rechazo hacia esos otros: los afeminados, los que tienen parejas de su mismo sexo, los gordos, los bajitos, los morenos, etc.  Muchas veces, y como en el caso de Sergio, el colegio funciona como un instigador de la violencia.

La declaración de la UNESCO de Río de Janeiro en 2011, hace un llamado a los Estados del mundo a proveer ambientes seguros en las escuelas. Las instituciones educativas pueden funcionar como una fuente de apoyo para los niños, niñas y jóvenes cuando fallan otras redes como la familia y los amigos. El miedo al rechazo hace que muchos jóvenes homosexuales y trans sólo manifiesten su identidad sexual frente a sus pares, con frecuencia en el contexto de escuela. Quitarles esa protección es dejarles completamente abandonados frente a sociedades machistas como las de muchos países en nuestra Latinoamérica.

La experiencia indica que los espacios que tienen campañas fuertes contra la homofobia y la transfobia también reducen la incidencia de otros motivos de acoso, como la apariencia física, el credo, el sexo o la condición socioeconómica. Todos y todas ganan cuando existen esfuerzos por reducir la discriminación y la violencia, pero a cambio tiene que existir un cambio en la mirada que hay detrás de las políticas públicas: cuestionar el género más allá de la equidad; hablar con más frecuencia y menos tapujos de sexo; estudiar la estructura de las instituciones educativas; comprender la necesidad de escuelas laicas.

Las iglesias, principalmente la católica y las evangélicas han sido grandes opositoras de planes de sensibilización frente a la diversidad, también de planes de educación sexual. La mayoría de los padres y madres que rechazan el tratamiento de estos temas lo hacen por motivos religiosos, ignorando la evidencia científica que existe, en algunos casos, desde hace más de 60 años.

Hoy no existen cifras actualizadas ni específicas de violencia homotransfóbica en las escuelas, pero sabemos que existe. Un estudio en la Marcha de la Diversidad del año 2011 arrojó que el 62% de los y las trans encuestados no ha completado su enseñanza escolar, en tanto el 44% de población LGTB dijo haber sido víctima de violencia escolar. Conocer más sobre lo que sucede –y por qué sucede- en las escuelas ayudaría a generar políticas orientadas a solucionar los problemas de violencia y rechazo a las diversidades.

Eliminar la violencia en las escuelas es un compromiso pendiente y requiere de sacrificios y esfuerzos. Chile cuenta con las condiciones para hacerlo y dar el ejemplo en la región de que es posible construir una sociedad inclusiva y solidaria que valore su diversidad desde los primeros años.

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